Los 15 mejores dibujos #YoSoyCharlie

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Bernardo Erlich (Argentina)

Ilustradores de toda Iberoamérica se han pronunciado con los lápices ante el asesinato de dibujantes y trabajadores de la publicación satírica francesa Charlie Hebdo. Aquí, los 15 ejemplos más representativos que he visto del tema #YoSoyCharlie, además de un video realizado por más de 20 moneros mexicanos para condenar el brutal ataque contra la libertad de expresión (da click aquí para verlo). Y sí, que la creatividad, el humor y las ideas alcen la voz por sobre la violencia y la censura. #LunesDeMonos.

José Hernández (México)
José Hernández (México)
Ana Juan (España)
Ana Juan (España)
Beto Barreto (Colombia)
Beto Barreto (Colombia)
Francisco J. Olea (Chile)
Francisco J. Olea (Chile)
Liniers (Argentina)
Liniers (Argentina)
Helguera (México)
Helguera (México)
Bonil (Ecuador)
Bonil (Ecuador)
Alberto Montt (Chile)
Alberto Montt (Chile)
Rayma Suprani (Venezuela)
Rayma Suprani (Venezuela)
Malagón (España)
Malagón (España)
Trino (México)
Trino (México)
Enzo Pertile (Paraguay)
Enzo Pertile (Paraguay)
El Fisgón (México)
El Fisgón (México)
Vladdo (Colombia)
Vladdo (Colombia)

 

 

Los sábados (también) son de poesía

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Amanezco con la buena noticia de que el diario español ABC dedicará espacio los sábados para incluir un apartado de poesía en su sección de Cultura. Eso significa que los fines de semana habrá buena dosis de versos y como estoy convencida de que nada hace más intensos los días, no puedo menos que celebrar la iniciativa «Poetas a pie de Web».

Hoy inaugura con una entrevista al poeta, traductor e investigador Luis Alberto de Cuenca pero, todavía mejor, con dos excelentes recomendaciones: un disco de fado que musicaliza poemas de Pessoa y el sitio de Pablo Méndez, autor y editor español. Aquí va un poema suyo, sutil y terrible. Vengan muchos más sábados de poesía.

 

Niña y otoño

Las niñas bajan despacio la cuesta.
Mi hermana no pudo ir al colegio.

En un banco se besan dos adolescentes.
Mi hermana no pudo amar a nadie.

El otoño ha vuelto y ensucia las calles.
La tumba de mi hermana se llenará de polvo.

 

Odiar, la máxima debilidad

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«Hemos vivido aprendiendo siempre a odiar a alguien. El machismo, el maltrato infantil, la segregación social, el racismo, el clasismo, la violencia laboral, todas esas taras tienen su origen en una educación cuya base fundamental es el odio», escribió en 2013  en su blog el autor colombiano Mario Mendoza. Hoy retomo su texto porque me parece pertinente ante los hechos de sangre de esta semana en Francia contra Charlie Hebdo, publicación de corte satírico, pero también contra la realidad cotidiana en México, donde nos es fácil acumular odio y parecemos creer que nos hace más fuertes. Más fregones.

En su blog, Mendoza cuenta esta anécdota: «Hace poco, en Bello, Antioquia, al finalizar una grata conversación en público se levantó un señor y pidió la palabra. Fue una intervención memorable. Habló de cómo, desde niño, le enseñaron a odiar. Creció en un hogar de católicos recalcitrantes y le enseñaron a odiar a los ateos, gente sin fe y sin Dios, sospechosa de llevar vidas licenciosas y desordenadas. Luego, en sus años de adolescente, unos tipos en Cuba hicieron una revolución, y entonces le enseñaron a odiar a los comunistas, gente rara que no creía en el trabajo ni en la propiedad privada. Más tarde, le enseñaron a odiar a los negros, una raza de perezosos y sinvergüenzas que si no la hacían a la entrada la hacían a la salida. Y así, a lo largo de su vida, toda su educación había sido siempre en contra de algo o de alguien, consejos para defenderse, para contraatacar, para no dejarse, para protegerse […] Odiar va creando una personalidad narcisista que se va anclando cada vez con mayor fuerza en el yo. Lo único importante es lo que me sucede a mí. Yo soy el centro del mundo. Yo tengo la razón. Nadie se da cuenta de la verdad, excepto yo. Nadie ha sufrido como yo. Es que nadie sabe por las que me ha tocado pasar a mí. Mi vida no ha sido cualquier cosa. Todo el mundo está muy mal, menos yo, que sí me doy cuenta de todo. Yo, yo, yo». Por esa visión, claro, «el sujeto no puede expandirse, explayarse, compartir, enriquecerse con las experiencias de los otros. Es difícil que pueda darse a los demás, entregarse, disfrutar de la generosidad. Por ende, cada vez estará más atrapado, más encarcelado, y su odio se irá agigantando también. Es un círculo vicioso que se retroalimenta cada día. Odiar debilita mucho». 
 
Así es. Estamos siempre confrontándonos hombres contra mujeres, fresas contra nacos, los de la derecha contra los de la izquierda, no-fumadores contra fumadores, los de un equipo de futbol contra los del otro, fanáticos de una religión contra los de otra y contra los gays y también contra los ateos. Este punto me parece interesante. En muchos casos, los creyentes fundamentalistas acumulan más cantidad de odio por centímetro cuadrado, porque están convencidos de que su Dios es el único y, por tanto, cualquier idea en contrasentido es una blasfemia: hay que convertir al de enfrente o, de plano, eliminarlo.                                                                                                                                 
Las palabras con las que cierra Mendoza me sacuden: «Darnos cuenta de esta educación perversa ya es un paso. Quizás el siguiente sea empezar a respetar y a estimar a aquéllos que, aunque sean diferentes en su raza, sus equipos de fútbol o sus creencias religiosas, pueden llegar a ser nuestros mejores amigos, nuestros socios o nuestras parejas. Quizás allá, en donde me enseñaron que era territorio enemigo, me está esperando alguien para darme un abrazo». Me cuesta creer que ese musulmán asesino pudiera ser mi amigo, que ese católico fanático o ese judío a ultranza quisieran darme un abrazo. Sí, los menosprecio, los rechazo por odiantes, me siento superior a ellos. En el fondo, aunque no tome un arma quizá no soy tan distinta.

 

Que no te encuentro, te escojo

Arte: Martina Vera
Arte: Martina Vera

«Muchas veces me explico mejor con palabras de otros», me dijo el escritor Fabio Morábito el año pasado, en una entrevista. Sí, pasa seguido: alguien dice lo que uno no ha logrado expresar nunca, por más que lo haya intentado. Es el caso de esta canción del español Rafa Pons, aportación de mi entrañable amiga Anaví. Es un preciosidad de canto al amor en sus pasos inciertos y cargados de «serás», como esta joya: «Será que ahora que sé que ya no necesito a nadie, me completas». La letra no tiene pierde y la voz de Pons es también un placer. Yo nunca hubiera podido decirlo igual.

Da click en el enlace para oírla

 

«Será que estoy seguro que no pierdo
y cuando dudo te sonrío.
Será que tantas noches me han dejado
un rastro amargo en el colmillo.
Será que resulto ser un acierto,
que el veneno que te inyecto
se aplicará con ternura.
Será que te he encontrado
que te quiero o será solo otra locura.
Será que no me asusta estar viviendo…
Será solo un ratito, será eterno.

Será que no he dormido y que me aburro
en este Talgo que hoy me lleva.
Será que he decidido que mi alma
está buscando compañera.
Será como Dios quiera
aunque no exista.
Será siempre a mi manera
y tú serás protagonista.
Será como imagino aunque
seguro que será mejor contigo.
Será si te adivino y tú te atreves.
Será solo si es cierto lo que ofreces.
Será que estoy borracho de mí mismo
y hoy comprendo que sólo se es feliz
cuando se crece compartiendo.
Será que me da igual si me equivoco.
Será que no te encuentro, que te escojo.

Será que ahora que sé
que ya no necesito a nadie, me completas.
Será que en ese espacio que es tan mío
y que protejo, tú navegas.
Será que cuando me aprietas la mano
sospecho que este gusano
ha encontrado su manzana.
Será otro dardo más, pero quizás,
esta vez será diana».

Otra poeta suicida

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De apenas 26 años, frágil y rubia, en 1939 la poeta italiana Antonia Pozzi se quitó la vida. Nacida en Milán en 1912 y agobiada tanto por la sombra de la guerra como por la prohibición paterna de ver al hombre que amaba, se suicidó en el campo. Dejó un puñado de versos íntimos, que parecen tener alas.

Entre ellos escojo estos para el primer #MiércolesDePoesía oficial del año. El poema se titula «Pudor» y describe con delicadeza la emoción que siente quien escribe, cuando lo escrito gusta a alguien.

«Si alguna de mis palabras

te deleita

y tú me lo dices

aunque sea sólo con tus ojos

yo me abro

en una sonrisa santa

mas tiemblo

como una madre pequeña, joven

que empieza a sonrojarse

si un pasante le dice

que su hijo es bello».

-Antonia Pozzi, «Pudor»

Da click aquí para leer más poemas de Pozzi

Da click aquí  o aquí para ir a otras entradas sobre escritores suicidas

 

Poemas que saben a pan

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«La canción personal y el lenguaje… gracias a los cuales es posible aún para los que respiran partir el pan con los muertos» («Personal song and language…/ Thanks to which it’s possible for the breathing/ still to break bread with the dead»).

Encuentro estos versos en la primera página de un libro hermoso que recibí como regalo ayer: El arte de leer, del enormísimo poeta inglés W.H. Auden (Editorial Lumen). Qué concepto más poderoso: la poesía, reino de la sonoridad y el lenguaje, como posibilidad de cruzar fronteras, como espacio de comunión entre mundos, porque sólo la palabra permanece cuando el aliento se desvanece. Los poemas de Auden tienen la dosis exacta de levadura y sal, satisfacen el hambre del que lee. Son obra de un panadero poeta, que se ensucia las manos para crear una hogaza bien trabajada, perfecta para compartir con otros. Creo que de eso se trata este oficio.

Mi nueva vuelta al sol

 

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Hoy cumplo 48 años, un escala más en mi personalísimo viaje de ida y vuelta. Porque sí, al final uno regresa desnudo y solo al lugar de donde salió, con la única diferencia de que lo hace cargado de historias, de abrazos. Y por las historias y los abrazos que me han tocado en suerte, todo lo demás ha valido la pena.

Disfruto celebrar con el beso de quien más me quiere, tener el amor de mi adolescenta metido en los huesos, la constancia de mi familia y mi gente cercana, la callada compañía de mis libros, la delicia de mi yoga. Festejo, sobre todo, estar a gusto en mi piel a pesar de las dudas, tener aún palabras y besos, ganas de más, que no haya llegado el momento de  «cerrar la cuenta, pedir los abrigos y marcharnos», como decía el poeta Alejandro Aura en su Despedida.

Así que desde mi capricorniana existencia allá voy, a plantarme de cara y tratar de vivir a tope esta nueva vuelta al sol. Faltaba más.

 

Ubicarme entre Gelman y Picasso

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«Nadie puede sentarse a escribir poesía como un acto de voluntad. Yo escribo cuando la obsesión golpea a la puerta», dijo Juan Gelman. Lo leo en la introducción a un libro suyo, de vuelta en casa, metida en la cama y tomando un té de frutas, abrazada al recuerdo de los recientes días de vacaciones con quien más me quiere.

Creo lo que dice Gelman, pero sólo quien tiene su pedazo de genio puede dar tanto espacio a la creatividad. En contraste, recuerdo aquello de Picasso: «Cuando llegue la inspiración, quiero que me encuentre trabajando». Como intento de poeta, me gusta ubicarme entre ambas posturas: luchar todos los días para dar forma a mis obsesiones, no dejar de escribir, pero hacerlo con la conciencia de que no todo servirá. Sólo unas pocas líneas van a ser tocadas por el duende mientras el resto, la mayor parte, irá a dar a la basura. Como no sé cuándo vendrá de visita, más me vale no soltar la pluma. Le doy otro sorbo al té y saco el cuaderno con borrones de poemas.

De cuando las ganas me poseen (y lo que pasa)

 

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Hoy no es miércoles sino, por esta vez, #ViernesDePoesía. Y aquí va un pequeño poema mío que recién apareció en el número 5 de la revista Salto al Reverso. Gracias a Crissanta y a todo el equipo editorial por publicarlo. Un gusto siempre estar en esas páginas. Sirva como buen augurio del año.

Lo que pido para ti (y no es dinero)

 

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Desde las tierras de Zacatecas, en el centro de México y de la mano de quien más me quiere, no puedo menos que agradecer este 2014 en todas las dimensiones existentes. A nivel personal estuvo lleno de cosas positivas, abrazos y aprendizajes, incluidos los descalabros, aunque no se me olvida el gran dolor que atraviesa mi país.

Te doy muchas gracias a ti, que al pasar por este blog le das vida a diario. Gracias por creer en las palabras que de cotidiano me explican el mundo y por compartirme las tuyas. Además de enviarte un abrazo que estruje, lo mejor que se me ocurre regalarte no es dinero, salud ni amor, sino mis mejores deseos de que tengas unas 365 noches (muy) buenas. ¡Venga el 2015!

 

 

La ingenuidad de escribir lo que pienso

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Quien más me quiere y yo caminamos por las calles coloniales de la ciudad de Guanajuato, en el estado mexicano del mismo nombre. Como estamos de vacaciones en cuerpo y alma, no tenemos rumbo fijo. Nos lleva la inercia de los pasos. Al igual que muchos destinos turísticos, Guanajuato está llena de contrastes. Es una ciudad hermosa, rebosante de historia y de cultura, aunque también de autos y turistas, como nosotros mismos. En cualquier caso, se disfruta en cada piedra.

De pronto, en el parque central, vemos a dos chicos muy jóvenes con un cartel que lanza esta pregunta: «Soy emo, y que?» (sic). Los «emos» son una tribu urbana, derivada del punk, que hace pocos años surgió en México. De postura pesimista, entre los rasgos que los caracterizan están los piercings, la ropa negra y el cabello que cubre los ojos. Pues eso: «Soy emo, y que?», dicen. No sé qué respuesta esperan, así que mientras pienso les pido permiso de tomarles una foto. Algo dudosos, ni niegan ni aceptan. Lo hago. Parece darles lo mismo. Les preguntamos qué buscan comunicar con el cartel y contestan que la gente los agrede con frecuencia, que algunos incluso les dicen que ojalá se mueran, aunque aquí en el parque la única reacción que parecen despertar es indiferencia. «Queremos que nos respeten. Sólo eso». Me parece una petición justa, pero creo que más bien es uno de esos gritos de identidad que todos damos de diversas maneras para que nos identifiquen con el grupo social al que queremos pertenecer pero, sobre todo, para oírnos a nosotros mismos siendo «parte de algo mayor». La diferencia es que lo que piensan, ellos lo ponen por escrito en un gesto naïve. Quizá es la misma ingenuidad que yo misma uso al escribir lo que pienso. No somos tan distintos.

Vivir en estado de poesía

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Empieza la última semana del año y, con ella, 2014 termina de deshilacharse. Despedirlo con buena música me parece una idea inmejorable, así que invito al escenario de este blog a la portentosa María Bethania, con esta canción que me comparte mi querido Pablo, desde Argentina: «Estado de poesía». Habitar el asombro y la intensidad de las emociones, vivir con el alma a flor de piel en un permanente estado de poesía suena como lo que quiero para 2015. Salud.

PD Aunque está en portugués, se entiende bastante bien en español. Y lo que no se entiende, se imagina.

 

 

La primera clase de sexo

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Una mujer en sus treintas quiere que alguien le enseñe a coger (bueno, como es española dice «follar»), que la encamine en la teoría y la práctica de un buen brinco. Hace tanto que no se da un revolcón que ya se le olvidó cómo se hace, así que pone un anuncio en el periódico: «Chica de 30 años, ni tonta ni fea, busca un profesional que le enseñe». Le responde un hombre que le asegura ser el mejor y promete ningún tipo de involucramiento emocional y la devolución del dinero si no se convierte en una experta en la cama.

Es el cuento «La nadadora», de la española Eugenia Rico (qué cosa de apellido, lo mucho que promete) y está incluido en la antología Todo un placer. Antología de relatos eróticos femeninos, publicada por Editorial Berenice. La acabo de comprar en una librería de viejo y este cuento bien logrado es el primero que leo al azar. Como es muy improbable que vayas corriendo a la librería, lo encuentres y lo leas, aquí van un par de líneas disfrutables. Son sobre la primera «clase», que tiene lugar en el despacho del instructor: «Se puso a la práctica enérgica de algo que no sé cómo se llama pero debe tener algún nombre rico, porque es como cuando Aladino frotaba la lámpara, sólo que él frotaba incansable como esperando que yo le concediera un deseo, y cuando se cansaba su lengua, se ayudaba con unas manos suaves que no le habría supuesto yo a primera vista. Y a mí un sudor se me iba y otro se me venía. Le pregunté si no podríamos seguir al día siguiente, que a mí me parecía que como primera lección no había estado nada mal. Él ni me contestó, siguió a lo suyo […]».

Evito citar más, no quiero convertirme en spoiler de las letras eróticas, pero me quedo con la fantasía femenina, que aunque sea lugar común resulta profundamente apetecible: pagarle a alguien para que te enseñe a coger porque tú no sabes. Y repaso la primera instrucción del maestro: que tú misma recorras con el dedo la distancia entre la oreja y el tobillo, pasando por todos los recovecos posibles. Suena como una gran idea para estos días de frío.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).

Oír cómo me escucha ese silencio

 

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Estoy leyendo Ánima, la nueva novela del autor libanés-canadiense Wajdi Mouawad (publicada por Ediciones Destino). Es lo primero suyo que leo, pero recientemente vi en teatro su obra Incendios y el texto me pareció hermoso, así que cuando me enteré de que estrenaba novela la puse en la lista de prioridades.

Es tremenda, desgarradora pero con pasajes sublimes, como éste, puesto en boca de un mono: «Los humanos están solos. A pesar de la lluvia, a pesar de los animales, y de los ríos y de los árboles y del cielo, a pesar del fuego. Los humanos se quedan en el umbral. Han recibido el don de la verticalidad y, sin embargo, se pasan la vida encorvados por un peso invisible. Algo los aplasta. Llueve: y se ponen a correr. Esperan la llegada de los dioses, pero no ven los ojos de las bestias que los miran. No oyen cómo los escucha nuestro silencio».

Me quedo rumiando esas líneas: ojalá pudiera oír cómo me escucha el silencio de los animales. Y el de quienes me rodean. Seguramente no sería halagador, pero aprendería un montón.

 

Gracias a Peter Pan y a Santa Claus

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Creo que lo he dicho antes. No importa, me sale de los entresijos decirlo de nuevo: hace años encontré una frase que se me volvió lema desde entonces, como palabras donde recargar el alma, en su doble acepción de «volver a cargar» y de «apoyar». Decía algo como: «No puedo hacer mi vida más larga, pero sin duda puedo hacerla más ancha».

Por desgracia ignoro quién lo dijo pero sí, me gusta asumir mi paso por acá como una constante dedicación a vivir a tope, tratando de esquivar los miedos que paralizan, amando de brazos abiertos y dejándome amar ídem. Aprovecho para agradecer mi tremenda Fortuna por lo que hace mi vida deliciosamente ancha, porque quien más me quiere me hace sentir reina del universo, mi adolescenta me regala abrazos que saben a infinito y mi familia es la tribu que mejor me acomoda, porque sigo buscando palabras para agradecer el amor de mis amigos-hermanos, porque tú que pasas por este blog te llevas algo y me dejas mucho a cambio, porque los libros siguen siendo el puntal luminoso que sostiene mi casa. Gracias a los hados y a Santa Claus y a Peter Pan y a todos los dioses y al azar. Gracias. Muchas.

Ver el mundo desde una tirolesa

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Ese punto que viene volando soy yo. Bueno, no exactamente vuelo: voy suspendida de un arnés, a no sé qué bendita velocidad, en una línea de 150 metros de largo y a unos 40 metros de altura según el guía del Hotel Rodavento, en Valle de Bravo, México. Este deporte extremo se llama tirolesa y no es la primera vez que nos vemos las caras. Debo tener un gen masoquistoide, porque aunque me dan miedo tanto las alturas como la velocidad, aquí estoy de nuevo: trepada en estricta solidaridad con la adolescenta, que ama estas cosas extremas (extremísimas). Y aunque voy sufriendo, como atestigua la foto de abajo, me gusta la complicidad que establezco con ella a partir de estos ridículos. Claro, ella se muere de risa de su mamá, mientras la mamá también se muere de risa de sí misma, sanísimo deporte. Y hay un plus: visto desde aquí, el mundo es una auténtica belleza.

Seguro llegará un día en el que no me atreveré más. Mientras tanto, por ver la cara de mi adolescenta e incluso en Navidad vengan todas las tirolesas del planeta. Aunque me muera de susto.

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Cocker: una voz que hace el día

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Antes de morir, el año da el último coletazo y se lleva dos voces que realmente valían la pena, cada una en lo suyo: el poeta mexicano de origen español Gerardo Deniz y el cantante inglés Joe Cocker. En otro momento haré un mínimo homenaje a Deniz. Por ahora abro las puertas de la mañana tarareando esta canción simplísima pero sentida, que Cocker hizo famosa con su voz de claroscuros, como el día: «You Are So Beautiful».

El poderoso batir de un aleteo

Fotos: JSE
Fotos: JSE

Son millones pero minúsculas. Las mariposas Monarca, lígerísimas hojas menores que mi mano, vuelan al rayo del sol o cuando el viento las agita. Me impresiona oír su aleteo multiplicado, sutil y vigoroso, magnífico. La emoción sube por los pies y se me agua en los ojos de verlas ahí, haciendo que las ramas cuelguen pesadas o estallando de naranja el cielo, ajenas a todo pero más dueñas del mundo que nadie.

Nuestro guía indígena, don Ignacio, nos pide que hablemos en voz baja, para no asustarlas. Aunque no lo hubiera dicho, lo único que quiero es callarme y escuchar, mientras se me antoja borrar de un plumazo a la pareja que se ríe fuerte y no entiende nada. Don Ignacio nos explica en un español abollado que «las maripositas» vuelan más de cuatro mil kilómetros desde Canadá y norte de EUA, huyendo del invierno, para refugiarse en estos bosques mexicanos. Y, según dice, regresan al santuario del que partieron sus antecesoras, el de Angangueo, en Michoacán, o éste de Piedra Herrada, en Valle de Bravo, entre otros. Aquí se aparean, los machos mueren y las hembras vuelan de regreso, preñadas, para allá parir y volver a iniciar el ciclo de viaje que nadie se explica.

Recuerdo aquella parte de la Teoría del caos según la cual el aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un Tsunami al otro lado del mundo. Pienso que si eso fuera verdad, este poderoso aleteo de millones podría acabar con el planeta y volverlo a crear. Y seguro el resultado sería hermoso, suave pero vibrante. Quizá por eso intimida.

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En qué idioma agradezco esto

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La adolescenta y yo estamos en nuestro tradicional viaje anual cachete-con-cachete. Y cómo sabe de rico. La sanísima tradición que instauramos hace unos siete años tiene pocas reglas, pero inamovibles:

1. en este viaje, uno al año, no admitimos invitados. Ni amigas, ni familia, ni pareja pueden sumarse: es nuestro espacio de mamá e hija y somos celosas de él;

2. entre las dos decidimos el lugar al que iremos;

3. el único objetivo de base es disfrutarnos.

Este año los dados cayeron en Valle de Bravo, hermoso pueblo cercano a la Ciudad de México, desde donde iremos a visitar el santuario de la mariposa Monarca. Todo está fantástico: el hotel en el que nos hospedamos es bellísimo, con cascada y río incluidos, y la comida ha resultado deliciosa, pero lo que de veras quisiera saber es en qué idioma agradezco el privilegio de estar aquí, con mi hermosa adolescenta, que contra todo pronóstico sigue poniéndose feliz de salir de viaje con su mamá.

 

Mis mejores libros 2014

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Entre los demasiados libros de los que hablaba Gabriel Zaid, todo lector desaforado (como yo) escoge unos y deja fuera otros, muchísimos. Como uno sólo puede hablar de los pocos que leyó, hoy propongo mencionar los títulos que me marcaron en este 2014. Hay novela, cuento, ensayo, poesía. Figuran autores hispanoamericanos pero también de otras latitudes, como Polonia y Reino Unido. Algunos son novedades y otros tienen años de haber sido publicados. El único criterio de selección fue que los leí este año y que, en cada caso, tuve que interrumpir varias veces la lectura para paladear un pasaje lleno de verde y gorjeos.

Más que dar mi opinión sobre ellos preferí mencionar brevemente qué me gustó y luego dejarlos hablar, o sea, citar un fragmento luminoso, en el que se cuele entre letras la luz fresca de cada uno. Como dice el genial Liniers sobre los libros que ama: más que acompañarme, estos «ya se esconden adentro de mí».

  1. Alan Pauls, La historia del pornógrafo (Anagrama). Novela intimista con varias capas, hondas y llenas de ecos. «¿Con qué cara me enfrentaré a ti? Me miro al espejo y lo que allí veo es un fantasma; no, peor que eso: la sombra de un fantasma que fue un hombre, un hombre al que tú amaste casi sin conocerlo».
  2. Fabio Morábito, El idioma materno (Sexto Piso). Colección de pequeños ensayos sobre la lectura y la vocación de escribir, en los que cada palabra se saborea. «El subrayador se vuelve un segundo autor del libro, extrae de éste el libro que él hubiera querido escribir, entra en controversia con el libro que lee, al que somete a una implacable cacería de frases subrayables».
  3. Idea Vilariño, Poesía completa (Cal y Canto). La escritora uruguaya ofrece versos de amor y desamor como quien regala una combustión que quema los dedos, pero se disfruta. «Buscamos/ cada noche/ con esfuerzo/ entre tierras pesadas y asfixiantes/ ese liviano pájaro de luz/ que arde y se nos escapa/ en un gemido».
  4. Jerzy Andrzejewski, Las puertas del paraíso (Conaculta). Deslumbrante novela-reto polaca sobre la Cruzada de los niños fue traducida al español por Sergio Pitol. De veras vale la pena. «La satisfacción de los sentidos no sacia el deseo, de un deseo saciado surgen cien nuevos aún más imperiosos, los actos nacidos de los deseos más puros agonizan en la infamia, tal vez no existen los deseos puros, la necesidad de violencia y de crueldad trastorna la naturaleza del hombre».
  5. Eduardo Galeano, Bocas del tiempo(Siglo XXI). Compendia la hondura de Galeano en relatos y pequeñas cápsulas, como pildoritas que ayudan a andar. «[…] el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como buscando a alguien. Otros médicos, que se ocupan de los ya vividos, dicen que los viejos, al fin de sus días, mueren queriendo alzar los brazos. Y así es la cosa, por muchas vueltas que le demos al asunto, y por muchas palabras que le pongamos, así es la cosa. A eso, así de simple, se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje”.
  6. Rodrigo Fresán, Trabajos manuales(Planeta Biblioteca del Sur). La pluma precisa del escritor argentino propone cuentos lúcidos, con cara y cuerpo de ensayos. “El final de un libro es como un suspiro. Por eso Forma suspira cada vez que termina un libro. Llegar a la última página produce una suerte de triste felicidad. Felicidad por saberlo todo sobre una historia y por sentirse capaz de creer en personajes con una intensidad con la que nunca se creerá en las personas. Tristeza porque la historia no sigue. Entonces sólo queda volver a empezar”.
  7. Valeria Luiselli, La historia de mis dientes(Sexto Piso). Esta novela singular se avienta al vacío y se pone de pie como si nada, con todos los huesos intactos. Trata sobre un cantador de subastas. «Se sentía tan disminuido que intentó suicidarse colgándose de una rama de aquel árbol pequeñísimo. Fracasó por poco».
  8. Julian Barnes, Niveles de vida (Anagrama). Tres relatos aparentemente inconexos, el tercero de los cuales cohesiona el libro y sacude: es la expresión acendrada del dolor de perder al ser amado. «En un acto social al que mi mujer y yo solíamos asistir juntos, un conocido se me acercó y dijo simplemente: ‘Aquí falta alguien’. Me pareció correcto, en ambos sentidos».
  9. Evelio Rosero, Los ejércitos (Tusquets). Novela demoledora sobre la violencia, colombianamente mexicana. “Nosotros aquí seguiremos esperando a que esto cambie, y si no cambia ya veremos, o nos vamos o nos morimos, así lo quiso Dios, que sea lo que Dios quiera, lo que se le antoje a Dios, lo que se le dé la gana”.
  10. Carlos Velázquez, La marrana negra de la literatura rosa(Sexto Piso). Cuentos marcados a fuego por una de las mejores plumas del escenario mexicano actual. “Una cerdita jamás olvida al macho que la desvirgó. Sin embargo, me pedía hombres, perdón, cerdos. Me exigía cerdos. Montones de cerdos. Era insaciable. No podía parar. Mientras otras acumulaban abrigos, zapatos, vajillas, Leonorcita recorría kilómetros y kilómetros de miembro de marrano”.
  11. (o, lo que es lo mismo, 10 + 1) Juan Gelman, Pesar todo. Antología (FCE). Cascada de poemasque hacen cada día más ancho y mucho más pleno. “Habítame, penétrame./ Sea tusangre una como mi sangre./ Tu boca entre a mi boca./ Tu corazón agrandeel mío hasta estallar./ Desgárrame./ Caigas entera en mis entrañas./Anden tus manos en mis manos./ Tus pies caminen en mis pies, tus pies./Árdeme, árdeme […]”.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).

 

Mi libro de poesía erótica, ya en Amazon

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Tengo felices noticias para los lectores de este blog: luego de un largo proceso en el que me aferré a distribuir el ejemplar físico y no electrónico, mi libro de poesía Rabia de vida- Rabia debida, publicado por Editorial Resistencia, está disponible tanto en Amazon.com (para distribución en EUA, Centro y Sudamérica) como en Amazon.es (para venta en Europa). Lo encuentran por el título o por autor: Julia Santibáñez. En México estará en librerías a partir de enero. Con preciosas ilustraciones de Alejandro Pérez, me llena de orgullo materno, qué les digo.

Varios de ustedes habían expresado interés en tenerlo, en especial en México, Colombia, Argentina, EUA, España e Israel, de modo que ya está ahí, para que cada quien tenga una opción cercana a su país. El precio es bajo (9 dólares o 7.50 euros) y, además, el costo de envío puede ser gratis, en compras mayores a 35 dólares y 19 euros. En fin, he tratado de hacerlo lo más sencillo posible.

Aquí va uno de los poemas de Rabia de vida. Gracias infinitas, lector de palabrasaflordepiel, por tu complicidad en este proyecto necio que me emociona tanto y en el que me juego las entrañas.

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Quiero hacer contigo todo lo que la poesía aún no ha escrito

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Es #MiércolesDePoesía y el día se anuncia mejor que otros, con el sol más grande. Aquí va, para redondear, un poema de Elvira Sastre, fantástica autora española a quien conocí en el blog de Eduardo J. Castroviejo y se me ha convertido en necesaria. Sus palabras besan. Y de qué manera. Hoy las dedico a quien más me quiere, en este día que hace tres años inauguró la mejor historia.

Da click en el enlace para ver a la propia (y muy joven y hermosa) Elvira leyendo el poema:

«[…] Beso
uno a uno
todos los segundos que te quedas en mi cama
para tener al reloj de nuestra parte;
hacemos de las despedidas
media vuelta al mundo
para que aunque tardemos
queramos volver;
entras y sales siendo cualquiera
pero por dentro eres la única;
te gusta mi libertad
y a mí me gusta sentirme libre a tu lado;
me gusta tu verdad
y a ti te gusta volverte cierta a mi lado.

Tienes el pelo más bonito del mundo
para colgarme de él hasta el invierno que viene;
gastas unos ojos que hablan mejor que tu boca
y una boca que me mira mejor que tus ojos;
guardas un despertar que alumbra las paredes
antes que la propia luz del sol;
posees una risa capaz de rescatar al país
y la mirada de los que saben soñar con los ojos abiertos.

Y de repente pasa,
sin esperarlo ya ha pasado.
No te has ido y ya te echo de menos,
te acabo de besar
y mi saliva se multiplica queriendo más,
cruzas la puerta
y ya me relamo los dedos para guardarte,
paseo por Madrid
y te quiero conmigo en cada esquina.

Si la palabra es acción
entonces ven a contarme el amor,
que quiero hacer contigo
todo lo que la poesía aún no ha escrito».

-Elvira Sastre

 

Para entender, poner palabras


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«Dad palabra al dolor: el dolor que no habla, gime en el corazón hasta que lo rompe» o, en buen inglés: “Give sorrow words; the grief that does not speak knits up the o-er wrought heart and bids it break”, dice el personaje de Malcolm en Macbeth (Acto IV, escena iii). Y sí: por algo Shakespeare es Shakespeare. Qué forma de resumir en dos líneas la necesidad de poner palabras a lo que se siente, sea amor o dolor, para evitar que estalle por dentro.

 

Ojalá así fuera mi insomnio

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Ilustración: Dora Holzhandler

 

Cuando uno tiene problemas de insomnio, lo mejor que puede hacer es dedicar las horas blancas a los libros. Anoche mi sueño y yo estuvimos descoordinados, así que entre otras cosas leí este poema del español Antonio Gala, sobre un amante que se queda dormido en brazos de quien lo besa. Ahora, ya despierta para arrancar el día, me sigue pareciendo un insomnio hermoso.

«Mientras yo te besaba

te dormiste en mis brazos.

No lo olvidaré nunca.

Asomaban tus dientes

entre los labios:

fríos, distantes, otros.

Ya te habías ido.

Debajo de mi cuerpo seguía el tuyo,

y tu boca debajo de mi boca.

Pero tú navegabas

por mares silenciosos en los que yo no estaba.

Inmóvil y en silencio

nadabas alejándote

acaso para siempre.

Te abandoné en la orilla de tus sueños.

Con mi carne aún caliente

volví a mi sitio:

también yo mío ya, distante, otro.

Recuperé el disfraz sobre la arena.

«Adiós», te dije,

y entré en mi propio sueño,

mi propio sueño,

en el que tú no habitas».

-Antonio Gala

Mafalda, entrada en años

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Dibujo: http://www.dosisdiarias.com

La encantadora Mafalda que concibió Quino pedía detener el mundo para poder bajarse. Ahora, el ilustrador chileno Alberto Montt (quien recién presentó el volumen dos de su serie En dosis diarias, publicado por Sexto Piso), propone una variante: la de la Mafalda madura y ligeramente amargada, que pide que sean otros los que se bajen.

No es por hacerle mala sangre al sábado, pero me identifico con su petición. Perdonen: sé que es época de amor al prójimo, villancicos y demás publicidad que tintinea, pero además de que la fecha no me inspira, algunos simplemente no se lo merecen.

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