Mi mamá, 84 flagrantes años, se va a vivir a una residencia de personas mayores (eufemismo para asilo de ancianos). Y yo no sé qué se me rompe por dentro.
Tomó la decisión porque las rodillas le tiemblan de más y las escaleras de su casa tienen mirada traidora. Porque recientemente se ha caído varias veces. Porque hace poco, cuando se sintió muy mal y pensó que era un infarto, se sintió más sola que nunca. Y se asustó. Tomó la decisión porque la edad se le vino encima sin carnaval ni comparsa. Así decía aquella canción que estaba de moda cuando ella era fuerte, cuando yo no me imaginaba que la boca se curvaba por la edad. Hoy, guapa y valiente pero cada vez más chiquita, decide que lo mejor es renunciar a vivir sola. Y los hijos y los nietos nos sentimos más tranquilos, pero yo no sé qué se me rompe por dentro.
Hace días fui a visitarla con mi adolescenta-que-se-desborda-de-vida. Al despedirse, se dieron un abrazo muy largo. Me pareció que cambiaban estafeta. Y no sé qué se me rompió por dentro.
En una de sus columnas sabatinas en SinEmbargo.mx, llamada «Manifiesto de la risa», apunta: «Reírse es todo en la vida, carajo […] A enseñar la mazorca, que aquello de calladito me veo más bonito es una tremenda falacia. La cosa, como yo me la sé, es así: a carcajadas se invoca la belleza». Qué chulada. Para qué digo que no: cada semana la leo o, lo que es lo mismo, me declaro devota de su pluma afilada, con la que cotidianamente retrata asombros, disecciona humores y propone nuevos caminos a la emoción. Pues dado que con esa misma pluma Alma Delia Murillo escribió Las noches habitadas, su primera novela, me era obligado leerla.
Recientemente publicada por Editorial Planeta, combina por igual profundidad y frescura para presentar a cuatro mujeres que luchan cada noche para dormir de corridito. Pero eso es lo de menos. Lo de más es que batallan cada día para ser quienes son, quitarse caretas y empezar a vivirse de adentro hacia afuera. Platiqué con Alma Delia sobre el proceso de escritura de la novela, los fragmentos de piel que dejó en ella y lo que les diría a Dalia, Claudia, Magdalena y Carlota, las cuatro protagonistas, si se sentara a platicar con ellas. Aquí, lo que dijo. (Si quieres leer la primera parte de la entrevista, da click aquí).
Moda Estuve 20 años trabajando en la industria de la moda, llevaba el área de mercadotecnia digital de Nine West y Camper. Mis jefes eran extraordinarios, pero ahí viví rodeada de muchas mujeres ambiciosas a morir y con un rollo fuertísimo de competencia por el poder. En ellas me inspiré para moldear a una de las mujeres de la novela, Magdalena, cuyo vicio de carácter se vuelve su tragedia.
El gen de la lujuria Mi abuela, doña Paz, era partera. Conviví mucho con ella. Ella me trajo al mundo y me cortó el ombligo. Era un tremendo personaje. Se escapó del convento como a los 14 años y se casó con mi abuelo. Cuando él murió tuvo otro marido y luego otro más. Era muy burlona, ácida, dura. Si le decías: «Vamos a la calle», te contestaba: «¿A qué van? ¿A que les vean lo pendejo?». Además era lujuriosa. Por un error mío no se incluyó en la novela mi hoja de agradecimientos, que decía: «Gracias a mi abuela, doña Paz, por el gen de la lujuria».
Una historia más honestaPerdí una primera versión de la novela. Fue en 2013, justo el día en que murió doña Paz. Yo estaba en Tepoztlán, así que mi pareja y yo nos regresamos al DF al velorio, pero antes de llegar nos paramos a comer. Le dieron un cristalazo a la camioneta y se robaron mi computadora. Llevaba más de la mitad de la historia y, aunque suene increíble, no la tenía respaldada ni tenía versión impresa. Perdí todo. En el fondo no creía que fuera un buen texto. Esa primera versión tenía los mismos cuatro personajes, pero era más pudorosa. Cuando me senté a escribir por segunda vez decidí que no me iba a poner ningún bozal. Creo que quedó algo más honesto.
Ser escritora Yo moví todas las piezas de mi vida para dedicarme a escribir, incluso terminé una relación maravillosa, de ocho años, porque él se fue a vivir a la selva. Yo no quise irme, quería intentar ser escritora. Esta novela es mi propia migración de identidad.
Lector ideal Con toda la ambición asquerosa digo que me encantaría que Karl Ove Knausgard leyera mi novela. Y también Francisco Goldman.
Fan de poetas Siempre tengo algún libro de poesía junto a mi cama, cada mañana leo algo. Es el género que cura más que ningún otro, exorciza el alma. Soy muy fan de Gonzalo Rojas. También leo a Tomás Segovia, Ginsberg, Lorca, Villaurrutia y Sor Juana.
Conversar con los personajes
Carlota, de 16 años, dice en un momento de la novela: «Sí me gusta la vida. Sólo tengo que entender un poco mejor de qué se trata». ¿Qué le diría si la tuviera enfrente? Algo como: ¡Chiquita! Espérate, sigue, ya te vas a enterar. Lo que es horrible seguirá horrible, pero te falta descubrir lo maravilloso.
En otro fragmento, Carlota se queja: «Mi cuerpo es el peor lugar del universo y no me queda más que habitarlo». Le contestaría: Hay que aprender a convivir con eso. No creo que nadie tenga una maestría en Acepto y amo mi cuerpo, o a lo mejor sí, a lo mejor lo vamos a aprender con lo que nos falta por vivir. Por cierto que hace poco, en una comida, coincidí con varias mujeres de alrededor de 80 años. Les pregunté de qué se arrepentían y una de ellas, italo-mexicana, bellísima, me dijo: ‘Debí de haber comido más, bebido más, angustiarme menos por cómo me veía». A mis 37 años no puedo responderte a ti, de 16, pero una mujer de 60 u 80 quizá sí tiene la respuesta.
Dalia, hundida en un amor transgresor, confiesa en la novela: «El amor y la familia, eso que la gente llama refugio, para mí son cianuro». Lo que le diría es: No eres la única. La familia es el origen de los demonios de todos. Es más, las peores guerras del mundo nacieron en el corazón de un hijo odiando a su padre.
Obsesionada por los celos, Claudia se pregunta: «¿Por qué las familias se relacionan tan por encima y no se cuentan las cosas verdaderamente importantes?» Le contestaría: Porque hablar de lo verdaderamente importante es muy doloroso. Dolería muchisísimo sentarte frente a tu papá o tu mamá o tus hermanos y hablar de eso que todas las familias llevamos toda la vida escondiendo.
Llegó sin advertencia, como caminando de puntillas, otro #MiércolesDePoesía. Para saludarlo ya que está metido aquí en mi casa, hoy acudo a Jaime García Terrés, escritor mexicano nacido en 1924. A partir de un par de imágenes, este texto suyo dice mucho sin decirlo.
Acomodo mis penas como puedo, porque voy de prisa.
Las pongo en mis bolsillos o las escondo tontamente
debajo de la piel y adentro de los huesos;
algunas, unas cuantas
quedan desparramadas en la sangre,
súbitas furias al garete, coloradas.
Todo por no tener un sitio para cada cosa;
todo por azuzar los vagos íjares del tiempo
con espuelas que no saben de calmas ni respiros.
-Jaime García Terrés, «Jarcia», en Gabriel Zaid (comp.), Ómnibus de poesía mexicana (Siglo XXI)
«La sequedad de mis labios, el agrio olor a licor, su rodilla con su hueso demasiado afilado presionando contra mi pierna; todo él tan torpe en el gesto. Me sentía tan cansada que quise apartarme y simular que me encontraba indispuesta. Fue algo espantoso que me besara. Cerré los ojos y pensé en qué decir cuando él hubiese terminado. Debo quedarme mirándole durante un buen rato, maravillada, y decirle finalmente: ‘Hace usted que me sienta rara’. Él no hacía que me sintiera rara, no como lo hizo el italiano cuando me llamó ‘sucio angelito’, pero tendría que decirlo, si no él se sentiría herido».
Habla la narradora adolescente de Lo que dijo Harriet, novela de la inglesa Beryl Bainbridge recién publicada por el sello español Impedimenta y distribuida en México por Sexto Piso. Es de lo mejor que he leído en mucho tiempo, impecablemente bien escrita, perturbadora a morir, con una ironía que alarma y desarma. Cuenta la historia de dos amigas, de 12 y 13 años, quienes durante el verano se reencuentran en una pequeña localidad costera. Juntas son perversas, nocivas. Lideradas por Harriet, se proponen seducir al Zar, un hombre casado que coquetea con ellas sin medir el abismo al que pueden arrastrarlo.
La novela, un portento redondo, está inspirada en un crimen real ocurrido en Inglaterra, sobre el que Peter Jackson se basó para su película Criaturas celestiales. Y la vida de su autora, a quien hasta el momento yo no tenía en el radar, no es menos fascinante: nacida en Liverpool en 1932, trabajó como actriz, empezó a escribir tardíamente y creó Lo que dijo Harriet, su primer libro, a los 35 años, pero varios editores lo rechazaron por «repulsivo». Por fin fue publicado en 1972. Luego Bainbridge publicó varias novelas más y cuando murió en Londres, en 2010, The Guardian la llamó «un tesoro nacional».
Como digo, la novela es de verdad notable. Y luego está la traducción. En general, si me es posible, evito leer traducciones de inglés y francés; prefiero acudir a las obras en su lengua original. Cuando Llüisa Matarrodona, eficaz publirrelacionista de Sexto Piso, me hizo llegar esta edición del libro, le quise echar ojo, pero en ese echar ojo me devoró la prosa de Bainbridge. Terminé leyendo la novela completa, tirando baba por la pluma de Bainbridge y disfrutando muchísimo la traducción de Frieyro. Cómo da gusto que existan mancuernas así.
De verdad, háganse un favor leyendo esta cátedra de escritura poderosa y soberbia traducción sobre los peligros de rondar a un «sucio angelito». Es de los libros que uno no puede vivir sin haber leído.
El argentino Tute se me ha convertido en una especie de vicio. Disfruto una enormidad su humor brillante, de líneas limpias e ideas sin paja, como este cartón que recibe el #LunesDeMonos. Porque sí, que alguien diga que no existe el hipo existencial, igual de testarudo que el hipo diafragmático y en particular recurrente el primer día de la semana.
La música aceita los peores momentos, les da una banda sonora, los viste de palabras y acordes que ayudan en el intento de entenderlos. En este #SábadoDeMúsica, mi canción favorita para terminar una relación amorosa es el tango Los mareados, interpretado por Roberto Goyeneche (da click en el enlace para ver el video). Nunca lo he usado para menesteres del desamor, pero me gustaría un día ser capaz de despedirme con la civilidad de una última borrachera compartida y palabras como éstas para atesorar: «Esta noche con alcohol nos embriagamos. Qué me importa que se rían y nos llamen los mareados. Cada cual tiene sus penas y nosotros las tenemos. Esta noche beberemos porque ya no volveremos a vernos más. Hoy vas a entrar en mi pasado».
Y, como siempre, más abajo vienen las canciones propuestas por los entusiastas miembros de la comunidad del blog, a través del twitter @danioska o del Facebook/julia.santibanez. Gracias por enriquecer el panorama de cómo decir «adiós» desde el dolor, la ironía, el humor, el azote. Si no lo has hecho y quieres participar, añade tu canción en los comentarios de esta entrada. Ahora sí, a mover el pañuelo blanco.
Da click en el nombre de cada canción para ir al video respectivo.
Tiene ojos que brillan y manos que hablan, una inteligencia desbordante, muchas lecturas y la intensidad de un explorador (¿un kamikaze?) bajo la piel de periodista. Cada sábado publica una leidísima columna en el periódico digital SinEmbargo.mx. Además, Editorial Planeta acaba de lanzar Las noches habitadas, su primera novela, que escribió como quien se lanza al vacío antes de revisar si lleva puesto el arnés. Lo hizo tan bien, que en el intento también creó cuatro personajes que respiran, cuatro mujeres creíblemente humanas. Y es que Magdalena, Carlota, Dalia y Claudia transitan la vida como si fuera la primera vez. Las cuatro padecen insomnio y las cuatro, en su relación consigo mismas y con los hombres, en el sexo, en el amor y el desamor, están aprendiendo a desvestirse de culpas, miedos y disimulos, para luego encontrarse en el espejo. Sus historias son honestas, miran de frente.
Aquí, la primera parte de la plática que tuve con Alma Delia para SoHo.
Algo vivo Soy una atascada de la condición humana. En la novela quise hablar del alma, explorar las contradicciones que todos tenemos. A ratos las cuatro protagonistas son encantadoras pero luego las odias, son solidarias y son unas cabronas, se divierten aunque también se azotan. Ésa era mi meta, crear algo vivo.
Somos este animal Las noches habitadas toca temas universales como la soledad, el deseo, la orfandad, pero también aborda temas específicos de la realidad mexicana de clase media y media alta, donde se vive un juego esquizoide. Hacia afuera todos aparentan estar bien, simulan todo el tiempo, pero en realidad están muy trastornados. Estas mujeres son la voz de ese segmento, se atreven a decir: por dentro somos este animal.
Renunciar al godinismo El libro surgió por idea de Gabriel Sandoval, director literario de Planeta. Él había leído mi columna en SinEmbargo y le gustaba. La primera vez que me reuní con él, yo llevaba unos cuentos como idea de lo que se me antojaba hacer. Le gustaron, pero dijo: «No, haz una novela». Firmamos el contrato sin tener libro. Yo trabajaba todo el día en la industria de la moda, así que me lo aventé de noche, a ratos. Como tenía poco tiempo para escribir sentía mucha ansiedad. Pensaba: «Hay un contrato firmado, una fecha de entrega y no he escrito nada». Casi me cuesta la cordura. Por fin en octubre pasado renuncié a mi trabajo, al godinismo, y me pude dedicar sólo a escribir. Entonces lo disfruté de verdad. Aunque la inseguridad siguió ahí.
Demasiado denso Si me pidieran hacer la crítica más dura de mi novela diría que es demasiado azotada, demasiado intensa, espesa. Que todo sea tan denso puede ser hartante.
Sexo sin «deber ser» En Las noches habitadas quise contar historias reales y no ideales. Quise quitarle al sexo el deber ser, creo que es necesario hacerlo. Por ejemplo, hay una historia de amor incestuoso (ojo, es de amor, no de abuso) y una relación lésbica que se disfruta mucho.
Reírse a solas De los siete a los 14 años viví en un internado de niñas. A los 19 me independicé y hasta ahora he postergado la maternidad, no sé si voy a ser madre. Es decir que llevo muchos años viviendo sola. Si bien la soledad tiene su lado cool y bohemio, también tiene un lado terrible. Para no enloquecer, el remedio ha sido reírme siempre. Me río mucho, de tonterías, cosas que pienso. Me gusta mucho correr y a veces de la nada me tengo que detener por un ataque de risa.
Me asumo animal de costumbres y animal de cursilerías. Por tanto, es natural que me gusten los rituales cursis. La fecha me da excusa para practicar uno, por cierto, de mis favoritos: rendir mínimo homenaje a un autor releyéndolo en el aniversario de su muerte. Voy a mi biblioteca, tomo uno de los libros del escritor portugués y busco alguna esquina que doblé con intención. Esa página rendida sobre sí misma dice que ahí encontré un diamante. Leo el subrayado: «Al contrario de lo que se cree, sentido y significado nunca han sido lo mismo, el significado se queda aquí, es directo, literal, explícito, cerrado en sí mismo, unívoco, podríamos decir, mientras que el sentido no es capaz de permanecer quieto, hierve de segundos sentidos, terceros y cuartos, de direcciones radiales que se van dividiendo y subdividiendo en ramas y ramajes hasta que se pierden de vista […]». -José Saramago, Todos los nombres (Punto de lectura).
Hoy hace cinco años moría José Saramago.
PD Viramo comparte este enlace a la voz de Misia cantando un texto de Saramago escrito para ella. Salud. https://youtu.be/p0eGKGoY_hw
Amanezco machacando una línea de Martín Caparrós en El interior (Malpaso): «La vida se hace todos los días». Y sí, no es tan complicado. Las plantas lo saben, lo practican. Esta mañana que no termina de ser me abrazo a este poema del mexicano Alejandro Aura que corre en la misma línea y dice lo que quiero sea un mantra en este #MiércolesDePoesía:
«Lo que tengo pensado hace ya tiempo
es que la vida es demasiado simple,
que no vale la pena hacer tanta alharaca;
te pones a pasar los años,
haces lo que querías hacer,
cuando te den ganas de llorar, pues lloras;
si puedes te enamoras y si no, pues no:
y te vas así esperando,
sin demasiada vanidad,
a que te toque».
-Alejandro Aura, «Un muchacho que puede amar», Antología general de la poesía mexicana, Volumen 1 (Océano)
Para mi entrañable Javier, desde la certeza renovada
de que «la eternidad por fin comienza un lunes»
En este México tan sufrido y sufridor siguen flotando en el ambiente lamentables lugares comunes. Uno dice que las mujeres no sabemos estar juntas, que el jugo de hormonas hace imposible la convivencia, cuantimás la colaboración. Soberana estupidez. Tengo una madre admirada, hermanas generosísimas y amigas entrañables que son mi familia por elección, soy mamá de una adolescenta de luz con quien tejo a diario una amistad irrompible, he trabajado hombro con hombro con mujeres excepcionales. Creo que no es un tema de género ni de tetas, sino de fuerza e inteligencia conscientes, de mirar hacia el mismo lado, dejar de creer que estamos programadas para darnos pellizcos y convencernos de que lo mejor que podemos hacer es levantarnos las manos (con o sin barniz de uñas). Sí, tengo la esperanza de que a fuerza de miradas limpias y trabajo conjunto desterremos esa idea fósil que algunas siguen repitiendo como si fuera chiste, cuando el verdadero chiste es reunirnos nosotras y nosotros para hacer algo con este país querido que se nos cae a pedazos.
Lo cuento porque en estos días tuve la emoción de celebrar desde las entretelas una sociedad de mujeres provocadoras, brillantes. Son Chulas y se hacen llamar Reinas. Son las que desde hace 10 años crearon El Vicio, cabaret y teatro, antro y espacio creativo, epicentro de desobediencia, desacato y arrebato, lugar que sostiene la bandera necesaria de la diversidad, foro de inteligencia y buenas borracheras, casi todo y sin medida. Son Marisol Gasé, Ana Francis Mor, Cecilia Sotres y Nora Huerta. Están celebrando el décimo aniversario de ese Vicio mío y de muchos, en el cual se han presentado más de 15 mil artistas y donde varias noches por semana se construye un México más igualitario y justo. La semana pasada, por invitación de la abrazable Marisol, me desbordé de puritito gusto de brindar con las Viciosas por los logros de ese espacio imprudente e indispensable para el país, donde lo mismo se presentan obras de teatro infantil inteligente (lo subrayo por romper el oxímoron), funciones de cabaret político y culebrones espléndidos de nombres como Directo al despeñanieto, Rivotrip, Las reformas torcidas de Dios, Fraudestein y Gregoria, la cucaracha.
En el festejo etílico se dio cita todo el mundo, porque vaya que las Reinas Chulas son queridas. En escena estuvieron artistas de primer nivel como Fernando Rivera Calderón, Regina Orozco, Horacio Franco, Pedro Kóminik y Astrid Hadad. Desde la cuatitud del Weso llegó el lúcido Enrique Hernández Alcázar, acompañaron también los moneros Trino y Helguera, los periodistas Lydia Cacho, Epigmenio Ibarra y Verónica Maza, gente de la cultura como Sandra Lorenzano, Eduardo Limón y Alejandro Rosas, más el fantasma de Salvador Novo, dueño en otro tiempo de ese enclave coyoacanense y comprometido padrino del Arte, de la irreverencia. Y hasta el espíritu de Buda rondó el lugar, como atinadamente hizo notar Fer Rivera en un fragmento de su intervención:
«En este sexenio me siento en el precipicio
y tengo un severo desorden alimenticio.
Sólo una cosa me salva de perder el juicio:
que gracias a Buda tenemos un Vicio».
Pues sí, gracias a Buda y a los dioses inspirados y transpirados tenemos la realidad incuestionable de El Vicio, espacio de arte creado por Viciosas, mujeres fuertes y amigas solidarias que en vez de lamentarse se la mientan a quien hay que mentársela, que desde el cariño inteligente nacido de los ovarios destierran prejuicios, que rearman la fe de quienes sabemos que este país será un poco mejor por estas Chulas. Por estas Reinas.
Los lunes, el ánimo amanece al ras del suelo. Y algunos todavía más, de modo que hacer lo mínimo constituye un logro descomunal. Por eso, este #LunesDeMonos dejo aquí un cartón de HyperPost, que espero saque una mínima sonrisa. Y será mucho.
El sexo es una isla de vida, un plantarse de cara a la muerte, tomarla por los pelos, besarla suave, obligarla, verla al fondo de los ojos. De modo que este #SábadoDeMúsica tiene como tema «La canción que me evoca un encuentro sexual intenso», es decir, que remite a lo exaltado, el sudor, lo que vibra, la locura, lo peligroso, el éxtasis que se convierte en la parcela más individual de todas. Mi selección es «No habrá nadie en el mundo», de Buika, con su cadencia casi desgarrada que anunciaba el fin y, por tanto, permitía empezar siempre de nuevo. Y luego vienen las canciones propuestas por la comunidad del blog. Si quieres añadir tu tema, ponlo abajo, en los comentarios. Si ya participaste y lo deseas, comenta por qué la elegiste.
Da click aquí para ir al video de Buika:
Da click en el nombre de cada canción para ver el video respectivo:
Hoy es un día raro. Recibo malas noticias, sin embargo, no estoy mal. Digamos que por hoy me paro con ambos pies en las palabras de Matthieu Ricard, mi gurú de vida: «La raíz básica de la felicidad está en la mente. Las circunstancias exteriores no la determinan, son sólo favorables o adversas». Sí, no quiero que lo que pasa afuera determine cómo me siento por dentro. O, lo que es lo mismo, no quiero que la tormenta alrededor altere mi paisaje interno. Espero mantenerlo intocado, en el entendido de que depende de mí hacerlo.
A veces un libro se convierte en mapa de ruta vital, en plano que muestra de golpe la navegación realizada y la por venir, señala regiones inhóspitas y advierte dónde esperan los peligros: «Hic Sunt Dracones». Sobre todo, recuerda el puerto de salida y la tierra incógnita que espera más allá. Los Diarios amorosos de Anaïs Nin, recientemente publicados por Siruela, son ya parte de mi cartografía personal, de mi historia puesta en papel. En muchas ocasiones, Anaïs pone en palabras mi recorrido y mi ubicación actual, me dice mejor de lo que puedo decirme a mí misma. Este pasaje, sobre su relación de amante con el también escritor Henry Miller, es uno de esos en los que estoy de cuerpo entero, con todas sus implicaciones. Habla de la necesaria libertad en una pareja, que se resume en la frase insuperable: «Si hoy pudiera casarme con Henry, no lo haría». Me parece la manera más hermosa de decir (o que me digan) te quiero. En mi atlas personal es la tierra por conquistar:
«[…] Hablamos de lo maravilloso de nuestra intimidad, de lo valioso de cuanto nos sucede cuando estamos juntos, y de que queremos eso. Queremos eso y nuestra libertad. Si hoy pudiera casarme con Henry, no lo haría. Lo quiero libre; lo necesita, y también necesita intimidad. Nací para entender las necesidades del artista, ¡probablemente porque también las tengo! […] Henry y yo hablamos de los celos y de lo agradecido que está porque no acudo a los celos para tiranizarlo. Hago tanto para preservar su seguridad porque en esta seguridad trabaja, se expande, encuentra el equilibro y se encuentra a sí mismo. Eso es importante. Se ha encontrado a sí mismo porque no lo he esclavizado. He respetado su entidad, cree que nunca he traspasado los límites de su libertad. Y de esto nace su fuerza. Y con esta fuerza me ama, totalmente, sin guerras ni odios ni reservas. Es curioso cómo he podido hacer a Henry el mayor de los regalos: el de no apresarlo, el de mantener nuestras almas independientes […]».
PD Ya viene el #SábadoDeMúsica con Playlist Colectiva. Esta vez responderá a la pregunta: ¿cuál es la canción que te remite a un encuentro sexual intenso? Para participar, anota tu canción en los comentarios de esta entrada y la añadiré a la entrada del sábado.
Estaba desesperado por el insomnio que había padecido siempre, pero que en los últimos nueve años se había vuelto más agresivo. Tenía dos libros de poemas publicados y 40 años bajo el brazo. Vivía en Ginebra, donde trabajaba como Cónsul venezolano. Una noche tomó una sobredosis de pastillas para dormir y ya no despertó más. Se llamaba José Antonio Ramos Sucre.
Ayer se cumplieron 125 años de su nacimiento. Poeta venezolano, renovó la literatura de principios del siglo XX, al alejarse de la poesía rimada y métrica. A cambio, propuso una prosa poética cuajada de imágenes, dotada de un universo verbal riquísimo. En la década de los 90, cuando estudiaba Letras en la UNAM, lo descubrí en un Material de Lectura. Me deslumbró. Hoy es mi invitado al #MiércolesDePoesía, con un fragmento de su texto «La tribulación del novicio», donde juega con la carnalidad que despierta en un joven religioso la penumbra de un templo, «favorable al amor como un escondite». Por su culpa nunca pude ver igual las iglesias.
«Bebedizos malignos, filtros mágicos, ardientes misturas de cantárida no hubieran enardecido mi sangre ni espoleado mi natural lujuria de igual modo que esta mi castidad incompatible con mi juventud. Vivo sintiendo el contacto de carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina hasta tocar con la suya mi mejilla. […] Barbas selváticas, cuernos torcidos, cascos, todos los arreos del sátiro podría ser míos. […] No se calma este ardor con claustro inaccesible ni con desierto desolado. Con esa abstinencia, la locura me haría compañero de santos desequilibrados y extáticos. Ni la penumbra de los templos abrigados me auxilia, porque es tibia como un regazo y favorable al amor como un escondite. La oración tampoco es defensa porque su lenguaje es el mismo que para cautivarse emplean los hijos y las hijas de los hombres. Ni es para alejar del siglo la belleza que resplandece en las efigies: algunas me recuerdan las mujeres que hubiera podido amar, tienen los mismos ojos hermosos y tranquilos, la misma cabellera destrenzada sobre las espaldas y los hombros, y sobre los mismos pies menudos y curiosos debajo del vestido descansa la estatua soberbia del cuerpo […]».
En este #LunesDeMonos no propongo un cartón, sino una espléndida colección de cartones.
Desde su creación, en 1925, la revista The New Yorker estableció una indiscutible tradición de publicar buen humor gráfico (bueno en el sentido de «eficaz, que hace reír», no en la bostezante acepción moralina). En especial me alegra que uno de sus temas recurrentes sean los libros, los escribidores y también sus cómplices perfectos: los leedores. Y esto no sorprende, dada la vocación literaria de la publicación por cuyas páginas han desfilado autores de primer nivel (Ernest Hemingway, John Updike y Julian Barnes, entre ellos) y han aparecido textos que se han convertido en referente de las letras contemporáneas.
Pues la excelente noticia es que ahora llega a mis manos una compilación de casi 200 cartones librescos titulada Los libros en The New Yorker.Están divididos en cuatro categorías: Autores, Editores, Lectores, Libreros. O sea, la crema y nata del mundillo literario. Publicado por la editorial española Libros del asteroide (qué nombre más musical se fueron a poner) y distribuida en México por los amigos de Sexto Piso, es un deleite de principio a fin. Hay sarcasmo, guiños de complicidad, travesura, humor negro. Además, la traducción (a cargo de Miguel Aguayo) está bien lograda. Ahí está el escritor que le dice a su hijita que ya está acostada: «Ahora cierra los ojos y duérmete o papá te leerá un poco más de su novela». Y el tipo que, tratando de ligar a una mujer que lee en el parque, se adelanta: «¡Qué coincidencia! Estás leyendo el mismo libro que yo pensaba leer». Y también el editor que le dice a un autor sobre manuscrito: «Como novela no funciona, pero nos gustaría publicarlo como calendario de mesa».
Es humor en serio, es decir, ingenioso, divertidísimo, agudo. No sé cómo no había salido antes, pero qué bueno que ya existe.
Llegó el esperado #SábadoDeMúsica, esta vez con nostalgias ochenteras (sí, me traiciono como cuarentona, no me preocupa). Me sentí muy tentada de incluir Betty Davies Eyes, de Kim Carnes, o Persiana americana, de Soda Estéreo, pero definitivamente me quedo con ésta: Como un lobo, de Miguel Bosé. Aquel efebo cantando «Tu pecho es/ Tan cruel como bendito/ Tu cuerpo en fin/ Babel y laberinto» era el colmo de la sugerencia. Me ponía las hormonas a tope:
Si participaste y te apetece, comenta por qué elegiste esa canción. Si no has participado y quieres hacerlo, sugiere tu canción favorita y di por qué lo es. Y de una vez empezamos a armar la Playlist colectiva de la próxima semana: ¿Cuál es tu canción asociada a un encuentro sexual especialmente intenso? (debo la impecable redacción de la pregunta al querido Viramo Spiro).
Da click en cada título de canción para ir al video respectivo:
Ya arranca el fin de semana y todo el mundo tiene cenas, reuniones o fiestas donde sin duda platica con gente más o menos atractiva del sexo opuesto. De modo que ahí dejo estas líneas sabias de una canción del señor Jaime López. Propongo que volvamos viral esta cosa bonita del #ViernesSinCelos porque sí, para qué desperdiciar el tiempo: si los celos son fundados para qué sigues ahí; si son infundados, para qué sufres.
Con la excusa de la Feria del Libro de Madrid, el periódico ABC le hizo esa pregunta a 24 escritores de diversas generaciones. Y también les pidió responder: ¿en qué novela te gustaría vivir? El ejercicio me recordó las #Tuitentrevistas que hemos hecho en SoHo, donde por Twitter les formulamos una pregunta distinta a varios escritores y contrastamos sus respuestas. Da click aquí para ir a una de ellas y consulta el número 4 de SoHo para la #Tuitentrevista que hicimos en la FIL 2013.
Lo le dijeron los autores al ABC va de lo divertido a lo fantasioso y aterriza en lo entrañable. Porque sí, quienes amamos los libros solemos entendernos con un personaje, al que a partir de la lectura llevamos a todas partes entre la ropa y cuyos lentes nos ponemos con frecuencia para ver el mundo. O descubrimos que desde el principio los teníamos puestos. Como lectora obsesiva no me aguanto las ganas de contestar: el personaje que me hubiera gustado ser es Beatriz Viterbo (claro, antes de morir), del cuento «El Aleph» de Borges, para tener siempre a mi alcance un Aleph, «donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos». Y la novela en la que me gustaría vivir es Peter Pan, de James Matthew Barrie, con su mezcla poderosa de fantasía y atmósfera fiera.
Aquí van algunas de las respuestas que dieron los escritores preguntados. A varios no los conozco, así que me limito a poner mis respuestas favoritas de los que viven en mis libreros (perdón, no se me antoja citar a alguien de quien no he leído ni una línea).
¿Qué personaje te hubiera gustado ser?
Rodrigo Fresán «Muchos. Calculo que hay diferentes personajes para diferentes edades físicas o épocas psicológicas de cada uno. Pero puesto a quedarme con uno me quedo con el que abarca diferentes edades y épocas: el Billy Pilgrim de Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut».
Leila Guerriero «Tengo la leve sensación de haber respondido alguna vez esta pregunta y haber dicho ‘Ninguno’. Y lo primero que pienso es eso –’ninguno’-, supongo que porque los personajes de las novelas que más me gustan son personas bastante torturadas o complejas. Pero, obligada a escoger, querría ser algo bastante obvio: un personaje de alguna novela de aventuras, de esos capaces de destripar un lobo y dos mamuts antes del desayuno, de vérselas con una tormenta en alta mar, gente viajera e indómita capaz de no asustarse con lo peligroso y lo inesperado».
Juan Gabriel Vázquez «Probablemente, Marlow, el narrador de las novelas de Conrad. Ver lo que ha visto, vivir lo que ha vivido, y además contarlo tan bien…».
Enrique Vila-Matas «Alguien parecido a Nick Carraway, el narrador de El gran Gatsby. Me fascina ese momento en el que hablando de una de las fiestas de su vecino, Nick escribe: ‘A mí me habían invitado de verdad'».
Juan Marsé «El joven Jim Hawkins o el pirata John Long Silver de La isla del tesoro, cualquiera de los dos».
Santiago Roncagliolo «Me habría encantado ser un cazador de vampiros en Drácula, de Bram Stoker. Pero también me habría sentido bien en cualquier cuento de Edgar Allan Poe. Me encantan las historias góticas y terroríficas. Solo pediría no morir al final».
Agustín Fernández-Mallo «Gregor Samsa. En primer lugar porque este año se cumplen 100 años de la edición de La metamorfosis y el bueno de Samsa sigue tan vivo e interesante como siempre. En segundo lugar porque siempre he pensado que oculta algo, no nos lo ha contado todo. El gran secreto de la literatura del siglo XX y lo que llevamos de XXI».
¿En qué novela te hubiera gustado vivir?
Luna Miguel «Si tuviera que pasar una temporada en algún lado lo haría en Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, y, probablemente, me enamoraría mucho y de manera desmedida del poeta García Madero. También me gustaría darle un abrazo a las Font, y beber con todos esos poetas mexicanos locos a los que tanto admiro».
Juan Gabriel Vázquez «A los 10 años me hubiera gustado vivir en Los tres mosqueteros. A los 20, en Rayuela. A los 30, en El gran Gatsby. A los 40, en la que estoy escribiendo: escribimos, entre otras cosas, para abrir un espacio donde podamos vivir a la medida de nuestras curiosidades y nuestros apetitos».
Rodrigo Fresán «Es difícil decirlo. ¿Qué elegir? ¿Confort o apasionamiento? Tal vez me inclinaría por un par de casas de naturaleza muy opuesta: la de Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, y la de la infancia del Habla, memoria, de Vladimir Nabokov, entendida, esta última, como corresponde, más como novela que como memoir».
Agustín Fernández-Mallo «Naturalmente, en todas las novelas que me gustan. Por ejemplo, en Las aventuras de Tom Sawyer. Ilustra como nadie el paraíso que es la infancia, donde aún no tenemos noción del paso del tiempo, así que una tarde de pesca en un río es verdaderamente infinita.
Un poema me resuena estos días en la cabeza, no sé por qué. Lo aprendí de memoria hace años y luego lo olvidé, pero esta semana estos versos me retumban sin aviso:
«¡oh dichosa ventura!
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.»
Claro, es la «Noche oscura» del místico español Juan de la Cruz (me resisto a llamarlo «San Juan» porque me parece mucho más digno elevarlo como el poeta exquisito que fue, a darle el dudoso privilegio de santo). Nacido en 1542 en la región de Castilla, llevó la poesía a niveles que nunca antes había alcanzado, con el deseo de explicar su experiencia mística. Éste es uno de sus poemas más conocidos, de una belleza y sonoridad espléndidas. En una primera lectura, digamos terrenal, es un poema deliciosamente erótico, pero señalan sus estudiosos que, bajo el sentido evidente, el poeta buscaba expresar la aventura del alma que sale a buscar la unión con Dios. Sea como sea, esta semana Juan de la Cruz es el invitado que llena de luz este #MiércolesDePoesía con versos que no saben hacerse viejos.
Canciones del alma que se goza de haber llegado al alto estado de la perfección, que es la unión con Dios, por el camino de la negación espiritual.
«En una noche oscura,
con ansias en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.
A oscuras, y segura,
por la secreta escala disfrazada,
¡oh dichosa ventura!
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.
En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.
Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
¡Oh noche, que guiaste,
¡oh noche amable más que el alborada:
oh noche, que juntaste
amado con amada, amada
en el Amado transformada!
En mi pecho florido,
que entero para él sólo se guardaba,
allí quedó dormido
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.
El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería,
y todos mis sentidos suspendía.
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado».
*Tomo la versión de ortografía modernizada que avala Gerald Brennan, uno de los mayores estudiosos del poeta español, en el libro Gerald Brennan, San Juan de la Cruz (DeBolsillo)
El reconocido filósofo francés estuvo en México para promover su nuevo libro La estetización del mundo y platiqué con él. Es provocador y, sí, muy interesante. Dice que el arte ha salido de los museos para tomar la calle y los escaparates. Que si antes sólo los artistas tenían oportunidad de crear, hoy todo el mundo puede escribir, cantar o hacer un video, en lo que significa una democratización positiva del arte. Que el capitalismo no es el sistema infernal que prostituye todo lo que toca. Son los lentes a través de los cuales Gilles Lipovetsky propone leer el mundo de hoy.
Sociólogo y filósofo francés, es uno de los estudiosos más importantes de la sociedad actual. Luego de libros importantes para entender la realidad contemporánea, como La era del vacío y El imperio de lo efímero, recientemente estuvo en México para presentar su nuevo volumen, La estetización del mundo. Vivir en la época del capitalismo artístico (Anagrama), hecho en conjunto con Jean Serroy. Tuve oportunidad de conversar con él al respecto. En pocas palabras, el volumen matiza la crítica casi unánime hacia el capitalismo, que lo condena como un sistema que a través del hiperconsumo empobrece la vida y pervierte el arte. En cambio, Lipovetsky plantea que la sociedad capitalista incorpora la exigencia estética (es decir, el consumidor quiere productos bellos, que toquen su sensibilidad), la exigencia utilitaria (que además funcionen) y la económica (sus creadores quieren buenas ganancias por ellos, además de que sin cesar lanzan productos mejorados que desplazan a los anteriores).
Es decir, de acuerdo con el filósofo francés hoy no es clara la frontera entre economía, moda y arte, porque el individualismo despierta el gusto estético y seduce a través del diseño de productos atractivos. Antes de 1950, por decir algo, lo importante era la «función», no interesaba tanto que los productos fueran bellos. Ahora el paradigma es distinto: todo, desde los lentes de sol hasta los coches, las plumas y el papel de baño tienen un diseño atractivo, para vender deben seducir. Esa combinación entre rentabilidad y valores estéticos tiene puntos en contra: por ejemplo, el consumo como único satisfactor de vida genera personas frustradas e insatisfechas. Sin embargo, también tiene ángulos positivos, como la democratización del arte. Hoy se reconoce que todo el mundo tiene una sensibilidad, no sólo los artistas encumbrados. «Dejemos de satanizar el consumo pero tampoco lo hagamos un dios», dice.
Aquí, cuatro extractos de la conversación que tuvimos en torno al libro.
La seducción de elegir
El sistema capitalista ofrece la libertad de escoger. Algunos insisten en que esa libertad es peligrosa y sí, implica riesgos, pero no de forma sistemática. Junto a las fashion victims, los adictos al consumo y el servilismo de los adolescentes por los tenis de moda está la opción que tenemos todos de decidir dónde ir de vacaciones, por ejemplo. Cada quien puede elegir el lugar que prefiera. Además, el individualismo provoca menos presión social que la que había en épocas pasadas.
Hoy uno se viste como quiere, puede crear su propio universo y la crítica no tiene la importancia de antes, cuando había un juicio real. En cierta forma, en la actualidad la presión por consumir es más fuerte porque roza todos los ámbitos, todo se puede comprar, pero en un nivel de más detalle es menos fuerte. Es, al mismo tiempo, ambas cosas. Aunque el individuo está obsesionado por comprar y el consumismo lo invade, puede comprar lo que quiera. Ése es un rasgo complejo de la hipermodernidad.
Un mundo cada vez más estético
Estoy convencido de que, en el futuro, el diseño estará aún más presente en todos los productos de consumo. Veo tres tendencias a corto plazo, que ya se anuncian: 1. La gente demandará que los productos sean cada vez más bellos, es decir, habrá una mayor universalización de la demanda estética. 2. La creación carecerá por completo de un eje, distintas tendencias van a coexistir. En parte ya lo vemos, todos los estilos son posibles: lo japonés minimalista, el kitsch y el barroco viven lado a lado. Ninguno es más válido que el otro. Hay marcas de moda muy estrictas en su propuesta, pero también hay otras muy eclécticas. 3. El mercado creativo ya no se limitará a Europa o Estados Unidos, como hasta hace poco. Hoy hay Fashion Weeks en muchos países, además de que diseñadores y cineastas hacen un trabajo destacado en México, en China, en Corea. La creación estética se ha planetarizado.
La calidad es un buen negocio
Vivimos en un sistema de superproducción cultural. Se filma y se publica más que nunca, pero pocos se hacen ricos con lo que crean. Hay tanta producción que un libro que no tiene éxito pierde visibilidad pronto y, en el mejor de los casos, lo consume un público pequeño. El mercado es desafiante, nadie lo controla. Pero el asunto tiene otro ángulo: está la necesidad de formar el gusto de la gente, enseñarle distintas opciones, y ésa es tarea de la familia, la escuela, los medios, el Estado. No se le puede pedir a un sistema de mercado que se preocupe por la cultura. No es su lógica. Las empresas quieren ganar dinero y eso no me parece indigno: es su objetivo. Por otro lado, no todo lo que vende bien es malo. Por ejemplo, las películas excelentes suelen ser un negocio redondo. Otro caso es Apple: una gran calidad resulta en números extraordinarios. Y ahí hay un reto que sí involucra al capitalismo: hacer entender a quienes toman las decisiones económicas que la calidad es positiva para el negocio, que funcionan bien los productos buenos y, además, atractivos.
Todo el mundo es artista
Creo necesario analizar las sociedades no sólo a partir de alta cultura, sino sobre todo de la cultura media. Ésa es la importante, porque toca a millones. En ese sentido, en la sociedad capitalista actual todo el mundo se ha vuelto artista. Cualquiera escribe, canta, toma fotos y hace video en busca de la felicidad que no encuentra yendo de compras. En cambio, desde Platón la alta cultura es un fenómeno de minorías. No sé si un día Heidegger sea leído por las masas, pero hoy interesa a unos pocos. ¿Es escandaloso? No estoy seguro, la alta cultura siempre ha sido de élite. La violencia y la injusticia sí son escandalosos, y también el hecho de no poder decir lo que uno quiera. En cambio, lo que sí me molesta es que la vida de una persona se dedique sólo a comprar y seguir la moda, es desagradable porque el ser humano no se reduce a su ángulo consumista. Hay que favorecer las aspiraciones creativas de la gente, hacerle ver que la creación aporta bienestar. Y no hablo sólo de quienes hacen grandes obras, sino de cualquiera. En ese sentido, la sociedad individualista favorece la expresión personal y sus productos la hacen posible: hoy están al alcance de todos cámaras, sintetizadores, guitarras, hasta la autoedición. Eso es muy positivo.
El próximo domingo habrá elecciones intermedias en México. Eso significa que desde hace semanas en el Distrito Federal (y también en varios estados) cada poste de luz, barda, puente peatonal, espacio radiofónico, programa televisivo y, por supuesto, toda muela y cavidad dental está pintada con los colores de algún partido político y la sonrisa desangelada de candidatos a jefes delegacionales, diputados y gobernadores. A pesar del afeamiento intencional de mi ciudad, por supuesto que voy a votar. Aunque sienta una profunda desesperanza hacia los políticos no se me ocurriría dejar de hacerlo, sin embargo, este cartón del maestro mexicano Rius resume en buena medida lo que me da por pensar: ¿qué espero de estas elecciones? Que se acaben.
La Ciudad de México, igual que muchas grandes capitales del mundo, vive copada por el exceso de autos en sus calles. Muchos lectores de la comunidad de este blog viven aquí, igual que yo, mientras otros del interior de la República Mexicana, de España, Argentina, Colombia, Estados Unidos y otros países también suelen enfrentarse a los congestionamientos de forma cotidiana (mi amigo Andrés Grillo me recuerda que en colombiano se llaman «trancones»). De modo que, con un dejo de humor negro, esta Playlist Colectiva tiene por tema: «La canción con la que me aligero el tráfico», es decir, la que me acompaña en ese reducto de intimidad y cuasi-hogar que a veces es el automóvil. Mi opción es Será, del español Rafa Pons (la pongo varias veces seguidas):
Y aquí las opciones de los miembros de esta comunidad, a quienes les agradezco que participen en este iniciativa. Para la siguiente semana propongo el siguiente tema: Mi canción preferida de los años 80 (así de vago y así de acotado).
«You don’t make a photograph just with a camera. You bring to the act of photography all the pictures you have seen, the books you have read, the music you have heard, the people you have loved».
-Ansel Adams
Por casualidad me encontré en Internet esta historia, de una fotógrafa espontánea de Nueva York. Se llama Flo Fox. Nació ciega de un ojo, cerca de los 30 años comenzó a ver borroso con el otro y pronto fue diagnosticada con esclerosis múltiple, enfermedad que la tiene en silla de ruedas. Además, padece cáncer de pulmón. Lo increíble es que cuando tenía 26 años se compró una cámara fotográfica y hoy, 40 años después, sigue trayéndola consigo a diario, para captar lo que encuentra a su paso en la ciudad. Desde 1999 sufre parálisis de las extremidades, pero su ojo sigue viendo encuadres y escenas, de modo que da instrucciones a quien la cuida para que tome las fotos. Su trabajo forma parte de la colección permanente del Museo Smithsonian, entre otros, y ha sido expuesto en varios países.
Sus imágenes me encantan por poderosas, por exactas y cargadas de humor, porque hay una historia detrás del lente. Es puro Storytelling. Si esto no es pasión por vivir, no sé qué es.
Los judíos que fueron expulsados de España en 1492 formaron nuevas comunidades en Italia, el sur de Francia, Portugal, Marruecos, entre otros países. Llamados sefardíes, en su exilio llevaron consigo (y conservaron casi intactos) los inicios del idioma español. Esa «nueva vieja» lengua se llamó, también, sefardí.
Plagada de sonidos en «u», es dulcísima y parece frágil pero lleva dentro un savia poderosa, que la ha hecho perdurar hasta hoy. Y, claro, si una lengua está viva, los poetas que la hablan la usarán para expresarse. En este #MiércolesDePoesía viene de visita Clarisse Nicoïdski (1938-1996), nacida en Lyon, Francia, pero quien fue una reconocida poeta en lengua sefardí que incluso influyó en el argentino Juan Gelman.
La editorial mexicana Sexto Piso acaba de publicar su obra poética reunida por primera vez en su totalidad, bajo el título El color del tiempo. Poemas completos. Es una edición bilingüe sefardí-español (traducción de Ernesto Kavi), con lo que uno puede deleitarse con la sonoridad de ese idioma congelado en el tiempo. Aquí va la traducción de un poema que me gusta por delicado, casi transparente y, abajo, el original sefardí.