Llega el fin de semana y, con él, las ganas de relajarse, soltar el cuerpo. Esta canción del español Toni Zenet (sólo sé su nombre, no aparece información en Internet) es perfecta para ese propósito. Celebra los besos que hacen salir el sol. Salud.
Los dos se encontraron en el mismo cuento,/
los dos se encontraron justo en el momento,/
fue un beso de esos que bajan la guardia,/
fue un beso de esos de darse las gracias,/
un beso de esos, de esos que valen/
por toda la química de la farmacia.//
Los dos intuyeron, sus ojos cerrados,/
sus bocas pegadas, cercaron su aliento,/
fue un beso de esos que cumplen un sueño,/
un beso de esos que son el primero.
Ayer quise retomar la sanísima costumbre de los #MiércolesDePoesía, pero me fue imposible. Tuve que hablar del libro de Martín Caparros, El hambre, porque su crudeza no me dejó opción,de modo que por esta vez celebraré el #JuevesDePoesía. Para ello invito a la poeta cubana Carilda Oliver Labra, nacida en 1924 y que con este poema resume la exquisita confusión del deseo.
Me desordeno, amor, me desordeno/
cuando voy en tu boca, demorada;/
y casi sin por qué, casi por nada,/
te toco con la punta de mi seno.//
Te toco con la punta de mi seno/
y con mi soledad desamparada;/
y acaso sin estar enamorada;/
me desordeno, amor, me desordeno.//
Y mi suerte de fruta respetada/
arde en tu mano lúbrica y turbada/
como una mal promesa de veneno;//
y aunque quiero besarte arrodillada,/
cuando voy en tu boca, demorada,/
me desordeno, amor, me desordeno.
Con la lucidez que da el dolor, una madre india narra así la muerte de Jaya, su pequeña que no cumplía dos años: «Era mi hija, iba a ser mi hija por mucho tiempo y de pronto no estaba más». Lo cuenta Martín Caparrós en ese terrible dolor que es su libro El hambre (Planeta), terrible pero necesario para asomarnos a la punzante realidad diaria de 800 millones de niños y adultos: irse a dormir sin apenas haber probado alimento en el día. Ni el día anterior. Ni el anterior. Y así por toda la vida.
La mujer, de nombre Sadadi, habla con el escritor en la clínica móvil de un pueblo remoto de India, adonde ahora trajo a su otra hija, Amida, muy flaca y que empezó «a lloriquear como sin ganas». Dice que a Jaya le pasó lo mismo, «que un día empezó a adelgazar, pero que ella no se preocupó. Que habían pasado unos días difíciles, en que casi no conseguían comida, y todos en la familia estaban igual, pensó Sadadi. Solo que Jaya lloriqueaba bajito, se movía cada vez menos, se apagaba; aquella noche, Sadadi se pasó horas acunándola, humedeciéndole los labios, calmándola. La nena se murió cuando empezaba a amanecer».
Cuando uno tiene hijos, se imagina que van a ser suyos por mucho tiempo, por siempre. Nunca le pasa por la cabeza que un día ya no estén. Y menos por no tener algo para darles de comer. Pregunta Caparrós y me pregunto: «¿Cómo carajo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?»
1967. Jardines de la UNESCO, París. La joven fotógrafa Sara Facio dispara su cámara sobre Cortázar. Entre las imágenes que capta se incluye ésta, de la que el escritor señala: «Quiero que sea mi foto oficial. Me gustaría que esa foto algún día estuviera en la tapa de un libro mío». Su deseo se cumple tiempo después.
«¿No tengo algo de Humphrey Bogart?». Es el siguiente año, otra vez París. Las calles están llovidas y el autor lleva la gabardina anudada en la cintura. Facio de nuevo saca su cámara, pero antes de la primera toma él se levanta el cuello del impermeable y deja que el cigarro le cuelgue de la boca, como muerto. Sí, tanto como la del año previo, la pose tiene sello bogartiano. Más que bogartiano habría que decir sello blaineano, de Rick Blaine, el personaje que el actor interpretó en Casablanca, cinta de 1943 considerada entre las mejores de la historia del cine y que volvió icónica su imagen. Poner a Cortázar junto a Bogart/Blaine vuelve inequívoca la referencia. Los pone a dialogar.
19671968
Me da por pensar que quizá sí, que tal vez compartieron pedacitos de alma además del cigarro, la gabardina y la época (el norteamericano nació en 1899; el argentino, en 1914). A partir de la pregunta «¿No tengo algo de Humphrey Bogart?» me entretengo buscando coincidencias entre ambos. Resulta este pequeño ejercicio paralelo en homenaje.
Hedonistas
Tanto Rick como Julio viven envueltos en una nube de tabaco. El dueño del bar más famoso de Casablanca fuma en la mayor parte de la cinta, mientras existen infinidad de fotos del escritor argentino aspirando un cigarro, un habano o una pipa. Además, los cigarros Gauloises perfuman su literatura, como el capítulo 93 de Rayuela, donde los personajes encienden uno nuevo con la colilla («el pucho») del anterior.
Como complemento feliz del tabaco, Blaine y Cortázar son profanos amantes del alcohol, alejados de todo puritanismo. Me recuerdan aquello de Oscar Wilde: «Un cigarrillo es el tipo perfecto de placer perfecto. Resulta exquisito y te deja siempre insatisfecho. ¿Qué más se puede pedir?”. Creo que Blaine y Cortázar responderían a coro: «Nada más. O sí. Una copa».
Jazzeros
«As Time Goes By» es, por supuesto, EL tema musical de Casablanca, el que da cadencia a la historia de los protagonistas, Rick e Ilsa: fija su último día juntos en París, los vuelve a acercar en Marruecos y sella su romance imposible cuando un avión los separa para siempre. El mismo «As Time Goes By» que suena en el bar de Blaine es un tema original de 1931 y que «nadie en el mundo puede tocar igual que Sam», según afirma Ilsa. Ese clásico del jazz americano es uno de los soundtracks más poderosos del cine universal y, evidentemente, la melodía más entrañable para Rick.
Por su parte, la pasión vibrante de Cortázar por la música lo llevó a confesar temerariamente a su editor, Paco Porrúa: «A medida que perfecciono mi técnica de la trompeta, más me gusta la música y menos la literatura» (citado en Cortázar de la A a la Z, Alfaguara). De chico aprendió piano y, más tarde, trompeta, instrumento que disfrutó hasta su muerte. Era además un gran melómano y en especial amaba el jazz, ritmo que incorporó en su obra: no sólo Rayuela está empapada de improvisaciones y alusiones jazzísticas, sino que El perseguidor se teje en torno a la figura del eterno Charlie Parker.
Lúdicos
En Casablanca, Rick Blaine se esconde entre palabras no tanto para comunicar y sí para jugar con su interlocutor, como en este diálogo con el capitán Renault (traducciones mías):
Renault: —¿Qué carambas te trajo a Casablanca?
Blaine: —Mi salud. Vine a Casablanca por las aguas.
Renault: —¿Aguas? ¿Qué aguas? Estamos en el desierto.
Blaine: —Estaba mal informado.
O cuando una deseante Yvonne le pregunta: «¿Dónde estabas anoche?» y él responde: «Hace tanto, que no me acuerdo». «¿Te veré esta noche?». «Nunca hago planes con tanta anticipación». Malabarista consumado de palabras, Rick juega todo el tiempo.
De Cortázar es conocida su actitud lúdica, la del «niño para tantas cosas» que privilegió el juego en el título y la estructura de su Rayuela, que evitó ser un escritor grave y a cambio estiró el lenguaje como chicle divertido. En La vuelta al día en ochenta mundos asegura con palabras de Man Ray: «Si pudiéramos desterrar la palabra serio de nuestro vocabulario, muchas cosas se arreglarían» y más adelante se apasiona: «Creen que la seriedad tiene que ser solemne o no ser; como si Cervantes hubiera sido solemne, carajo».
Existen más puntos de contacto entre Rick Blaine y Julio Cortázar. Por ejemplo, el primero es un personaje de ficción pero más verosímil que muchos que respiran, mientras el segundo es personaje de la vida real aunque empapada de ficción y fantasía. Además, cada uno en su trinchera combatió el totalitarismo: Rick, el fascismo en Etiopía y en la Guerra Civil Española, el nazismo, durante la Segunda Guerra Mundial; Cortázar, la dictadura argentina, además de apoyar tanto la Revolución cubana como la Revolución sandinista, utopías creíbles en su momento.
Ahora mismo me los imagino en el Rick’s Café Américain de Casablanca, ambos de gabardina con el cuello alzado, el cigarro entre los labios, tomando una copa y hablando de jazz. Quizá alguno de los dos hubiera dicho: «Este puede ser el inicio de una gran amistad».
Los pasatiempos de un autor que respeto me generan una enorme curiosidad, porque más allá de ser una forma de «entretenimiento», resultan claves cifradas a lo que distingue su pluma. El narrador Truman Capote, muerto hace exactamente 30 años el día de hoy, dijo en entrevista a The Paris Review (1957) que lo que prefería hacer en su tiempo libre era: conversar, leer, viajar y escribir, en ese orden.
No me sorprende que fuera obsesivo, que en sus propias palabras creía leer «demasiado» y tenía una pasión especial por los periódicos (afirmaba devorar cada día «todos» los diarios de Nueva York, más las ediciones dominicales y algunas revistas), además de «unos cinco libros a la semana». No sé si lo de los cinco libros sea literal, me quedo con el mensaje de fondo: leer sin tregua.
Él, como tantos otros autores, leía mucho más de lo que escribía. Es una ecuación que intento no olvidar si quiero lograr algo digno con mi escritura.
¿Y si las noticias que publicaron los periódicos el día en que yo nací fueran una profecía de mi vida? ¿Sería posible que revelaran aspectos de mi destino? Arthur Koestler, escritor de origen húngaro, se lo preguntó. Hizo el ejercicio de cotejo y lo encontró certero, con lo que planteó su idea del Horóscopo Secular. «Tal vez el astrólogo de la Edad Media, con su sombrero negro y su manto dorado de seda, leía el futuro mucho mejor que los políticos y psiquiatras de hoy», dijo. Me dispara la imaginación saber qué revelan sobre mi futuro los diarios que guarda la hemeroteca.
Aquella hipótesis es recuperada en este hermoso video de minuto y medio. Lo ilustró el muy notable diseñador mexicano Manuel Monroy y la idea es del escritor José Gordon, como parte de la Serie Imaginantes. Mi sugerente regalo de domingo.
Con este cartón que las mujeres entendemos bien, la humorista argentina Maitena Burundarena da en el clavo. Creo que si viviéramos más desde y para nosotras mismas, no tan pendientes del espejo, empezaríamos a resolver de fondo estas contradicciones (y resultaríamos más atractivas para ellos). #Monos.
«Si tu madre te pide que hagas algo, no está bien decirle que no. Es mejor y más conveniente darle a entender que harás lo que te ordena y, después, proceder con discreción según los dictados de tu sabio criterio» (sustituye a tu madre por tu jefe).
Por muchos años, los libros para niños incluían aburridísimos consejos sobre cómo ser buenos y dóciles, obedientes, respetuosos con los mayores sólo porque lo son. Así fueron educadas generaciones de mansos y bienpensantes. En cambio, Consejos para niñas pequeñas es un breve volumen políticamente incorrecto que dice lo que todos quieren (queremos) oír: acata los caprichos de tus padres mientras no te harten demasiado, finge que obedeces para tranquilizar a tu mamá y luego haz lo que se te antoje, se vale ponerle mala cara a tu maestra si la ocasión lo amerita. Qué joya.
Divertido e inteligente, fue publicado en 1867 por Mark Twain, autor de Las aventuras de Tom Sawyer. No me imagino cómo habrá sido recibido en un contexto de gente decente, pero se antoja hacerlo lectura obligatoria en las escuelas para ir en contra sentido de la buena educación que estandariza e impide pensar (y contra la cual Twain recomendaba «desaprender»). Es más, sus consejos harían mucho bien en oficinas y empresas donde suele enseñarse la mansedumbre, el servilismo. Además esta nueva edición de Sexto Piso, ilustrada por el artista Vladimir Radunsky, es preciosa. A lo mejor se convierte en tu libro de cabecera.
La Divina Sabiduría, Haghia Sofia (en griego), Sancta Sophia (en latín), Aya Sofya (en turco): estoy parada frente a la majestuosa catedral convertida en mezquita, que resume siglo y medio de historia. Mis décadas de querer conocerla terminan hoy.
Fue sitio de fe desde el año 360, pero la catedral actual fue terminada por Justiniano en 537, en la entonces capital del Imperio Romano de Oriente: por casi un milenio habría de ser la mayor iglesia de la cristiandad. Luego, cuando en 1453 el sultán Mehmet conquistó Constantinopla y la rebautizó como Estambul, Santa Sofía fue transformada en mezquita imperial. Los mosaicos de Cristo, la Virgen y los ángeles fueron cubiertos con cal, se añadieron minaretes y se construyó el Mihrab, nicho que indica la dirección a La Meca.
Pasaron casi 500 años antes de que en 1935 Atatürk, fundador de la República de Turquía, decidiera convertirla en museo. Hasta hoy continúan los trabajos de recuperación de los mosaicos cristianos (andamios cubren un muro), mientras se conservan los símbolos musulmanes. Ello hace posible ver lado a lado una imagen de la Virgen y medallones que anuncian los nombres de Alá, ángeles cristianos junto a versos del Corán, todo abrazado por la luz que entra por los altos ventanales. Ese sincretismo resulta esperanzador, así sea artificial. Además, la belleza tanto del arte bizantino como del musulmán hacen que la emoción no quepa en el cuerpo. Es un privilegio este lugar, cargado de energía desde hace siglos, en el centro de una ciudad imantada por todos los dioses.
Con esta entrada me despido de Turquía, de un viaje que me llevó a los rincones de mí misma de la mano de quien más me quiere, que se grabó en mi mente y dejó algo de mí en suelo turco. Teşekkür. Gracias.
Foto: Julia Santibáñez
El emperador Constantino ofrece la ciudad de Constantinopla a la Virgen y al Niño, mientras el emperador Justiniano les entrega Santa Sofía. Foto: Julia SantibáñezFoto: Julia SantibáñezFoto: Julia Santibáñez
Así esperan lectores El Aleph, Vivir para contarla y Ensayo sobre la ceguera. Foto: Julia Santibáñez
Entro a una librería en la zona de Beyoglu, centro de Estambul. Busco literatura turca en inglés, pero apenas hay unos títulos para turistas. No encuentro ninguna biografía de Atatürk, nada sobre la «Revolución del alfabeto» que impulsó ese visionario. También quisiera algo de poesía y alguna novela. Nada.
El librero me oye decir algo en español y pregunta de dónde soy. Al responder «México» casi grita: «¡Rulfo! ¡Uan Prekiado!». En su pobre inglés pregunta cómo se pronuncia el nombre del protagonista de Pedro Páramo y con cierta pena corrijo: «Juan Preciado». Cuenta que es su novela favorita, que la ha leído varias veces y se las ingenia para comunicar su hipótesis de que Comala influyó en el Macondo de Cien años de soledad, porque se publicó más de 10 años antes. Macondo y Comala se me aparecen a la mitad de Turquía.
Dice llamarse Mahsum y lamenta no tener en ese momento en la librería Hür Basımevi,la edición en turco de Pedro Páramo, pero me presume a Latinoamérica en su tienda: Cien años de soledad y Vivir para contarla de García Márquez, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes y El Aleph de Borges, más un libro sobre Frida Kahlo. Es un gran lector, lástima que nos comunicamos con dificultad. Le pido me recomiende autores turcos que deba buscar, además de Orhan Pamuk. Me escribe una larga lista con nombres que desconozco, entre ellos Latife Tekin, Ece Ayhan y Nazim Hikmet. Al fin me despido de él como de un amigo con quien tengo amistades en común. Cómo no.
Muero por saber qué tanto le platican Aureliano Buendía y Juan Preciado cuando están solos.
Aquí sentada, viendo a los derviches danzantes, se me mueve la fe como no me imaginé jamás. El suyo es un ritual de la rama sufí, es decir, la corriente mística, filosófica y poética del Islam, en la que los creyentes se acercan a Dios a partir de un baile de vueltas interminables que los lleva a una suerte de éxtasis. Mientras gira al ritmo de la música, cada danzante eleva su mano derecha al cielo para recibir las bendiciones divinas, mientras la izquierda se dirige a la tierra, para compartir las dádivas. Dicho así suena sencillo, pero tiene mucho fondo.
El principio sobre el que se basa esta ceremonia, llamada Mevlevi Sema e inspirada en el poeta Rumí, es que la esencia misma de la vida es girar: los electrones dan vueltas en el átomo, las flores rotan para buscar el sol, el ser humano nace de la tierra y vuelve a ella en un movimiento circular, la sangre hace un periplo en el cuerpo, la Tierra se mueve alrededor del Sol. Es decir, la naturaleza es un círculo perfecto de lo micro a lo macro. Desde hace 800 años, los derviches giróvagos participan de este significado cósmico y representan la ascensión espiritual del alma a través del amor.
En este Dios sí podría creer, éste que alienta el baile y el amor en un ritual de música y poesía. Claro que sí.
Capadocia, Turquía. 4:30 am. Un camioncito nos recoge en el hotel para llevarnos a un viaje en globo, experiencia que no debemos perdernos según todos los indicios. Tengo sueño y las alturas me dan miedo, pero estoy emocionada. Será mi primera experiencia y me tranquiliza la mano de quien más me quiere.
Por fin llegamos al valle de donde despegaremos. Unos chicos habilidosos llenan el globo de aire caliente. Los 15 turistas que somos nos subimos a la canastilla y allá vamos: empezamos a elevarnos suave, muy poco a poco. El piloto alimenta a cada rato el globo con más aire caliente y lo dirige con una facilidad total. Primero siento un poco de miedo, luego el paisaje me absorbe. La belleza de la escena es como de cuento: mientras amanece, al menos un centenar de globos flotan ligeros sobre montañas irreales. Difícil describir un espectáculo tan fantástico.
En algún punto recuerdo lo que Borges dijo cuando viajó en globo: «He pronunciado la palabra felicidad; creo que es la más adecuada». No tengo duda.
Foto: Julia SantibáñezFoto: Julia SantibáñezFoto: Julia SantibáñezFoto: Julia Santibáñez
Vuelo de una hora hacia el este de Estambul para aterrizar en el aeropuerto de Nevşehir. Luego, media hora en taxi para llegar a Göreme (pronúnciese «Guréme», con «u» breve como a la francesa), donde nos hospedaremos en un hotel entre las cuevas de roca típicas de esta región turca: Capadocia, en Anatolia central. Aquí han dejado su huella innumerables civilizaciones: asirios, hititas, mongoles, persas, sirios, kurdos, armenios, eslavos, griegos, romanos y turcos.
Aventamos las maletas para salir a caminar, con un calor de 35 grados. El pueblo no tiene mayor atractivo, lo interesante está en la tierra de geografía inesperada, seca y de formaciones rocosas alucinantes. Por cualquier parte asoman montañas de piedra volcánica que semejan una tela muy arrugada, cuevas naturales en la roca, valles de piedras que uno juraría enormes falos erectos y que los lugareños llaman, con humor, The Valley of Love. Caminando llegamos a Görkündere, valle igualmente hermoso donde nos recibe un hombre de piel seca pero sonrisa inmensa, que nos trata de seducir a comprarle té mientras repite «organic, organic, organic». Nos sentamos en su modestísima tienda. Se llama Fazli, nos comunicamos con camaradería y buena fe. Mientras tomamos té amargo y dátiles, el hombre que es todo sonrisas nos regala una piedra que dice ser ónix y un frasquito que parece de azafrán. Su edad me intriga, así que en una hoja escribimos nuestros nombres junto al número que corresponde a nuestra edad. Luego escribimos «Fazli» y lo señalamos a él. Entiende el juego y escribe «68». El sol agobiante ha cobrado cuota en su piel. Le compramos varias cosas y nos despedimos con abrazos y un beso en cada mejilla. Qué personaje más querible.
Tras una hora caminando y casi deshidratados llegamos al Museo al Aire Libre de Göreme, donde se estableció un monasterio bizantino primitivo. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, desde el siglo IV fue refugio de cristianos perseguidos, que en el siglo XI aprovecharon el descubrimiento de que esta piedra es muy suave cuando se moja: así cavaron una miniciudad subterránea con iglesias, dormitorios, comedor y cementerio. Los frescos se conservan relativamente bien y son espectaculares en la llamada Iglesia Oscura. No es posible tomar fotos de ellos, pero traigo los ojos llenos de sus imágenes y comparto una tomada de fotoaleph.com, para dar una idea.
Regresamos al hotel en taxi, fundidos por el calor. Cenamos en una terraza con vista al pueblo y una botella de vino capadocio nos arropa para dormir en éste, un universo paralelo.
Foto: Julia SantibáñezFoto: Julia SantibáñezCon el entrañable Fazli. Foto: Oziel FontechaInterior de la Iglesia Oscura. Foto: fotoaleph.comFoto: Julia Santibáñez
Leo en Orhan Pamuk, Estambul. Ciudad y recuerdos (DeBolsillo), que a lo largo del siglo XX los periódicos locales solían publicar cartas de la ciudad. Se trataba de consejos, llamadas de atención y comentarios sobre temas urbanos. Como ejemplo va éste, de 1929: «El que los vendedores de garbanzos tostados y turrón acepten de los niños trozos de plomo en lugar de dinero no sólo incita a los niños al hurto, sino que además está dando lugar a que se roben trozos de todas las fuentes de Estambul, a que se arranquen grifos, a que desaparezcan poco a poco las láminas de plomo que recubren las cúpulas de mausoleos y mezquitas».
Me imagino que los grifos a los que se refiere son los de las bellísimas llaves públicas donde, como en todo país musulmán, los creyentes realizan la necesaria ablución o Wudu: se lavan boca, cara, brazos y pies antes de los cinco rezos del día. Se trata de un ritual complejo, que empieza diciendo «Bismilláh» (en el nombre de Alá), sigue con la limpieza del cuerpo mientras se recitan versos coránicos y termina con este rezo: «Atestiguo que no hay Dios más que Allah, único e inasociable. Y atestiguo que Muhammad es su profeta, siervo y mensajero. ¡Oh Dios! Cuéntame entre los arrepentidos y los purificados».
Estas llaves de agua que hay en cada esquina y a la entrada de las mezquitas obligan a fotografiarlas. Son bellas, muchas veces decoradas con la tradicional cerámica azul de la región de Iznik y siempre recubiertas de caligrafía que imagino versos del Corán. Me fascina la multiplicidad de sentidos que puede tener un grifo: para los niños, manera de obtener turrón gratis; para el fiel, intermediario indispensable para acercarse a Dios; para mí, visión estética que me permite asomarme a otro mundo.
Es muy poco lo que puedo captar del idioma turco, apenas las palabras cuya escritura es similar al español: dijital, veteriner, fabrika, interneti, gargara, lavabo. Luego descubro que incluye muchos términos del francés, aunque escritos como suenan: por ejemplo, el toilette francés aquí es tuvalet, coiffure se convierte en kuäför, chic enŞik y champagne enŞampanya (la Ş se pronuncia sh). Me parece simpática la adaptación de voces relativas a temas glamorosos. Como siempre, la admiración de un pueblo por otro se plasma en su lengua: durante años, los turcos aspiraron asemejarse a la cultura francesa, de manera que tomaron sus términos «elegantes» y los hicieron propios.
El turco es una lengua uraloaltaica, lo que la emparenta con el finés, el húngaro y el lapón. Durante el Imperio Otomano se escribió con alfabeto árabe, pero con la fundación de la República de Turquía por Mustafá Kemal (Atatürk), en 1928 vino la llamada Revolución del alfabeto, que adaptó la lengua a los caracteres romanos. No he encontrado un diccionario, así que la barrera del lenguaje no sólo me imposibilita la comprensión de los letreros de una tienda, un periódico, el menú de la comida y hasta los destinos del tren, sino también me impide el placer de conversar con los taxistas, cantera de sabiduría local. Son poquísimos los choferes que hablan inglés pero hoy estoy de suerte: Fatih, nuestro conductor, se expresa con decoro, así que lo bombardeo con preguntas. Quiero saber las horas de los rezos de hoy, cómo comen ellos la especie de chile (ají) que adorna muchos platillos, desde qué edad las mujeres usan burka, cómo se pronuncia la letra ç. Y aquí me desarma con una respuesta: «No se complique, el turco se pronuncia tal como se escribe, sin más». Vaya, haberlo sabido antes…
Cuando por fin compro un diccionario descubro que eso no resuelve el conflicto: ni así entiendo esto escrito en un monumento. Claro, al ser una lengua aglutinante, el turco puede concentrar en una sola palabra prefijos, infijos y sufijos, lo vuelve casi imposible encontrar en el diccionario una palabra según su orden alfabético.
Me impresiona su imagen, tan sombra. La había visto en Londres, pero más bien como excepción. Aquí en Estambul parece la norma con su manto negrísimo que cubre cabello, cabeza y cuerpo, incluido el rostro. Apenas queda una línea libre para los ojos y a veces ni eso: los cubre una especie de malla. Los sentidos, por tanto, se ven sofocados. Oye y huele entre los algodones del velo, el cuerpo está apagado para el aire, el sol o la caricia espontánea, para comer levanta la burka con una mano e introduce el bocado con la otra. Me pregunto qué vida lleva en su uniforme oscuro, cómo es su manera de estar en el mundo.
La misma no-visibilidad se replica en el ámbito religioso. En las mezquitas que visité, al frente cerca del Mihrab (nicho que indica la dirección de La Meca, hacia donde se reza y que en alguna medida correspondería al altar cristiano) está la zona de oración de los hombres. Luego viene un pasillo ancho para el tránsito y los turistas. Al fondo, tras una celosía de madera, el breve espacio para ella. En las calles se la ve siempre con otras mujeres y a veces hombres, nunca sola. Debe estarle prohibido. Además leo en un periódico la declaración reciente del Viceprimer ministro, Bülent Arinç: la mujer no debe reírse en público ni ser «invitadora» en sus actitudes, sino cuidar «la castidad».
No lo entiendo y me esfuerzo por no leerla con lentes occidentales. Quizá lo que para mí es discriminación en su mundo sea superioridad, hecho incuestionable o hasta fuente de poder callado. Puede ser.
En la tarde holgazana camino las calles adoquinadas del centro de Estambul. A lo lejos se adivina el Bósforo, ese río que parece mar y que de un lado tiene a Europa y del otro, a Asia. Cómo no considerarlo ombligo del mundo. A mi lado, letreros incomprensibles refuerzan la sensación de extranjería, que en el fondo me gusta. La lengua turca es por completo ajena a las que conozco, escrita con símbolos distintos y llena de diéresis, a veces varios como en «Müdürlügü» (que significa «dirección»).
Frente a un puesto de tés a granel, quien más me quiere y yo nos detenemos a tomar una taza de té de frutas. Es una delicia total. Mientras, recuerdo que según Orhan Pamuk en Estambul. Ciudad y recuerdos (DeBolsillo), las calles de la ciudad «[respiran] opresión, pobreza y amargura», fruto del dolor por la caída del imperio otomano, en 1918. No puedo decir que perciba amargura, pero sí melancolía. Todo remite a esa época de esplendor, en especial los principales sitios turísticos, desde Santa Sofía pasando por la Mezquita Azul y el Palacio de Topkapi, ecos de capital imperial. A ratos parece que el cuello se tuerce de tanto mirar ese ayer desmesurado. Sin embargo, este té de melancolía acompañado de dulces típicos me asienta en el hoy de esta ciudad dual.
Aquí estoy, de regreso de los confines de la geografía turca, esa tierra cargada de historia, al mismo tiempo europea y asiática, portento de seducción sensorial.
Cuesta explicar lo que me pasa por dentro, lo sensible que traigo la piel después de lo vivido junto a quien más me quiere. Vengo olorosa a especias, a cúrcuma y azafrán, con el regusto del espeso yogurt turco, tratando de no olvidar ese dulcísimo té de manzana y la delicia de su baklava, dulce de nuez y pistache. Tengo los ojos desbordados por esa tierra de cuento, por su cielo «increíblemente delicado» según dijo el preciso Gautier, por las ruidosas calles estambulitas que dan al Bósforo, llenas de vendedores ambulantes de jugo de granada y mujeres vestidas de negro y cubierto el rostro por la violenta burka. Vengo seducida por la imposible Santa Sofía, fusión de iglesia bizantina y mezquita musulmana, resumen visual de esa Constantinopla-Estambul que presume haber sido eje de tres imperios, pero también regreso alucinada por las piedras lunares de Capadocia, por las terrazas de roca blanca de Pamukkale, por las impresionantes ruinas de Éfeso. Aún oigo la voz del muezzin llamando a la oración por los altavoces de cada mezquita, la sonoridad de esa lengua en algo cercana al árabe pero rota por estallidos de «ks» y «ch». Mis dedos guardan la sensación de los muchos kilims, la perfección de la cerámica de Iznik, la aspereza de las murallas derruidas de Bizancio. Y, como el mejor marco de cada instante, el abrazo de quien más me quiere, su mano en mi hombro, la caricia en mi mejilla. No puedo pensar en un privilegio mayor, porque no existe.
Gracias, amigos, por esperarme. Iré desgranando instantáneas de esto para lo que no encuentro nombre.
Fabio Morábito es autor de cuatro libros de poesía, tres de cuento, dos de prosa, uno de ensayo y dos novelas. Doce en total. Con ese bagaje, algo sabe sobre el oficio de escribir. Su pluma, rica en matices, ha creado un grupo fiel de seguidores en México y el extranjero (yo, entre ellos). Esta vez conversamos sobre su nuevo título, El idioma materno, publicado por Sexto Piso, compilación de textos breves sobre libros y el vicio de tomar la pluma. Estos cinco extractos son continuación de la plática que inició aquí.
1.Empezar imitando. Si alguien quiere escribir de forma más o menos seria sólo necesita papel y lápiz. Ésa es una ventaja, a diferencia de quien busca pintar o hacer cine. Además, claro, debe tener una mínima costumbre de lector, no concibo autores que no lean. Uno siempre empieza imitando las plumas que lo impresionan.
2.Transgresión. Hoy se abusa de esa palabra para definir el supuesto aporte de un artista: si transgrede, vale; si no, es un pobre idiota. El concepto se ha banalizado. Creo en apostar por la normalidad: si lo eres de verdad, ahí está tu transgresión. Paz decía que no hay autores más importantes que otros. Claro, Shakespeare es mejor que Vargas Llosa, pero Vargas Llosa subraya aspectos de la vida que nadie más ha destacado. Las plumas extraordinarias rozan muchas fibras, pero el resto toca alguna que los demás ignoran. Esa particularidad es la que te hace escritor. Y te vuelve imprescindible.
3. El lector. No creo en esos autores que dicen escribir sólo para sí o para dialogar con la posteridad. Quien se sienta a hacer un texto siempre está preguntándose para quién lo hace, aunque cuando lo tiene demasiado claro puede resultar dañino. Funciona mejor cuando el lector es una especie de entelequia brumosa.
4. Ignorar gozosamente. Desconozco algunos aspectos de mi historia familiar donde sospecho turbiedades, pero sin una cierta ignorancia feliz, uno no escribiría. En El idioma materno hay un texto que me gusta en especial, porque fue un descubrimiento. Se llama “Carril de acotamiento” y plantea que si quieres escribir no puedes ir por el centro de la carretera, tienes que deslizarte al borde. Es decir, el autor que busca expresarse genuinamente se equivoca: al tomar la pluma uno se pone una máscara y asume que los textos no lo reflejan, acepta ese personaje creado. Y si uno quiere conocerse, vale más dedicarse a otra cosa. El escritor es el ser que menos se conoce, con tantas palabras es imposible encontrarse el alma.
5. Palabras y chistes. Todo el tiempo usamos las de otros y eso es lo padre del lenguaje, nadie tiene propiedad privada sobre él. Los chistes, por ejemplo, ¿quién los inventa? No vienen con crédito y, sin embargo, a alguien se le ocurrió cada uno. Son como cuentos o incluso poemas, similares en la emoción que producen, en esa vuelta de tuerca que muchas veces descansa en un juego de lenguaje.
Así piensa este autor que escribe de madrugada y se concibe al mismo tiempo como un centinela y un ladrón. El idioma materno ya se consigue en todas las librerías.
(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).
De camino a Estambul, quien más me quiere y yo pasamos por Nueva York, ciudad a la que me unen muchos afectos. En el día escaso que tenemos entre conexión de vuelos logramos ir al necesario Museo Metropolitano, el MET. Vemos una exposición hermosa sobre caligrafía china y otra sobre el diseñador de moda Charles James, donde encuentro esta frase que aplica perfectamente a la escritura: «There are not many original shapes or silhouettes— only a million variations» («No hay muchas formas o siluetas originales, sólo un millón de variantes»).
Así es: todo ya se escribió, lo plasmaron las mejores plumas, pero quedan las miles de opciones de decirlo de otra manera. Ahí radica la posibilidad de quienes escribimos.
Me voy de viaje. De hecho, ya estoy volando con destino a Turquía, esa tierra cargada de historia que «tiene una belleza tan insólita que parece irreal», según Théophile Gautier. Es un viaje largamente esperado, a un suelo codiciado desde el fondo del alma y al lado de quien más me quiere.
Si puedo subir alguna entrada a este blog lo haré, pero veo difícil poder postear regularmente, de modo que declaro inaugurada una quincena de vacaciones en este espacio. Voilá.
Estamos en su sala. Nos acompaña una planta enorme, que estira el cuello para atrapar el sol. Conversamos sobre El idioma materno, publicado por Sexto Piso: comprende textos breves sobre la lectura, la escritura, el lenguaje. Siendo adicta a las tres actividades, lo disfruté como enana (dicen que son voraces). Mientras Fabio habla con las manos lo siento relajado. No se apura a contestar mis preguntas y a veces me formula alguna, pero retoma el hilo, conversador delicioso. Aquí, cinco momentos de la plática que también disfruté como enana.
1.Autodefinición. Cada vez es más común encontrar gente que se presenta como «poeta», pero ésa no es una profesión. Uno sólo hace poemas. Aunque cuando digo «soy escritor» ya me parece exagerado, no he encontrado otra palabra, una que englobe lo que hago. Quizá podría ser una frase, algo como «operador verbal».
2. Escritor y traidor. La oralidad es colectiva pero la escritura es solitaria, pone una barrera. Los niños no entienden por qué no deben interrumpir a quien está reclinado sobre un papel. Y luego están esos signos que parecen sustituir la vida, que de hecho la sustituyen. Por eso, la vergüenza del escritor descansa en que traiciona, sacrifica la comunicación. Además, su trabajo tiene prestigio, como si fuera una especie de sacerdote que sabe cosas ocultas. Este oficio también se vive con culpa por cargar esa mentira.
3.Hábitos de lectura. En general señalo lo que me llama la atención en un libro, una frase que yo tenía a medias pero que ese autor cuajó como había que hacerlo. Es como apropiarme sus palabras, porque el subrayador se vuelve un segundo autor del texto. En El idioma maternonarro que, estando en una biblioteca, tomé un libro mío para verificar un dato. Estaba todo rayado, pero no estuve de acuerdo con quien lo hizo. Pensé: ¿por qué destacó eso sin importancia y dejó de lado esto otro, que funciona bien? Éste es un tema sobre el que todo el mundo tiene una opinión, porque todos subrayamos. O queremos ser subrayados.
4. Imaginación. La literatura y la masturbación tienen un punto en común: ambas implican fantasear. Han sufrido épocas de gran condena pero su peligro no radica en el desahogo orgásmico ni en la obra literaria, sino en el hecho de que abren la puerta a la imaginación. Y, según algunos, quien la practica puede enloquecer cualquier día.
5. Libro deseado. En general, cuando leo un libro que me apasiona pienso «pude haberlo escrito yo», siento como si alguien se me hubiera adelantado. Por ejemplo: De ratas y hombres, de John Steinbeck, me ha marcado mucho y me gusta decirme que si él no lo hubiera creado, tarde o temprano lo hubiera hecho yo, aunque por supuesto sé que no es verdad.
Me piden que redacte un texto sobre mí, sobre lo que hago. Esto es lo que mandé: «Lectora obsesiva, me gusta opinar de lo que leo y también de otros viajes que me pierden de cotidiano, como el sexo y el amor. De día soy editora de revistas, pareja de quien más me quiere y mamá de una adolescenta que me desborda los ojos, pero cuando cae la noche borroneo poemas. Escribo lo mejor que puedo. Y puedo poco (pero igual lo disfruto)».
Ayer platiqué con Fabio Morábito, poeta, narrador y traductor a quien admiro desde hace años. De hecho, en Caja de herramientas, primer libro suyo que leí, escribí la fecha: «1996».
En la sala de su casa, amable desde las entrañas y con una sonrisa que sabe auténtica, me ofreció el regalo de una charla afable sobre libros y el vicio de escribir. En la plática mencionó un poemita del mexicano Carlos Pellicer, cuya luz no puedo dejar de compartir en este #MiércolesDePoesía:
El buque ha chocado con la luna./
Nuestros equipajes, de pronto se iluminaron./
Todos hablábamos en verso/
y nos referíamos los hechos más ocultados./
Pero la luna se fue a pique/
a pesar de nuestros esfuerzos.//
«En mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche», escribió Pablo Neruda en Confieso que he vivido.
Lo cita Ricardo Miranda en una conmovedora crónica en la revista SoHo de este mes. En ella habla de Rodrigo Parra, chileno de Isla Negra, hogar de Neruda por años. En «Historia de un capitán y su barco en tierra», el autor narra cómo este expublicista convirtió su casa en un navío, lo llamó La Nave Imaginaria y consiguió que la Armada chilena le diera certificado de navegabilidad y permiso de zarpe… aunque esté en tierra. Es decir, este niño de 43 años se niega a dejar de lado los juegos de piratas y construye un buque para habitar su aventura. Su envidiable Nave Imaginaria es algo así como un poema de madera, que a Neruda le hubiera hecho sentido.
Hoy mi casa me parece menos juguetona que nunca.
Actualización 23 de julio de 2014: El propio Rodrigo Parra, protagonista de esta historia, pasó por este espacio y dejó un comentario que puedes ver abajo y que agradezco en el alma. Da click aquí para ir al sitio web de la Nave Imaginaria. Salve, capitán.