La ingenuidad de escribir lo que pienso

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Quien más me quiere y yo caminamos por las calles coloniales de la ciudad de Guanajuato, en el estado mexicano del mismo nombre. Como estamos de vacaciones en cuerpo y alma, no tenemos rumbo fijo. Nos lleva la inercia de los pasos. Al igual que muchos destinos turísticos, Guanajuato está llena de contrastes. Es una ciudad hermosa, rebosante de historia y de cultura, aunque también de autos y turistas, como nosotros mismos. En cualquier caso, se disfruta en cada piedra.

De pronto, en el parque central, vemos a dos chicos muy jóvenes con un cartel que lanza esta pregunta: «Soy emo, y que?» (sic). Los «emos» son una tribu urbana, derivada del punk, que hace pocos años surgió en México. De postura pesimista, entre los rasgos que los caracterizan están los piercings, la ropa negra y el cabello que cubre los ojos. Pues eso: «Soy emo, y que?», dicen. No sé qué respuesta esperan, así que mientras pienso les pido permiso de tomarles una foto. Algo dudosos, ni niegan ni aceptan. Lo hago. Parece darles lo mismo. Les preguntamos qué buscan comunicar con el cartel y contestan que la gente los agrede con frecuencia, que algunos incluso les dicen que ojalá se mueran, aunque aquí en el parque la única reacción que parecen despertar es indiferencia. «Queremos que nos respeten. Sólo eso». Me parece una petición justa, pero creo que más bien es uno de esos gritos de identidad que todos damos de diversas maneras para que nos identifiquen con el grupo social al que queremos pertenecer pero, sobre todo, para oírnos a nosotros mismos siendo «parte de algo mayor». La diferencia es que lo que piensan, ellos lo ponen por escrito en un gesto naïve. Quizá es la misma ingenuidad que yo misma uso al escribir lo que pienso. No somos tan distintos.

Vivir en estado de poesía

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Empieza la última semana del año y, con ella, 2014 termina de deshilacharse. Despedirlo con buena música me parece una idea inmejorable, así que invito al escenario de este blog a la portentosa María Bethania, con esta canción que me comparte mi querido Pablo, desde Argentina: «Estado de poesía». Habitar el asombro y la intensidad de las emociones, vivir con el alma a flor de piel en un permanente estado de poesía suena como lo que quiero para 2015. Salud.

PD Aunque está en portugués, se entiende bastante bien en español. Y lo que no se entiende, se imagina.

 

 

La primera clase de sexo

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Una mujer en sus treintas quiere que alguien le enseñe a coger (bueno, como es española dice «follar»), que la encamine en la teoría y la práctica de un buen brinco. Hace tanto que no se da un revolcón que ya se le olvidó cómo se hace, así que pone un anuncio en el periódico: «Chica de 30 años, ni tonta ni fea, busca un profesional que le enseñe». Le responde un hombre que le asegura ser el mejor y promete ningún tipo de involucramiento emocional y la devolución del dinero si no se convierte en una experta en la cama.

Es el cuento «La nadadora», de la española Eugenia Rico (qué cosa de apellido, lo mucho que promete) y está incluido en la antología Todo un placer. Antología de relatos eróticos femeninos, publicada por Editorial Berenice. La acabo de comprar en una librería de viejo y este cuento bien logrado es el primero que leo al azar. Como es muy improbable que vayas corriendo a la librería, lo encuentres y lo leas, aquí van un par de líneas disfrutables. Son sobre la primera «clase», que tiene lugar en el despacho del instructor: «Se puso a la práctica enérgica de algo que no sé cómo se llama pero debe tener algún nombre rico, porque es como cuando Aladino frotaba la lámpara, sólo que él frotaba incansable como esperando que yo le concediera un deseo, y cuando se cansaba su lengua, se ayudaba con unas manos suaves que no le habría supuesto yo a primera vista. Y a mí un sudor se me iba y otro se me venía. Le pregunté si no podríamos seguir al día siguiente, que a mí me parecía que como primera lección no había estado nada mal. Él ni me contestó, siguió a lo suyo […]».

Evito citar más, no quiero convertirme en spoiler de las letras eróticas, pero me quedo con la fantasía femenina, que aunque sea lugar común resulta profundamente apetecible: pagarle a alguien para que te enseñe a coger porque tú no sabes. Y repaso la primera instrucción del maestro: que tú misma recorras con el dedo la distancia entre la oreja y el tobillo, pasando por todos los recovecos posibles. Suena como una gran idea para estos días de frío.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).

Oír cómo me escucha ese silencio

 

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Estoy leyendo Ánima, la nueva novela del autor libanés-canadiense Wajdi Mouawad (publicada por Ediciones Destino). Es lo primero suyo que leo, pero recientemente vi en teatro su obra Incendios y el texto me pareció hermoso, así que cuando me enteré de que estrenaba novela la puse en la lista de prioridades.

Es tremenda, desgarradora pero con pasajes sublimes, como éste, puesto en boca de un mono: «Los humanos están solos. A pesar de la lluvia, a pesar de los animales, y de los ríos y de los árboles y del cielo, a pesar del fuego. Los humanos se quedan en el umbral. Han recibido el don de la verticalidad y, sin embargo, se pasan la vida encorvados por un peso invisible. Algo los aplasta. Llueve: y se ponen a correr. Esperan la llegada de los dioses, pero no ven los ojos de las bestias que los miran. No oyen cómo los escucha nuestro silencio».

Me quedo rumiando esas líneas: ojalá pudiera oír cómo me escucha el silencio de los animales. Y el de quienes me rodean. Seguramente no sería halagador, pero aprendería un montón.

 

Gracias a Peter Pan y a Santa Claus

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Creo que lo he dicho antes. No importa, me sale de los entresijos decirlo de nuevo: hace años encontré una frase que se me volvió lema desde entonces, como palabras donde recargar el alma, en su doble acepción de «volver a cargar» y de «apoyar». Decía algo como: «No puedo hacer mi vida más larga, pero sin duda puedo hacerla más ancha».

Por desgracia ignoro quién lo dijo pero sí, me gusta asumir mi paso por acá como una constante dedicación a vivir a tope, tratando de esquivar los miedos que paralizan, amando de brazos abiertos y dejándome amar ídem. Aprovecho para agradecer mi tremenda Fortuna por lo que hace mi vida deliciosamente ancha, porque quien más me quiere me hace sentir reina del universo, mi adolescenta me regala abrazos que saben a infinito y mi familia es la tribu que mejor me acomoda, porque sigo buscando palabras para agradecer el amor de mis amigos-hermanos, porque tú que pasas por este blog te llevas algo y me dejas mucho a cambio, porque los libros siguen siendo el puntal luminoso que sostiene mi casa. Gracias a los hados y a Santa Claus y a Peter Pan y a todos los dioses y al azar. Gracias. Muchas.

Ver el mundo desde una tirolesa

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Ese punto que viene volando soy yo. Bueno, no exactamente vuelo: voy suspendida de un arnés, a no sé qué bendita velocidad, en una línea de 150 metros de largo y a unos 40 metros de altura según el guía del Hotel Rodavento, en Valle de Bravo, México. Este deporte extremo se llama tirolesa y no es la primera vez que nos vemos las caras. Debo tener un gen masoquistoide, porque aunque me dan miedo tanto las alturas como la velocidad, aquí estoy de nuevo: trepada en estricta solidaridad con la adolescenta, que ama estas cosas extremas (extremísimas). Y aunque voy sufriendo, como atestigua la foto de abajo, me gusta la complicidad que establezco con ella a partir de estos ridículos. Claro, ella se muere de risa de su mamá, mientras la mamá también se muere de risa de sí misma, sanísimo deporte. Y hay un plus: visto desde aquí, el mundo es una auténtica belleza.

Seguro llegará un día en el que no me atreveré más. Mientras tanto, por ver la cara de mi adolescenta e incluso en Navidad vengan todas las tirolesas del planeta. Aunque me muera de susto.

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Cocker: una voz que hace el día

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Antes de morir, el año da el último coletazo y se lleva dos voces que realmente valían la pena, cada una en lo suyo: el poeta mexicano de origen español Gerardo Deniz y el cantante inglés Joe Cocker. En otro momento haré un mínimo homenaje a Deniz. Por ahora abro las puertas de la mañana tarareando esta canción simplísima pero sentida, que Cocker hizo famosa con su voz de claroscuros, como el día: «You Are So Beautiful».

El poderoso batir de un aleteo

Fotos: JSE
Fotos: JSE

Son millones pero minúsculas. Las mariposas Monarca, lígerísimas hojas menores que mi mano, vuelan al rayo del sol o cuando el viento las agita. Me impresiona oír su aleteo multiplicado, sutil y vigoroso, magnífico. La emoción sube por los pies y se me agua en los ojos de verlas ahí, haciendo que las ramas cuelguen pesadas o estallando de naranja el cielo, ajenas a todo pero más dueñas del mundo que nadie.

Nuestro guía indígena, don Ignacio, nos pide que hablemos en voz baja, para no asustarlas. Aunque no lo hubiera dicho, lo único que quiero es callarme y escuchar, mientras se me antoja borrar de un plumazo a la pareja que se ríe fuerte y no entiende nada. Don Ignacio nos explica en un español abollado que «las maripositas» vuelan más de cuatro mil kilómetros desde Canadá y norte de EUA, huyendo del invierno, para refugiarse en estos bosques mexicanos. Y, según dice, regresan al santuario del que partieron sus antecesoras, el de Angangueo, en Michoacán, o éste de Piedra Herrada, en Valle de Bravo, entre otros. Aquí se aparean, los machos mueren y las hembras vuelan de regreso, preñadas, para allá parir y volver a iniciar el ciclo de viaje que nadie se explica.

Recuerdo aquella parte de la Teoría del caos según la cual el aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un Tsunami al otro lado del mundo. Pienso que si eso fuera verdad, este poderoso aleteo de millones podría acabar con el planeta y volverlo a crear. Y seguro el resultado sería hermoso, suave pero vibrante. Quizá por eso intimida.

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En qué idioma agradezco esto

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La adolescenta y yo estamos en nuestro tradicional viaje anual cachete-con-cachete. Y cómo sabe de rico. La sanísima tradición que instauramos hace unos siete años tiene pocas reglas, pero inamovibles:

1. en este viaje, uno al año, no admitimos invitados. Ni amigas, ni familia, ni pareja pueden sumarse: es nuestro espacio de mamá e hija y somos celosas de él;

2. entre las dos decidimos el lugar al que iremos;

3. el único objetivo de base es disfrutarnos.

Este año los dados cayeron en Valle de Bravo, hermoso pueblo cercano a la Ciudad de México, desde donde iremos a visitar el santuario de la mariposa Monarca. Todo está fantástico: el hotel en el que nos hospedamos es bellísimo, con cascada y río incluidos, y la comida ha resultado deliciosa, pero lo que de veras quisiera saber es en qué idioma agradezco el privilegio de estar aquí, con mi hermosa adolescenta, que contra todo pronóstico sigue poniéndose feliz de salir de viaje con su mamá.

 

Mis mejores libros 2014

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Entre los demasiados libros de los que hablaba Gabriel Zaid, todo lector desaforado (como yo) escoge unos y deja fuera otros, muchísimos. Como uno sólo puede hablar de los pocos que leyó, hoy propongo mencionar los títulos que me marcaron en este 2014. Hay novela, cuento, ensayo, poesía. Figuran autores hispanoamericanos pero también de otras latitudes, como Polonia y Reino Unido. Algunos son novedades y otros tienen años de haber sido publicados. El único criterio de selección fue que los leí este año y que, en cada caso, tuve que interrumpir varias veces la lectura para paladear un pasaje lleno de verde y gorjeos.

Más que dar mi opinión sobre ellos preferí mencionar brevemente qué me gustó y luego dejarlos hablar, o sea, citar un fragmento luminoso, en el que se cuele entre letras la luz fresca de cada uno. Como dice el genial Liniers sobre los libros que ama: más que acompañarme, estos «ya se esconden adentro de mí».

  1. Alan Pauls, La historia del pornógrafo (Anagrama). Novela intimista con varias capas, hondas y llenas de ecos. «¿Con qué cara me enfrentaré a ti? Me miro al espejo y lo que allí veo es un fantasma; no, peor que eso: la sombra de un fantasma que fue un hombre, un hombre al que tú amaste casi sin conocerlo».
  2. Fabio Morábito, El idioma materno (Sexto Piso). Colección de pequeños ensayos sobre la lectura y la vocación de escribir, en los que cada palabra se saborea. «El subrayador se vuelve un segundo autor del libro, extrae de éste el libro que él hubiera querido escribir, entra en controversia con el libro que lee, al que somete a una implacable cacería de frases subrayables».
  3. Idea Vilariño, Poesía completa (Cal y Canto). La escritora uruguaya ofrece versos de amor y desamor como quien regala una combustión que quema los dedos, pero se disfruta. «Buscamos/ cada noche/ con esfuerzo/ entre tierras pesadas y asfixiantes/ ese liviano pájaro de luz/ que arde y se nos escapa/ en un gemido».
  4. Jerzy Andrzejewski, Las puertas del paraíso (Conaculta). Deslumbrante novela-reto polaca sobre la Cruzada de los niños fue traducida al español por Sergio Pitol. De veras vale la pena. «La satisfacción de los sentidos no sacia el deseo, de un deseo saciado surgen cien nuevos aún más imperiosos, los actos nacidos de los deseos más puros agonizan en la infamia, tal vez no existen los deseos puros, la necesidad de violencia y de crueldad trastorna la naturaleza del hombre».
  5. Eduardo Galeano, Bocas del tiempo(Siglo XXI). Compendia la hondura de Galeano en relatos y pequeñas cápsulas, como pildoritas que ayudan a andar. «[…] el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como buscando a alguien. Otros médicos, que se ocupan de los ya vividos, dicen que los viejos, al fin de sus días, mueren queriendo alzar los brazos. Y así es la cosa, por muchas vueltas que le demos al asunto, y por muchas palabras que le pongamos, así es la cosa. A eso, así de simple, se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje”.
  6. Rodrigo Fresán, Trabajos manuales(Planeta Biblioteca del Sur). La pluma precisa del escritor argentino propone cuentos lúcidos, con cara y cuerpo de ensayos. “El final de un libro es como un suspiro. Por eso Forma suspira cada vez que termina un libro. Llegar a la última página produce una suerte de triste felicidad. Felicidad por saberlo todo sobre una historia y por sentirse capaz de creer en personajes con una intensidad con la que nunca se creerá en las personas. Tristeza porque la historia no sigue. Entonces sólo queda volver a empezar”.
  7. Valeria Luiselli, La historia de mis dientes(Sexto Piso). Esta novela singular se avienta al vacío y se pone de pie como si nada, con todos los huesos intactos. Trata sobre un cantador de subastas. «Se sentía tan disminuido que intentó suicidarse colgándose de una rama de aquel árbol pequeñísimo. Fracasó por poco».
  8. Julian Barnes, Niveles de vida (Anagrama). Tres relatos aparentemente inconexos, el tercero de los cuales cohesiona el libro y sacude: es la expresión acendrada del dolor de perder al ser amado. «En un acto social al que mi mujer y yo solíamos asistir juntos, un conocido se me acercó y dijo simplemente: ‘Aquí falta alguien’. Me pareció correcto, en ambos sentidos».
  9. Evelio Rosero, Los ejércitos (Tusquets). Novela demoledora sobre la violencia, colombianamente mexicana. “Nosotros aquí seguiremos esperando a que esto cambie, y si no cambia ya veremos, o nos vamos o nos morimos, así lo quiso Dios, que sea lo que Dios quiera, lo que se le antoje a Dios, lo que se le dé la gana”.
  10. Carlos Velázquez, La marrana negra de la literatura rosa(Sexto Piso). Cuentos marcados a fuego por una de las mejores plumas del escenario mexicano actual. “Una cerdita jamás olvida al macho que la desvirgó. Sin embargo, me pedía hombres, perdón, cerdos. Me exigía cerdos. Montones de cerdos. Era insaciable. No podía parar. Mientras otras acumulaban abrigos, zapatos, vajillas, Leonorcita recorría kilómetros y kilómetros de miembro de marrano”.
  11. (o, lo que es lo mismo, 10 + 1) Juan Gelman, Pesar todo. Antología (FCE). Cascada de poemasque hacen cada día más ancho y mucho más pleno. “Habítame, penétrame./ Sea tusangre una como mi sangre./ Tu boca entre a mi boca./ Tu corazón agrandeel mío hasta estallar./ Desgárrame./ Caigas entera en mis entrañas./Anden tus manos en mis manos./ Tus pies caminen en mis pies, tus pies./Árdeme, árdeme […]”.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).

 

Mi libro de poesía erótica, ya en Amazon

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Tengo felices noticias para los lectores de este blog: luego de un largo proceso en el que me aferré a distribuir el ejemplar físico y no electrónico, mi libro de poesía Rabia de vida- Rabia debida, publicado por Editorial Resistencia, está disponible tanto en Amazon.com (para distribución en EUA, Centro y Sudamérica) como en Amazon.es (para venta en Europa). Lo encuentran por el título o por autor: Julia Santibáñez. En México estará en librerías a partir de enero. Con preciosas ilustraciones de Alejandro Pérez, me llena de orgullo materno, qué les digo.

Varios de ustedes habían expresado interés en tenerlo, en especial en México, Colombia, Argentina, EUA, España e Israel, de modo que ya está ahí, para que cada quien tenga una opción cercana a su país. El precio es bajo (9 dólares o 7.50 euros) y, además, el costo de envío puede ser gratis, en compras mayores a 35 dólares y 19 euros. En fin, he tratado de hacerlo lo más sencillo posible.

Aquí va uno de los poemas de Rabia de vida. Gracias infinitas, lector de palabrasaflordepiel, por tu complicidad en este proyecto necio que me emociona tanto y en el que me juego las entrañas.

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Quiero hacer contigo todo lo que la poesía aún no ha escrito

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Es #MiércolesDePoesía y el día se anuncia mejor que otros, con el sol más grande. Aquí va, para redondear, un poema de Elvira Sastre, fantástica autora española a quien conocí en el blog de Eduardo J. Castroviejo y se me ha convertido en necesaria. Sus palabras besan. Y de qué manera. Hoy las dedico a quien más me quiere, en este día que hace tres años inauguró la mejor historia.

Da click en el enlace para ver a la propia (y muy joven y hermosa) Elvira leyendo el poema:

«[…] Beso
uno a uno
todos los segundos que te quedas en mi cama
para tener al reloj de nuestra parte;
hacemos de las despedidas
media vuelta al mundo
para que aunque tardemos
queramos volver;
entras y sales siendo cualquiera
pero por dentro eres la única;
te gusta mi libertad
y a mí me gusta sentirme libre a tu lado;
me gusta tu verdad
y a ti te gusta volverte cierta a mi lado.

Tienes el pelo más bonito del mundo
para colgarme de él hasta el invierno que viene;
gastas unos ojos que hablan mejor que tu boca
y una boca que me mira mejor que tus ojos;
guardas un despertar que alumbra las paredes
antes que la propia luz del sol;
posees una risa capaz de rescatar al país
y la mirada de los que saben soñar con los ojos abiertos.

Y de repente pasa,
sin esperarlo ya ha pasado.
No te has ido y ya te echo de menos,
te acabo de besar
y mi saliva se multiplica queriendo más,
cruzas la puerta
y ya me relamo los dedos para guardarte,
paseo por Madrid
y te quiero conmigo en cada esquina.

Si la palabra es acción
entonces ven a contarme el amor,
que quiero hacer contigo
todo lo que la poesía aún no ha escrito».

-Elvira Sastre

 

Para entender, poner palabras


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«Dad palabra al dolor: el dolor que no habla, gime en el corazón hasta que lo rompe» o, en buen inglés: “Give sorrow words; the grief that does not speak knits up the o-er wrought heart and bids it break”, dice el personaje de Malcolm en Macbeth (Acto IV, escena iii). Y sí: por algo Shakespeare es Shakespeare. Qué forma de resumir en dos líneas la necesidad de poner palabras a lo que se siente, sea amor o dolor, para evitar que estalle por dentro.

 

Ojalá así fuera mi insomnio

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Ilustración: Dora Holzhandler

 

Cuando uno tiene problemas de insomnio, lo mejor que puede hacer es dedicar las horas blancas a los libros. Anoche mi sueño y yo estuvimos descoordinados, así que entre otras cosas leí este poema del español Antonio Gala, sobre un amante que se queda dormido en brazos de quien lo besa. Ahora, ya despierta para arrancar el día, me sigue pareciendo un insomnio hermoso.

«Mientras yo te besaba

te dormiste en mis brazos.

No lo olvidaré nunca.

Asomaban tus dientes

entre los labios:

fríos, distantes, otros.

Ya te habías ido.

Debajo de mi cuerpo seguía el tuyo,

y tu boca debajo de mi boca.

Pero tú navegabas

por mares silenciosos en los que yo no estaba.

Inmóvil y en silencio

nadabas alejándote

acaso para siempre.

Te abandoné en la orilla de tus sueños.

Con mi carne aún caliente

volví a mi sitio:

también yo mío ya, distante, otro.

Recuperé el disfraz sobre la arena.

«Adiós», te dije,

y entré en mi propio sueño,

mi propio sueño,

en el que tú no habitas».

-Antonio Gala

Mafalda, entrada en años

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Dibujo: http://www.dosisdiarias.com

La encantadora Mafalda que concibió Quino pedía detener el mundo para poder bajarse. Ahora, el ilustrador chileno Alberto Montt (quien recién presentó el volumen dos de su serie En dosis diarias, publicado por Sexto Piso), propone una variante: la de la Mafalda madura y ligeramente amargada, que pide que sean otros los que se bajen.

No es por hacerle mala sangre al sábado, pero me identifico con su petición. Perdonen: sé que es época de amor al prójimo, villancicos y demás publicidad que tintinea, pero además de que la fecha no me inspira, algunos simplemente no se lo merecen.

Da click aquí para ir a la entrada Historia del náufrago con mala ortografía, con un cartón de Montt

 

Amar como entre sueños

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El fotógrafo Alvin Booth, de origen inglés y radicado en Nueva York, crea de forma artesanal estas imágenes de desnudos, dándoles acabado a mano. Me encanta su condición de humo, de sueño no terminado. Tan como el amor.

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Poema porque duele recordar días mejores

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En el #MiércolesDePoesía que se viene encima no se me ocurre nada mejor que compartir un poema de Fabián Casas, autor argentino del que conseguí esta antología en la reciente Feria del Libro. Su poesía cotidiana, sin grandilocuencias pero con hondura, me tiene encantada. Este poema en específico deja un sutil sabor a metal, como el recuerdo de días felices.

 

«A las cosas no les importan los mortales.

Ayer encontré esa foto

que ni recordaba,

y te juro que parecíamos tranquilos

en ese simulacro del papel y de la luz».

-Fabián Casas, «Foto 1965», Tuca en Horla City y otros. Toda la poesía 1990-2010 (Emecé, Cruz del Sur).

Andrés Neuman: entre poemas, porno y demencia

Foto: Bechus
Foto: Bechus

Curtido al pie de la letra, el escritor argentino-español estuvo en México para presentar Vendaval de bolsillo, su más reciente libro de poesía (publicado por Almadía). Conversamos con él al respecto.

Le gusta el té verde y los abrigos grandes. Sé lo primero porque pide uno antes de sentarse a conversar; lo segundo, porque lo he visto varias veces con prendas enormes para su cuerpo delgado, casi adolescente. Agilísimo de mente (aunque ya no tan joven, según se queja), responde con la soltura de quien ha ensayado cada respuesta. Preciso, habla como si redactara y como si hacerlo le divirtiera cantidad.
Nacido en Buenos Aires, el adolescente Neuman se mudó a Granada con sus padres, músicos argentinos emigrados. Ahí, donde estudió literatura y empezó a escribir, vive actualmente con su esposa, también poeta. Es autor de novela (entre ellas Bariloche, publicada a sus 22 años y finalista en el Premio Herralde de Novela, y El viajero del siglo, Premio Alfaguara 2009) y cuento (el libro más reciente es El fin de la lectura, publicado por Almadía con un soberbio diseño de Alejandro Magallanes, como el Vendaval de bolsillo que presenta hoy). También ha escrito aforismo (notable el reciente título Barbarismos) y poesía.
A sus 37 años suma 24 libros publicados, lo que no es poco, y además lleva sobre las espaldas lo que en su momento dijo Roberto Bolaño de él: “[Está] tocado por la gracia. Ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos”. Con ese bagaje y la publicación cotidiana de miniensayos en su blog, se proyecta con uno de los más sólidos autores hispanos de hoy.
A punto de arrancar la entrevista, un gesto lo pinta de cuerpo entero. Mientras pongo sobre la mesa dos grabadoras, una de ellas con poca pila, él aprovecha: “¿Tengo que responder en estéreo? Voy a tratar de contestar distinto a cada una, es como una metáfora de mis contradicciones: la izquierda registra lo que yo digo y la derecha, lo que quise decir”. Luego se arranca a platicar. Aquí, algunos fragmentos de la conversación.

La poesía no es un lujo
Lo que vuelve heroico a un ciudadano en momentos de crisis, sea o no escritor, es que haga algo interesante con la supervivencia, que trate de convertirla en un discurso. Por ejemplo, este libro incluye el poema “Necesidad del canto”, dedicado al autor bosnio Izet Sarajlic. Un verso señala: “poeta es quien consigue pese a todo empezar de cero siempre”. Y es que él dijo una de las cosas más conmovedoras que yo he oído nunca. Mientras le mataban a sus hermanos y a su esposa en la guerra civil de los Balcanes, él sostenía que sólo quería escribir poemas de amor, es decir, quería hacer algo conmovedor con el hecho brutal de haber sobrevivido.
Ese mismo poema dice que “la palabra no es un gesto apacible de verano”. Y lo creo. Quien piensa que en momentos de emergencia social o política es frívolo hablar de poesía no entiende qué es cultura: no es un lujo ni vacaciones para la clase alta, sino un vehículo de mejor supervivencia y explicación de los fenómenos dolorosos, incluyendo los violentos. Y eso sin importar de qué hable el poema.

Mirón de ellas (y ellos)
Me fijo mucho en el cuerpo femenino, soy muy mirón. No tengo un lugar favorito, no soy vigilante de escotes ni de pies, a la oriental. Para mí, una parte del cuerpo es atractiva en relación con las otras, mientras el problema del erotismo mainstream es el descuartizamiento.
 También veo mucho el cuerpo de los hombres, para mirarme a mí mismo en ellos. Me encantaría ser bisexual, sería más interesante desde el punto de vista literario, pero soy aburridamente heterosexual. Entonces, cuando miro a un hombre lo hago para tratar de aprenderme. Pienso: ¿qué verán las mujeres en él?

La demencia del escritor
Es condición del ser humano hablar solo, todos hablamos solos. Si no lo haces no puedes acceder a ningún tipo de razonamiento, la única diferencia es que el escritor trata de convertirlo en un oficio. Quien escribe no hace nada distinto en el diálogo con sus voces interiores. En realidad, cada “yo” es una multitud y todo el mundo tiene heterónimos, como Fernando Pessoa, pero no todo el mundo publica libros aprovechándose de semejante demencia.

Los centímetros cuadrados de un poema
Cuando no escribo, mis pasatiempos son el futbol, el ajedrez, el billar y caminar, estas actividades tienen que ver con una tensión entre movilidad y quietud. En eso se parecen a escribir. Al caminar, la cabeza está concentrada: nos desplazamos con el cuerpo pero nos centramos con la cabeza. El billar es un tablero fijo en el que las bolas están en movimiento, mientras el ajedrez es una batalla cruentísima de movimientos imperceptibles y el futbol es ver a 22 señores corriendo mientras tomo una cerveza. Por su parte la poesía, como el mismo título de este libro, Vendaval de bolsillo, es una gran movilización interna en un espacio muy reducido. Todo puede suceder en los centímetros cuadrados de un poema.

Vivir dos veces
La poesía exacerba las emociones tanto en el poeta como en el lector de poemas. Gracias a ella ambos temen más, se arriesgan más, padecen más y gozan más, es decir, cualquier dato de la realidad les suscita una reacción emocional vívida. Como dice uno de mis barbarismos: “Leer es la acción y el efecto de vivir dos veces”. Al leer no sólo se reacciona más ante la realidad, sino incluso ante la ficción, porque igual se puede construir una emoción a partir de una novela, una película o una canción. En todos esos casos la ficción puede ser inventada, pero las emociones que despierta son profundamente reales.

Alimentarse de la muerte
La ficción se alimenta de las vidas que no tenemos, mientras la emoción poética se alimenta de las vidas que hemos perdido. Nos nutrimos monstruosamente de las cosas que nos duelen, es como si nuestra vida fuera un sistema de capas y cada muerte sufrida nos volviera más densos. A veces pienso que la vida consiste en sobrevivir a un bombardeo: se te muere alguien, se te enferma alguien y tú vas caminando entre las bombas, preguntándote cuándo te va a tocar a ti.

Lo que me interesa del porno
Muchas cosas me llaman la atención, por ejemplo, cómo la noción de compañía ha cambiado con la tecnología y la irrupción de nuevos imaginarios sexuales. Es evidente que la pornografía tiende a ser patriarcal y reductora, pero también hay una periferia de porno hecho por mujeres como Érika Lust, además de una teoría del porno escrita por y para mujeres. También me fascina el fenómeno de la porn star que se convierte en directora, es muy metafórico: el objeto se vuelve sujeto. Además, la poesía se relaciona con nuestra intimidad, nuestros deseos, fantasías y temores, así que me resulta extraño que no haya conducido con más frecuencia a la pornografía. No hablo de poesía pornográfica, que no tiene interés, sino de poesía que hable sobre ella. Es decir, si el porno tiene tantas aristas, ¿por qué no hacer poemas sobre él? En este libro intenté uno, aunque de lo más educadito.

(Originalmente publicado en la revista SoHo de diciembre)

 

La hipocresía mexicana, en voz de Lennon

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En el México actual, a diario nos amanecemos con noticias de desaparecidos, muertos y decapitados, pero una pareja que hace el amor jamás es la nota de ocho columnas. Claro, hay que cuidar la mente de los chicos, dicen los imbéciles moralinos.

A 34 años de la muerte de John Lennon (a manos, claro, de un violento), campea en este país la incongruencia hipócrita que señaló.

¿Escribir? No, más bien corregir

 

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Estoy de vuelta de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, luego de tres días intensos, cargados de actividad y emociones en torno a los libros, las palabras. La parte que más disfruté fue escuchar a autores que admiro hablar sobre su escritura, las dudas que conlleva y lo inevitable de ejercerla, las perplejidades que implica. Me llamó la atención la insistencia de varios de ellos sobre el mismo tema: la corrección, la poda de los textos. Aquí, algunos comentarios que se me grabaron:

Fabio Morábito: «Cuando termino la primera versión de un cuento o un poema, el primer borrador, entonces empieza el trabajo de pulir, en una lucha con el lenguaje que muchas veces fracasa […] Escribir poesía es escribir 10 poemas para que, al final, resulte uno».

Isabel Mellado: «El cuento era más inteligente que yo, tuve que darle tiempo para entenderlo y poder aterrizarlo».

Andrés Neuman: «Escritor no es el que escribe, sino el que corrige sus textos. Para mí, escribir es sinónimo de tachar».

Y lo conecto con las palabras de Truman Capote en Música para cocodrilos (Anagrama), que estoy leyendo y abona al mismo concepto: «Al principio [escribir] fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal».

Nunca he vivido la escritura como algo fácil, pero me gusta que plumas grandes me confirmen que estoy en lo correcto.

Los que le hacen el amor a las palabras

Fernando Rivera Calderón y Eduardo Casar con el Cronopio, llegado del más allá
Fernando Rivera Calderón y Eduardo Casar con el Cronopio, llegado del más allá

 

Aunque llegué a la FIL apenas ayer, ya tengo grabados en la mente momentos que quisiera guardar en un cajón para no perderlos, como el poeta y narrador Andrés Neuman aceptando que no le gusta enseñarle a nadie lo que está escribiendo, porque si lo critica podría desalentarlo de seguir («la inseguridad siempre está presente») y quizá haya un acierto «debajo» de eso que hoy es fallido.

O el novelista argentino Martín Caparrós portando un pin que dice simple, pero poderosamente «43».

O la dupla del poeta Eduardo Casar y el músico-escritor Fernando Rivera Calderón llenando a reventar de adolescentes el enorme auditorio para hablar de Cortázar y divertirse a fondo con él, en la que Laura García llamó «la mejor clase de literatura que he oído jamás». Y coincido: la literatura no tiene que ser solemne para ser grande.

O el novelista argentino Rodrigo Fresán afirmando que prefiere arriesgarse al escribir y fracasar, que quedarse del lado «seguro» de un estilo demasiado limpio.

O la investigadora mexicana Margo Glantz afirmando que Sor Juana nunca quiso ser santa, sino sabia, y con eso abrió puertas a la literatura moderna.

O el texto de Benito Taibo en el programa de la Feria, que anuncia: «Creemos en los libros […] Somos lo que hemos leído; por el contrario, seremos la ausencia que los libros dejaron en nuestras vidas».

O el narrador mexicano Carlos Velázquez comentando entre cervezas y pulpo atropellado que está por terminar su siguiente novela, que le ha costado meses de entre 8 y 10 horas diarias de escritura porque «tiene un lenguaje muy difícil».

De verdad es emocionante atestiguar la pasión de esta bola de locos que aman las palabras, las cortejan, buscan seducirlas y, un día, si tienen suerte, les hacen el amor.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

 

Voy de camino a entrevistar a Fresán

Foto: Jairo Vargas
Foto: Jairo Vargas

Uno de los enormes privilegios de mi trabajo es que me permite acercarme a conversar con gente a la que admiro. En este caso, voy de camino a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara para entrevistar a Rodrigo Fresán, autor argentino radicado en España y uno de mis favoritos.

Estoy nerviosa, cosa que no suele pasarme. Es que su novela, La parte inventada (Random House), es un lujo del estilo y la propuesta literaria, y eso lo admiro profundamente pero al mismo tiempo me impone. En su narrativa redefine las reglas de la escritura como una suerte de arriesgado malabarista: hace giros y piruetas y no se sabe cómo logra caer, preciso, en un banquito minúsculo cuando suena el redoble final del tambor. Fresán construye en La parte inventada (de nuevo y quizá más que nunca) realidades sólidas que no existían, en lo que considero una de las novelas más innovadoras que conozco. Viene al caso esta cita, del propio libro: «Updike dijo en una entrevista: La primera idea que tuve sobre el arte, cuando era niño, fue que el artista traía al mundo algo que no existía antes, y que lo hacía sin destruir nada a cambio. Una especie de refutación de la conservación de la materia. Ésa me sigue pareciendo su magia central». Eso es exactamente lo que él logra, por eso entrevistarlo es como sentarse a preguntarle a un dios de la literatura. A ver si no es para ponerme nerviosa.

Bajar el ritmo (a fuerza)

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La adolescenta está enferma, con Influenza tipo B (regalo del campamento escolar en la sierra de Puebla). Fiebre, dolor de cabeza y, sobre todo, ganas de apapacho materno son los síntomas palpables. Por Fortuna detectada a tiempo y tratada ídem, la doctora dice que no tengo de qué preocuparme. Arranca nuestro tercer día encerradas en casa. Es increíble pero hace meses (o, más bien, años) no faltaba a la oficina por un tema de salud. No está mal que el cuerpo de pronto marque sus tiempos y obligue a bajar el ritmo, aunque estaría mucho mejor aminorar el ritmo sin virus de por medio. Es de esas cosas que debería aprender de una vez por todas.

El lunes no pinta del todo mal haciéndole piojito a la adolescenta, supervisando correos y leyendo La parte inventada de Fresán: «El infinito como una hoja en blanco que no produce pánico sino que desafía a que la abarques y la llenes de letras y de nombres, como si bautizaras planetas y galaxias y estrellas que se hacen las muertas».

 

¿Qué harías si no tuvieras miedo?

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Fui al cine a ver Birdman, comedia negra del director mexicano Alejandro González Inárritu. Es una verdadera joya en todos los planos, en fondo y forma inteligente, divertida, crítica, genial. Trata sobre Riggan Thomson (Michael Keaton), un actor maduro que vio años de gloria gracias a las cintas sobre el superhéroe Birdman, y busca volver a colocarse al montar en Broadway una obra basada en un cuento de Raymond Carver. La actuación de Keaton se vuela todas las bardas, lo mismo que la de Edward Norton. El resto del elenco está muy bien, pero estos dos no tienen nombre. Destaco dos de los muchos aciertos de la cinta:

1. La música, a cargo del también mexicano Antonio Sánchez, es una enloquecida pieza de batería que de veras vale la pena y pone el acento donde tiene que ponerlo (el tipo tocó con Pat Metheny, por si el dato le añade a alguien las ganas de oírlo).

2. La fotografía corre a cargo de Emmanuel Lubezki, Oscareado maestro (por Gravity) del tema, dupla creativa de González Inárritu y quien sabe cómo hacer volar la pantalla. Toda la película, de dos horas de duración, está tomada en planos secuencia (tomas sin cortes en las que la cámara «sigue» a los actores), lo que significa un desafío tremendo. Además, la cinta fue filmada en menos de un mes. «Estaba aterrado, pero pensé que si después de tantos años no hacía algo que me aterrara, significaría que estaba muerto», dijo Iñárritu en Venecia.

Y de aquí se desprende lo que más me gustó a nivel de contenido: la exploración del miedo vital como fuerza (o no), como decisivo empuje para plantarse de cara a la vida o para huir de ella. En uno de los diálogos de la cinta, la joven Sam (Emma Stone, excelente en su papel) le pregunta al guapo Mike (Norton): «¿Qué me harías si no tuvieras miedo?». Aunque la respuesta es fantástica, no la cito por evitar un spoiler, pero con la pregunta dejo sentado el punto. Y en otro momento la deslumbrante Sam le dice al protagonista: «Haces todo esto porque te mueres de miedo, tanto como todos nosotros, de no ser importante. ¿Y sabes qué? Tienes razón, no lo eres». Encima de todo, Birdman deja esa inquietud colgando de los dedos: uno cree que escribe, actúa o hace arte por razones estéticas, pero el verdadero motivo es el miedo, las ganas de sentirse relevante, aunque en el fondo uno sabe que no lo es. Vaya desnudamiento del alma. Me quedo pensando: ¿qué haría si no tuviera ese miedo?

 Da click aquí para ver el tráiler. 

«Los últimos 30 años han hecho enorme diferencia para los gays»: Simonetti

 

El autor (foto: Sebastián Utreras)
El autor (foto: Sebastián Utreras)

Autor de seis novelas y fenómeno de ventas, el escritor chileno Pablo Simonetti presentó recientemente La soberbia juventud, novela con toques autobiográficos sobre un joven de clase alta que tiene problemas para vivir su homosexualidad. En SoHo platicamos con él.

Ante la imposibilidad de vernos en México, acordamos encontrarnos por Skype para hablar de su nueva novela, publicada por Alfaguara. Pantalla de por medio, la comunicación no prometía ser la más fluida, pero platicamos a gusto. Así me entero de que el también activista por los derechos de las minorías sexuales no viene del mundo de la literatura: estudió ingeniería pero cuando se topó con los libros, dejó todo y se dedicó a escribir. Lo encuentro un tipo sensible, de ideas claras y que asume de frente su condición gay, tema central del libro. Aquí, fragmentos de lo que conversamos.

Sanar la relación familiar. Felipe, el protagonista de la novela, es guapo, tiene carisma, clase y educación. Goza de muchos privilegios, pero como viene de una familia muy conservadora le cuesta vivir como gay. Tiene que enfrentar su necesidad de ver al otro, de abrazarlo, además de sanar la relación con su familia, porque los problemas no resueltos con los padres se transfieren a tus relaciones de pareja. Cuando uno sale de un sistema controlado, como le pasa a él y como me pasó a mí, duda mucho y busca figuras de autoridad, pero resulta dañino porque te impide hacerte su propia idea de las cosas.

Las mujeres del siglo XIX y el gay actual. La novela parte de un amor desesperado, en el que todo se somete a los dictámenes de la pasión. Para construir a Felipe me basé en dos personajes que adoro: Isabel Archer, de Retrato de una dama, de Henry James, y Lily Bart, de La casa de la alegría, de Edith Wharton. Ambas son mujeres del siglo XIX, tienen el mundo a sus pies y todo el mundo las adora, pero no ven que tienen enfrente un amor de verdad. Igual le pasa a Felipe. Aunque los tres personajes creen poder demorarse, la oportunidad puede pasar de largo. El tema de fondo es que ellas, mujeres del siglo XIX, y él, un gay de hoy, pueden aspirar a la plena ciudadanía, sin subyugarse ante otros poderes.

Perder todo por asumir la preferencia sexual. La situación actual es muy distinta a la que yo viví cuando salí del clóset, en 1987. Entonces ser homosexual era un crimen, un pecado y hasta una enfermedad mental. Mientras estudiaba en Stanford, Estados Unidos, me reconocí a mí mismo gay y empecé a vivir como tal. Cuando volví a Chile, en 1989, hablé con mi familia y fue muy doloroso. Chile venía saliendo de la dictadura, la sociedad era muy machista, estaba muy normada. Yo tenía 25 años y al asumir mi preferencia de alguna forma los perdí a ellos, las posibilidades de trabajo, las comodidades. Tuve que ganar todo de vuelta. En cambio, hoy todo es distinto, como se refleja en la novela. Estos últimos 30 años han hecho una diferencia tremenda en la vida de un homosexual.

La soberbia juventud. Los jóvenes son soberbios desde siempre, se jactan de entender el mundo, de dominarlo. Lo veo en los talleres de literatura que doy, pero al mismo tiempo los admiro por bellos e intensos. Así también es Felipe, el protagonista. Sin embargo, con los años he aprendido que conviene ser humilde con el propio juicio e incluso con las cosas que uno cree haber logrado bien, como las propias novelas. Quizá la humildad es mi mayor aprendizaje de vida, he tenido que asimilarla a fuego lento.

¿Hay una literatura gay? Si la obra es buena, lo es independientemente de la preferencia sexual del autor. La historia literaria ha estado dominada por hombres heterosexuales, blancos, y de ahí parte la discriminación tanto hacia las mujeres como hacia los gays. Ahora la literatura se ha abierto a espacios que no estaban siendo narrados. Me parece fantástico que se plasme en libros la diversidad de la vida, y eso incluye a autores gays y escritoras lesbianas.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, dentro del sitio web de la revista SoHo)