Cada tanto abro el libro fantástico coordinado por Carlos Montemayor, Diccionario del náhuatl en el español de México (UNAM/ GDF), y me fascino con lo que encuentro. Hoy me hundo en la riquísima historia de la palabra chocolate, dulce al que soy adicta.
Como resultado de la conquista de Tenochtitlán (1521), ésta y otras voces pasaron del náhuatl al español y de éste, al mundo. Aunque hay controversia por su etimología, Montemayor propone que viene de xócotl, fruta, y atl, agua. Con ella se designó la bebida de cacao consumida por los aztecas como remedio para algunas dolencias y, luego, adoptada por los españoles, aunque todo indica que la voz no surgió en la época prehispánica: sus primeros registros son de 1580. Hoy se refiere a la pasta de cacao mezclada con diversos ingredientes para darle distintos sabores, que se come en tabletas, en repostería o disuelta en agua o leche. Vive con casi idéntica grafía en muchas lenguas, éstas entre ellas (Google mediante, espero no estar cometiendo ningún error bestial):
Inglés: chocolate
Francés: chocolat
Italiano: cioccolata
Portugués: chocolate
Euskera: txokolatea
Catalán: xocolata
Alemán: Schokolade
Rumano: ciocolată
Polaco: czekolada
Danés: chokolade
Holandés: chocolade
Turco: çikolata
Sueco: choklad
Bosnio: čokolada
Albanés: çokollatë
Además de vivir en las mesas, también habita en el habla mexicana: muchos refranes aluden a él. Aquí, algunos que yo misma he oído o dicho:
Como agua para chocolate. Estar muy enojado, como el agua que debe estar hirviendo para que, al echar la tablilla de chocolate, ésta se disuelva fácilmente.
Si como lo menea lo bate, ¡qué rico chocolate! Piropo (?) que se aplica a mujeres sensuales, para sugerir sus talentos amatorios.
Una sopa de tu propio chocolate. Se aplica a quienes cometen acciones que antes criticaron.
Me late… ¡chocolate! Expresión con la que una persona dice estar de acuerdo en algo.
Y entre las cientos de referencias artísticas al tema destaco la suculenta novela Como agua para chocolate (Suma de Letras), de Laura Esquivel, luego vuelta película por Alfonso Arau. Ubicada a principios del siglo XX, narra los amores de una pareja, frustrados porque ella es la hija menor de la familia y la costumbre dicta que se quede soltera para cuidar a su madre. La historia se entreteje con el contexto del México revolucionario y enraizadas tradiciones culinarias (por cierto, la bellísima fotografía es de Emmanuel Lubezki, ganador del Oscar este año por Birdman, y en 2014, por Gravity).
En fin, que me encanta atestiguar la riqueza y pervivencia de esa tradición náhuatl en México y en el resto del mundo.
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