Un escritor, solo y deprimido, se da un disparo en el paladar. Se llama Sándor Márai. Es el 21 de febrero de 1989. Avecindado en California, dicen que estaba muy dolido por la muerte de su esposa y su hijo adoptivo. Además, 40 años antes había emigrado a EUA desde Hungría, tras la llegada del régimen comunista. En represalia, su obra fue prohibida en su país y su nombre cayó en el olvido, lo que nunca superó. Claro, no era profeta: no sabía que a pocos meses de su muerte caería el Muro de Berlín. Tampoco imaginaba que 25 años después nadie recuerda el nombre de quien prohibió su obra, pero él sigue aquí, con pasajes de doble fondo como éste:
«Hace falta mucho valor para dejarse amar sin reservas. Un valor que es casi heroísmo. La mayoría de la gente no puede dar ni recibir amor porque es cobarde y orgullosa, porque tiene miedo al fracaso. Le da vergüenza entregarse a otra persona y más aún rendirse a ella porque teme que descubra su secreto… el triste secreto de cada ser humano: que necesita mucha ternura, que no puede vivir sin amor». –La mujer justa (Salamandra)































