Cartagena de Indias, Colombia. Saboreo el tiempo que pasa aquí, sin prisa ni desgaste, que se desliza como la luz sobre el agua. Ayer un cartagenero jugaba diciendo que ellos trabajan «los miércoles»: de jueves a domingo están de rumba, los lunes sufren los estragos de la fiesta y los martes se preparan para ganar el pan al día siguiente. Más allá de la broma me fascina su concepción relajada de la vida. Aquí no habita el estrés, los días pasan sonrientes como su clima y la luna que se queda en mi pelo se deleita en el baile perpetuo de este pueblo costeño.
Esa morosidad lo vuelve el sitio perfecto para el amor, porque las caricias son incompatibles con la prisa. Suave, trémula, mi alma lo confirma: la entregué en besos sin cuento, que humedecieron el aire.


























