Platiqué con el escritor argentino en su paso por México para presentar su nuevo libro, El hambre (Editorial Planeta), una mezcla de crónica y análisis sobre la situación actual de más de 800 millones de personas desnutridas o malnutridas. Aquí lo que dijo.
“Vaya, qué bien, muy bien”. Sonríe con el bigote, mientras alza la mano para chocar la mía. No entiendo a qué viene el entusiasmo. Acabamos de terminar la entrevista y antes de despedirnos lancé la última pregunta, para no quedarme con la duda. La solapa de su libro dice: “Tradujo a Voltaire, a Shakespeare y a Quevedo”. Entonces dije: «¿A Quevedo? ¿A qué lengua?»
(Fue entonces que se puso feliz). “Hace cinco años puse eso en las solapas de mis libros pensando que alguien tendría curiosidad, pero eres la primera que lo pregunta. En los años 80 traduje al francés una parte de los
Sueños de Quevedo, para una película argentina. Fue un trabajo duro pero me gustó mucho”.El tema nos da excusa para despedirnos más ligeros, luego de escarbar en casos de gente que a diario ve el rostro de la miseria y un día cierra los ojos para siempre.“Ninguna enfermedad, ninguna guerra ha matado más gente. Ninguna plaga es tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable como el hambre. Yo no sabía”, dice en el libro publicado por Planeta. Lleno de información, sobre todo me sacuden las historias cotidianas que Caparrós captó en nueve países y que permiten palpar la pobreza auténtica. Le propongo plantearle preguntas a partir de esas historias. Acepta.
En Níger, una madre cuyo hijo está hospitalizado lleva meses manteniéndolo un poco por debajo del peso mínimo para que le sigan dando suplementos alimentarios para él, más algo de comida para la familia. ¿Cómo haces para seguir viviendo conociendo casos así? No tengo una respuesta, más bien tengo respuestitas que no terminan de satisfacerme. Supongo que la más fácil es decirme que por lo menos trabajé en el libro, intento hacer algo, pero no termino de creérmela…
En Sudán del Sur conversas con una madre cuya hija está en riesgo de muerte. Le preguntas si piensa que va a sobrevivir: “Si no vuelve a quedar desnutrida, creo que sí. Pero si vuelve a quedar desnutrida no sé”. Insistes: ¿qué puedes hacer para que no se desnutra? Con calma dice: “Nada.” ¿Qué te pasa con historias como ésta? No pensaba encontrar esa pobreza de horizontes. Aun así, lo que le pasa a ella no es tan distinto de lo que nos pasa a la mayoría, que no conseguimos imaginar sociedades donde ocurren esas cosas. Estamos tan limitados en nuestra realidad como ella en la suya, aunque se supone que tenemos más armas y posibilidades para imaginar. Otro chico se enojó al preguntarle qué disfrutaba más comer: “A mí no me gusta comer esto o lo otro; a mí lo que me gusta es comer”. Yo prefiero por mucho esa furia al “nada, nada”, que se cabreara fue un gusto, me resultó menos duro que aquella resignación absoluta.
En Bangladesh, una mujer te confiesa: “Cuando no como no puedo encontrar paz. Es como si tuviera cien mil mosquitos zumbándome en la oreja”. ¿Qué metáfora define mejor el hambre? Más que metáfora pienso en una imagen, la de esa madre que cuando no tiene qué darles de comer a sus hijos, a escondidas pone una piedra en el caldero y les dice que está cocinando algo pero va a tardar, que se duerman un poco. Eso me impresiona muchísimo, pensar la vida como un engaño sin futuro.
Luis, de Médicos Sin Fronteras y con varios años de trabajo humanitario en India, se sincera contigo: “Estoy aquí porque no puedo no hacerlo. Si quieres ponerlo así, al fin y al cabo resulta que lo hago por puro egoísmo, para no sentirme mal”. ¿La culpa es un tema de fondo en todo esto? Todos tenemos culpa de las cosas, pero hay algunos que tienen más que el resto y la reparten, para disolverla. Es decir, yo tengo la culpa por no matarte y hacer que desaparezca tu fondo de inversión que eleva la comida hasta que millones no pueden pagarla, pero tú organizas el fondo de inversión. Por otro lado, aunque quisiera pensar que con el libro cambiará algo, es un libro, nada más. Con todo, creo que es mejor hacerlo que no hacerlo, porque si se sumaran miles de gestos chicos podrían dar un salto cualitativo. Al final, escribí el libro porque no pude no hacerlo.
En India, una joven te habla de su bebita, muerta por falta de alimento, y señala: “Iba a ser mi hija por mucho tiempo y de pronto no estaba más”. ¿Qué sentiste como papá? Me impresionó mucho, porque prejuiciosamente no esperas que esas situaciones te hablen de ti. Se supone que estás preparado para oír cosas muy emocionales sobre personas que crees distintas, pero te das cuenta de que esa idea es una tontería: yo suscribiría totalmente lo que ella dijo. Entonces ocurre ese cortocircuito en el que uno ya no está de un lado o del otro, estamos todos hablando de lo mismo.
Una abuela en Níger, cuyo nieto acaba de morir, apunta: “Dios me mandó este destino, así que seguro lo merezco”. ¿Cómo recibes eso? Me sorprendió que el hambre y los dioses estén tan ligados. Entrevisté a cientos de personas y no encontré prácticamente a nadie que no mencionara a Dios para justificar lo que ocurría. Yo pensaba que los creyentes que sufren tendrían algún rencor contra Dios, pero no. La religión es tan fuerte que les enseña a dirigir su rencor contra sí mismos: en algo fallaron para que Él, siempre justo, les haga eso.
“Cuando estamos saciados nos convencemos de que es imposible que matemos, robemos, violemos, engañemos, defraudemos, nos prostituyamos. Cuando tenemos hambre podemos hacerlo”, dice el autor Pitirim Sorokin. ¿Es cierto eso tan brutal? Él plantea que no tener comida puede volver atrás el proceso supuestamente evolutivo. Nosotros somos gente codificada, actuamos bajo la premisa de códigos, pero en momentos extremos de hambre los dejamos de lado y reaccionamos de forma instintiva, “animal”. Es decir, llevamos dentro las dos posibilidades… A mí me intriga mucho ese azar decisivo según el cual uno nace aquí y ahora, en un determinado país y familia con comida segura, no allí y entonces. El azar de ser uno es algo en lo que no se piensa demasiado, pero al enfrentarte a otros “muy otros” le das vueltas.
(Originalmente publicado en la revista SoHo México).