Estoy leyendo Ánima, la nueva novela del autor libanés-canadiense Wajdi Mouawad (publicada por Ediciones Destino). Es lo primero suyo que leo, pero recientemente vi en teatro su obra Incendios y el texto me pareció hermoso, así que cuando me enteré de que estrenaba novela la puse en la lista de prioridades.
Es tremenda, desgarradora pero con pasajes sublimes, como éste, puesto en boca de un mono: «Los humanos están solos. A pesar de la lluvia, a pesar de los animales, y de los ríos y de los árboles y del cielo, a pesar del fuego. Los humanos se quedan en el umbral. Han recibido el don de la verticalidad y, sin embargo, se pasan la vida encorvados por un peso invisible. Algo los aplasta. Llueve: y se ponen a correr. Esperan la llegada de los dioses, pero no ven los ojos de las bestias que los miran. No oyen cómo los escucha nuestro silencio».
Me quedo rumiando esas líneas: ojalá pudiera oír cómo me escucha el silencio de los animales. Y el de quienes me rodean. Seguramente no sería halagador, pero aprendería un montón.
Creo que lo he dicho antes. No importa, me sale de los entresijos decirlo de nuevo: hace años encontré una frase que se me volvió lema desde entonces, como palabras donde recargar el alma, en su doble acepción de «volver a cargar» y de «apoyar». Decía algo como: «No puedo hacer mi vida más larga, pero sin duda puedo hacerla más ancha».
Por desgracia ignoro quién lo dijo pero sí, me gusta asumir mi paso por acá como una constante dedicación a vivir a tope, tratando de esquivar los miedos que paralizan, amando de brazos abiertos y dejándome amar ídem. Aprovecho para agradecer mi tremenda Fortuna por lo que hace mi vida deliciosamente ancha, porque quien más me quiere me hace sentir reina del universo, mi adolescenta me regala abrazos que saben a infinito y mi familia es la tribu que mejor me acomoda, porque sigo buscando palabras para agradecer el amor de mis amigos-hermanos, porque tú que pasas por este blog te llevas algo y me dejas mucho a cambio, porque los libros siguen siendo el puntal luminoso que sostiene mi casa. Gracias a los hados y a Santa Claus y a Peter Pan y a todos los dioses y al azar. Gracias. Muchas.
Ese punto que viene volando soy yo. Bueno, no exactamente vuelo: voy suspendida de un arnés, a no sé qué bendita velocidad, en una línea de 150 metros de largo y a unos 40 metros de altura según el guía del Hotel Rodavento, en Valle de Bravo, México. Este deporte extremo se llama tirolesa y no es la primera vez que nos vemos las caras. Debo tener un gen masoquistoide, porque aunque me dan miedo tanto las alturas como la velocidad, aquí estoy de nuevo: trepada en estricta solidaridad con la adolescenta, que ama estas cosas extremas (extremísimas). Y aunque voy sufriendo, como atestigua la foto de abajo, me gusta la complicidad que establezco con ella a partir de estos ridículos. Claro, ella se muere de risa de su mamá, mientras la mamá también se muere de risa de sí misma, sanísimo deporte. Y hay un plus: visto desde aquí, el mundo es una auténtica belleza.
Seguro llegará un día en el que no me atreveré más. Mientras tanto, por ver la cara de mi adolescenta e incluso en Navidad vengan todas las tirolesas del planeta. Aunque me muera de susto.
Antes de morir, el año da el último coletazo y se lleva dos voces que realmente valían la pena, cada una en lo suyo: el poeta mexicano de origen español Gerardo Deniz y el cantante inglés Joe Cocker. En otro momento haré un mínimo homenaje a Deniz. Por ahora abro las puertas de la mañana tarareando esta canción simplísima pero sentida, que Cocker hizo famosa con su voz de claroscuros, como el día: «You Are So Beautiful».
Son millones pero minúsculas. Las mariposas Monarca, lígerísimas hojas menores que mi mano, vuelan al rayo del sol o cuando el viento las agita. Me impresiona oír su aleteo multiplicado, sutil y vigoroso, magnífico. La emoción sube por los pies y se me agua en los ojos de verlas ahí, haciendo que las ramas cuelguen pesadas o estallando de naranja el cielo, ajenas a todo pero más dueñas del mundo que nadie.
Nuestro guía indígena, don Ignacio, nos pide que hablemos en voz baja, para no asustarlas. Aunque no lo hubiera dicho, lo único que quiero es callarme y escuchar, mientras se me antoja borrar de un plumazo a la pareja que se ríe fuerte y no entiende nada. Don Ignacio nos explica en un español abollado que «las maripositas» vuelan más de cuatro mil kilómetros desde Canadá y norte de EUA, huyendo del invierno, para refugiarse en estos bosques mexicanos. Y, según dice, regresan al santuario del que partieron sus antecesoras, el de Angangueo, en Michoacán, o éste de Piedra Herrada, en Valle de Bravo, entre otros. Aquí se aparean, los machos mueren y las hembras vuelan de regreso, preñadas, para allá parir y volver a iniciar el ciclo de viaje que nadie se explica.
Recuerdo aquella parte de la Teoría del caos según la cual el aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un Tsunami al otro lado del mundo. Pienso que si eso fuera verdad, este poderoso aleteo de millones podría acabar con el planeta y volverlo a crear. Y seguro el resultado sería hermoso, suave pero vibrante. Quizá por eso intimida.
La adolescenta y yo estamos en nuestro tradicional viaje anual cachete-con-cachete. Y cómo sabe de rico. La sanísima tradición que instauramos hace unos siete años tiene pocas reglas, pero inamovibles:
1. en este viaje, uno al año, no admitimos invitados. Ni amigas, ni familia, ni pareja pueden sumarse: es nuestro espacio de mamá e hija y somos celosas de él;
2. entre las dos decidimos el lugar al que iremos;
3. el único objetivo de base es disfrutarnos.
Este año los dados cayeron en Valle de Bravo, hermoso pueblo cercano a la Ciudad de México, desde donde iremos a visitar el santuario de la mariposa Monarca. Todo está fantástico: el hotel en el que nos hospedamos es bellísimo, con cascada y río incluidos, y la comida ha resultado deliciosa, pero lo que de veras quisiera saber es en qué idioma agradezco el privilegio de estar aquí, con mi hermosa adolescenta, que contra todo pronóstico sigue poniéndose feliz de salir de viaje con su mamá.
Entre los demasiados libros de los que hablaba Gabriel Zaid, todo lector desaforado (como yo) escoge unos y deja fuera otros, muchísimos. Como uno sólo puede hablar de los pocos que leyó, hoy propongo mencionar los títulos que me marcaron en este 2014. Hay novela, cuento, ensayo, poesía. Figuran autores hispanoamericanos pero también de otras latitudes, como Polonia y Reino Unido. Algunos son novedades y otros tienen años de haber sido publicados. El único criterio de selección fue que los leí este año y que, en cada caso, tuve que interrumpir varias veces la lectura para paladear un pasaje lleno de verde y gorjeos.
Más que dar mi opinión sobre ellos preferí mencionar brevemente qué me gustó y luego dejarlos hablar, o sea, citar un fragmento luminoso, en el que se cuele entre letras la luz fresca de cada uno. Como dice el genial Liniers sobre los libros que ama: más que acompañarme, estos «ya se esconden adentro de mí».
Alan Pauls, La historia del pornógrafo (Anagrama). Novela intimista con varias capas, hondas y llenas de ecos. «¿Con qué cara me enfrentaré a ti? Me miro al espejo y lo que allí veo es un fantasma; no, peor que eso: la sombra de un fantasma que fue un hombre, un hombre al que tú amaste casi sin conocerlo».
Fabio Morábito, El idioma materno (Sexto Piso). Colección de pequeños ensayos sobre la lectura y la vocación de escribir, en los que cada palabra se saborea. «El subrayador se vuelve un segundo autor del libro, extrae de éste el libro que él hubiera querido escribir, entra en controversia con el libro que lee, al que somete a una implacable cacería de frases subrayables».
Idea Vilariño, Poesía completa (Cal y Canto). La escritora uruguaya ofrece versos de amor y desamor como quien regala una combustión que quema los dedos, pero se disfruta. «Buscamos/ cada noche/ con esfuerzo/ entre tierras pesadas y asfixiantes/ ese liviano pájaro de luz/ que arde y se nos escapa/ en un gemido».
Jerzy Andrzejewski, Las puertas del paraíso (Conaculta). Deslumbrante novela-reto polaca sobre la Cruzada de los niños fue traducida al español por Sergio Pitol. De veras vale la pena. «La satisfacción de los sentidos no sacia el deseo, de un deseo saciado surgen cien nuevos aún más imperiosos, los actos nacidos de los deseos más puros agonizan en la infamia, tal vez no existen los deseos puros, la necesidad de violencia y de crueldad trastorna la naturaleza del hombre».
Eduardo Galeano, Bocas del tiempo(Siglo XXI). Compendia la hondura de Galeano en relatos y pequeñas cápsulas, como pildoritas que ayudan a andar. «[…] el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como buscando a alguien. Otros médicos, que se ocupan de los ya vividos, dicen que los viejos, al fin de sus días, mueren queriendo alzar los brazos. Y así es la cosa, por muchas vueltas que le demos al asunto, y por muchas palabras que le pongamos, así es la cosa. A eso, así de simple, se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje”.
Rodrigo Fresán, Trabajos manuales(Planeta Biblioteca del Sur). La pluma precisa del escritor argentino propone cuentos lúcidos, con cara y cuerpo de ensayos. “El final de un libro es como un suspiro. Por eso Forma suspira cada vez que termina un libro. Llegar a la última página produce una suerte de triste felicidad. Felicidad por saberlo todo sobre una historia y por sentirse capaz de creer en personajes con una intensidad con la que nunca se creerá en las personas. Tristeza porque la historia no sigue. Entonces sólo queda volver a empezar”.
Valeria Luiselli, La historia de mis dientes(Sexto Piso). Esta novela singular se avienta al vacío y se pone de pie como si nada, con todos los huesos intactos. Trata sobre un cantador de subastas. «Se sentía tan disminuido que intentó suicidarse colgándose de una rama de aquel árbol pequeñísimo. Fracasó por poco».
Julian Barnes, Niveles de vida (Anagrama). Tres relatos aparentemente inconexos, el tercero de los cuales cohesiona el libro y sacude: es la expresión acendrada del dolor de perder al ser amado. «En un acto social al que mi mujer y yo solíamos asistir juntos, un conocido se me acercó y dijo simplemente: ‘Aquí falta alguien’. Me pareció correcto, en ambos sentidos».
Evelio Rosero, Los ejércitos (Tusquets). Novela demoledora sobre la violencia, colombianamente mexicana. “Nosotros aquí seguiremos esperando a que esto cambie, y si no cambia ya veremos, o nos vamos o nos morimos, así lo quiso Dios, que sea lo que Dios quiera, lo que se le antoje a Dios, lo que se le dé la gana”.
Carlos Velázquez, La marrana negra de la literatura rosa(Sexto Piso). Cuentos marcados a fuego por una de las mejores plumas del escenario mexicano actual. “Una cerdita jamás olvida al macho que la desvirgó. Sin embargo, me pedía hombres, perdón, cerdos. Me exigía cerdos. Montones de cerdos. Era insaciable. No podía parar. Mientras otras acumulaban abrigos, zapatos, vajillas, Leonorcita recorría kilómetros y kilómetros de miembro de marrano”.
(o, lo que es lo mismo, 10 + 1) Juan Gelman, Pesar todo. Antología (FCE). Cascada de poemasque hacen cada día más ancho y mucho más pleno. “Habítame, penétrame./ Sea tusangre una como mi sangre./ Tu boca entre a mi boca./ Tu corazón agrandeel mío hasta estallar./ Desgárrame./ Caigas entera en mis entrañas./Anden tus manos en mis manos./ Tus pies caminen en mis pies, tus pies./Árdeme, árdeme […]”.
Tengo felices noticias para los lectores de este blog: luego de un largo proceso en el que me aferré a distribuir el ejemplar físico y no electrónico, mi libro de poesía Rabia de vida- Rabia debida, publicado por Editorial Resistencia, está disponible tanto en Amazon.com (para distribución en EUA, Centro y Sudamérica) como en Amazon.es (para venta en Europa). Lo encuentran por el título o por autor: Julia Santibáñez. En México estará en librerías a partir de enero. Con preciosas ilustraciones de Alejandro Pérez, me llena de orgullo materno, qué les digo.
Varios de ustedes habían expresado interés en tenerlo, en especial en México, Colombia, Argentina, EUA, España e Israel, de modo que ya está ahí, para que cada quien tenga una opción cercana a su país. El precio es bajo (9 dólares o 7.50 euros) y, además, el costo de envío puede ser gratis, en compras mayores a 35 dólares y 19 euros. En fin, he tratado de hacerlo lo más sencillo posible.
Aquí va uno de los poemas de Rabia de vida. Gracias infinitas, lector de palabrasaflordepiel, por tu complicidad en este proyecto necio que me emociona tanto y en el que me juego las entrañas.
Es #MiércolesDePoesía y el día se anuncia mejor que otros, con el sol más grande. Aquí va, para redondear, un poema de Elvira Sastre, fantástica autora española a quien conocí en el blog de Eduardo J. Castroviejo y se me ha convertido en necesaria. Sus palabras besan. Y de qué manera. Hoy las dedico a quien más me quiere, en este día que hace tres años inauguró la mejor historia.
Da click en el enlace para ver a la propia (y muy joven y hermosa) Elvira leyendo el poema:
«[…] Beso
uno a uno
todos los segundos que te quedas en mi cama
para tener al reloj de nuestra parte;
hacemos de las despedidas
media vuelta al mundo
para que aunque tardemos
queramos volver;
entras y sales siendo cualquiera
pero por dentro eres la única;
te gusta mi libertad
y a mí me gusta sentirme libre a tu lado;
me gusta tu verdad
y a ti te gusta volverte cierta a mi lado.
Tienes el pelo más bonito del mundo para colgarme de él hasta el invierno que viene;
gastas unos ojos que hablan mejor que tu boca
y una boca que me mira mejor que tus ojos;
guardas un despertar que alumbra las paredes
antes que la propia luz del sol;
posees una risa capaz de rescatar al país
y la mirada de los que saben soñar con los ojos abiertos.
Y de repente pasa,
sin esperarlo ya ha pasado.
No te has ido y ya te echo de menos,
te acabo de besar
y mi saliva se multiplica queriendo más,
cruzas la puerta
y ya me relamo los dedos para guardarte,
paseo por Madrid
y te quiero conmigo en cada esquina.
Si la palabra es acción
entonces ven a contarme el amor,
que quiero hacer contigo
todo lo que la poesía aún no ha escrito».
«Dad palabra al dolor: el dolor que no habla, gime en el corazón hasta que lo rompe» o, en buen inglés: “Give sorrow words; the grief that does not speak knits up the o-er wrought heart and bids it break”, dice el personaje de Malcolm en Macbeth (Acto IV, escena iii). Y sí: por algo Shakespeare es Shakespeare. Qué forma de resumir en dos líneas la necesidad de poner palabras a lo que se siente, sea amor o dolor, para evitar que estalle por dentro.
Cuando uno tiene problemas de insomnio, lo mejor que puede hacer es dedicar las horas blancas a los libros. Anoche mi sueño y yo estuvimos descoordinados, así que entre otras cosas leí este poema del español Antonio Gala, sobre un amante que se queda dormido en brazos de quien lo besa. Ahora, ya despierta para arrancar el día, me sigue pareciendo un insomnio hermoso.
La encantadora Mafalda que concibió Quino pedía detener el mundo para poder bajarse. Ahora, el ilustrador chileno Alberto Montt (quien recién presentó el volumen dos de su serie En dosis diarias, publicado por Sexto Piso), propone una variante: la de la Mafalda madura y ligeramente amargada, que pide que sean otros los que se bajen.
No es por hacerle mala sangre al sábado, pero me identifico con su petición. Perdonen: sé que es época de amor al prójimo, villancicos y demás publicidad que tintinea, pero además de que la fecha no me inspira, algunos simplemente no se lo merecen.
El fotógrafo Alvin Booth, de origen inglés y radicado en Nueva York, crea de forma artesanal estas imágenes de desnudos, dándoles acabado a mano. Me encanta su condición de humo, de sueño no terminado. Tan como el amor.
En el #MiércolesDePoesía que se viene encima no se me ocurre nada mejor que compartir un poema de Fabián Casas, autor argentino del que conseguí esta antología en la reciente Feria del Libro. Su poesía cotidiana, sin grandilocuencias pero con hondura, me tiene encantada. Este poema en específico deja un sutil sabor a metal, como el recuerdo de días felices.
«A las cosas no les importan los mortales.
Ayer encontré esa foto
que ni recordaba,
y te juro que parecíamos tranquilos
en ese simulacro del papel y de la luz».
-Fabián Casas, «Foto 1965», Tuca en Horla City y otros. Toda la poesía 1990-2010 (Emecé, Cruz del Sur).
Curtido al pie de la letra, el escritor argentino-español estuvo en México para presentar Vendaval de bolsillo, su más reciente libro de poesía(publicado por Almadía). Conversamos con él al respecto.
Le gusta el té verde y los abrigos grandes. Sé lo primero porque pide uno antes de sentarse a conversar; lo segundo, porque lo he visto varias veces con prendas enormes para su cuerpo delgado, casi adolescente. Agilísimo de mente (aunque ya no tan joven, según se queja), responde con la soltura de quien ha ensayado cada respuesta. Preciso, habla como si redactara y como si hacerlo le divirtiera cantidad.
Nacido en Buenos Aires, el adolescente Neuman se mudó a Granada con sus padres, músicos argentinos emigrados. Ahí, donde estudió literatura y empezó a escribir, vive actualmente con su esposa, también poeta. Es autor de novela (entre ellas Bariloche, publicada a sus 22 años y finalista en el Premio Herralde de Novela, y El viajero del siglo, Premio Alfaguara 2009) y cuento (el libro más reciente es El fin de la lectura, publicado por Almadía con un soberbio diseño de Alejandro Magallanes, como el Vendaval de bolsillo que presenta hoy). También ha escrito aforismo (notable el reciente título Barbarismos) y poesía.
A sus 37 años suma 24 libros publicados, lo que no es poco, y además lleva sobre las espaldas lo que en su momento dijo Roberto Bolaño de él: “[Está] tocado por la gracia. Ningún buen lector dejará de percibir en sus páginas algo que sólo es dable encontrar en la alta literatura, aquella que escriben los poetas verdaderos”. Con ese bagaje y la publicación cotidiana de miniensayos en su blog, se proyecta con uno de los más sólidos autores hispanos de hoy.
A punto de arrancar la entrevista, un gesto lo pinta de cuerpo entero. Mientras pongo sobre la mesa dos grabadoras, una de ellas con poca pila, él aprovecha: “¿Tengo que responder en estéreo? Voy a tratar de contestar distinto a cada una, es como una metáfora de mis contradicciones: la izquierda registra lo que yo digo y la derecha, lo que quise decir”. Luego se arranca a platicar. Aquí, algunos fragmentos de la conversación.
La poesía no es un lujo
Lo que vuelve heroico a un ciudadano en momentos de crisis, sea o no escritor, es que haga algo interesante con la supervivencia, que trate de convertirla en un discurso. Por ejemplo, este libro incluye el poema “Necesidad del canto”, dedicado al autor bosnio Izet Sarajlic. Un verso señala: “poeta es quien consigue pese a todo empezar de cero siempre”. Y es que él dijo una de las cosas más conmovedoras que yo he oído nunca. Mientras le mataban a sus hermanos y a su esposa en la guerra civil de los Balcanes, él sostenía que sólo quería escribir poemas de amor, es decir, quería hacer algo conmovedor con el hecho brutal de haber sobrevivido.
Ese mismo poema dice que “la palabra no es un gesto apacible de verano”. Y lo creo. Quien piensa que en momentos de emergencia social o política es frívolo hablar de poesía no entiende qué es cultura: no es un lujo ni vacaciones para la clase alta, sino un vehículo de mejor supervivencia y explicación de los fenómenos dolorosos, incluyendo los violentos. Y eso sin importar de qué hable el poema.
Mirón de ellas (y ellos)
Me fijo mucho en el cuerpo femenino, soy muy mirón. No tengo un lugar favorito, no soy vigilante de escotes ni de pies, a la oriental. Para mí, una parte del cuerpo es atractiva en relación con las otras, mientras el problema del erotismo mainstream es el descuartizamiento.
También veo mucho el cuerpo de los hombres, para mirarme a mí mismo en ellos. Me encantaría ser bisexual, sería más interesante desde el punto de vista literario, pero soy aburridamente heterosexual. Entonces, cuando miro a un hombre lo hago para tratar de aprenderme. Pienso: ¿qué verán las mujeres en él?
La demencia del escritor
Es condición del ser humano hablar solo, todos hablamos solos. Si no lo haces no puedes acceder a ningún tipo de razonamiento, la única diferencia es que el escritor trata de convertirlo en un oficio. Quien escribe no hace nada distinto en el diálogo con sus voces interiores. En realidad, cada “yo” es una multitud y todo el mundo tiene heterónimos, como Fernando Pessoa, pero no todo el mundo publica libros aprovechándose de semejante demencia.
Los centímetros cuadrados de un poema
Cuando no escribo, mis pasatiempos son el futbol, el ajedrez, el billar y caminar, estas actividades tienen que ver con una tensión entre movilidad y quietud. En eso se parecen a escribir. Al caminar, la cabeza está concentrada: nos desplazamos con el cuerpo pero nos centramos con la cabeza. El billar es un tablero fijo en el que las bolas están en movimiento, mientras el ajedrez es una batalla cruentísima de movimientos imperceptibles y el futbol es ver a 22 señores corriendo mientras tomo una cerveza. Por su parte la poesía, como el mismo título de este libro, Vendaval de bolsillo, es una gran movilización interna en un espacio muy reducido. Todo puede suceder en los centímetros cuadrados de un poema.
Vivir dos veces
La poesía exacerba las emociones tanto en el poeta como en el lector de poemas. Gracias a ella ambos temen más, se arriesgan más, padecen más y gozan más, es decir, cualquier dato de la realidad les suscita una reacción emocional vívida. Como dice uno de mis barbarismos: “Leer es la acción y el efecto de vivir dos veces”. Al leer no sólo se reacciona más ante la realidad, sino incluso ante la ficción, porque igual se puede construir una emoción a partir de una novela, una película o una canción. En todos esos casos la ficción puede ser inventada, pero las emociones que despierta son profundamente reales.
Alimentarse de la muerte
La ficción se alimenta de las vidas que no tenemos, mientras la emoción poética se alimenta de las vidas que hemos perdido. Nos nutrimos monstruosamente de las cosas que nos duelen, es como si nuestra vida fuera un sistema de capas y cada muerte sufrida nos volviera más densos. A veces pienso que la vida consiste en sobrevivir a un bombardeo: se te muere alguien, se te enferma alguien y tú vas caminando entre las bombas, preguntándote cuándo te va a tocar a ti.
Lo que me interesa del porno
Muchas cosas me llaman la atención, por ejemplo, cómo la noción de compañía ha cambiado con la tecnología y la irrupción de nuevos imaginarios sexuales. Es evidente que la pornografía tiende a ser patriarcal y reductora, pero también hay una periferia de porno hecho por mujeres como Érika Lust, además de una teoría del porno escrita por y para mujeres. También me fascina el fenómeno de la porn star que se convierte en directora, es muy metafórico: el objeto se vuelve sujeto. Además, la poesía se relaciona con nuestra intimidad, nuestros deseos, fantasías y temores, así que me resulta extraño que no haya conducido con más frecuencia a la pornografía. No hablo de poesía pornográfica, que no tiene interés, sino de poesía que hable sobre ella. Es decir, si el porno tiene tantas aristas, ¿por qué no hacer poemas sobre él? En este libro intenté uno, aunque de lo más educadito.
En el México actual, a diario nos amanecemos con noticias de desaparecidos, muertos y decapitados, pero una pareja que hace el amor jamás es la nota de ocho columnas. Claro, hay que cuidar la mente de los chicos, dicen los imbéciles moralinos.
A 34 años de la muerte de John Lennon (a manos, claro, de un violento), campea en este país la incongruencia hipócrita que señaló.
Estoy de vuelta de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, luego de tres días intensos, cargados de actividad y emociones en torno a los libros, las palabras. La parte que más disfruté fue escuchar a autores que admiro hablar sobre su escritura, las dudas que conlleva y lo inevitable de ejercerla, las perplejidades que implica. Me llamó la atención la insistencia de varios de ellos sobre el mismo tema: la corrección, la poda de los textos. Aquí, algunos comentarios que se me grabaron:
Fabio Morábito: «Cuando termino la primera versión de un cuento o un poema, el primer borrador, entonces empieza el trabajo de pulir, en una lucha con el lenguaje que muchas veces fracasa […] Escribir poesía es escribir 10 poemas para que, al final, resulte uno».
Isabel Mellado: «El cuento era más inteligente que yo, tuve que darle tiempo para entenderlo y poder aterrizarlo».
Andrés Neuman: «Escritor no es el que escribe, sino el que corrige sus textos. Para mí, escribir es sinónimo de tachar».
Y lo conecto con las palabras de Truman Capote en Música para cocodrilos (Anagrama), que estoy leyendo y abona al mismo concepto: «Al principio [escribir] fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil, pero brutal».
Nunca he vivido la escritura como algo fácil, pero me gusta que plumas grandes me confirmen que estoy en lo correcto.
Fernando Rivera Calderón y Eduardo Casar con el Cronopio, llegado del más allá
Aunque llegué a la FIL apenas ayer, ya tengo grabados en la mente momentos que quisiera guardar en un cajón para no perderlos, como el poeta y narrador Andrés Neuman aceptando que no le gusta enseñarle a nadie lo que está escribiendo, porque si lo critica podría desalentarlo de seguir («la inseguridad siempre está presente») y quizá haya un acierto «debajo» de eso que hoy es fallido.
O el novelista argentino Martín Caparrós portando un pin que dice simple, pero poderosamente «43».
O la dupla del poeta Eduardo Casar y el músico-escritor Fernando Rivera Calderón llenando a reventar de adolescentes el enorme auditorio para hablar de Cortázar y divertirse a fondo con él, en la que Laura García llamó «la mejor clase de literatura que he oído jamás». Y coincido: la literatura no tiene que ser solemne para ser grande.
O el novelista argentino Rodrigo Fresán afirmando que prefiere arriesgarse al escribir y fracasar, que quedarse del lado «seguro» de un estilo demasiado limpio.
O la investigadora mexicana Margo Glantz afirmando que Sor Juana nunca quiso ser santa, sino sabia, y con eso abrió puertas a la literatura moderna.
O el texto de Benito Taibo en el programa de la Feria, que anuncia: «Creemos en los libros […] Somos lo que hemos leído; por el contrario, seremos la ausencia que los libros dejaron en nuestras vidas».
O el narrador mexicano Carlos Velázquez comentando entre cervezas y pulpo atropellado que está por terminar su siguiente novela, que le ha costado meses de entre 8 y 10 horas diarias de escritura porque «tiene un lenguaje muy difícil».
De verdad es emocionante atestiguar la pasión de esta bola de locos que aman las palabras, las cortejan, buscan seducirlas y, un día, si tienen suerte, les hacen el amor.
Uno de los enormes privilegios de mi trabajo es que me permite acercarme a conversar con gente a la que admiro. En este caso, voy de camino a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara para entrevistar a Rodrigo Fresán, autor argentino radicado en España y uno de mis favoritos.
Estoy nerviosa, cosa que no suele pasarme. Es que su novela, La parte inventada (Random House), es un lujo del estilo y la propuesta literaria, y eso lo admiro profundamente pero al mismo tiempo me impone. En su narrativa redefine las reglas de la escritura como una suerte de arriesgado malabarista: hace giros y piruetas y no se sabe cómo logra caer, preciso, en un banquito minúsculo cuando suena el redoble final del tambor. Fresán construye en La parte inventada (de nuevo y quizá más que nunca) realidades sólidas que no existían, en lo que considero una de las novelas más innovadoras que conozco. Viene al caso esta cita, del propio libro: «Updike dijo en una entrevista: La primera idea que tuve sobre el arte, cuando era niño, fue que el artista traía al mundo algo que no existía antes, y que lo hacía sin destruir nada a cambio. Una especie de refutación de la conservación de la materia. Ésa me sigue pareciendo su magia central». Eso es exactamente lo que él logra, por eso entrevistarlo es como sentarse a preguntarle a un dios de la literatura. A ver si no es para ponerme nerviosa.
La adolescenta está enferma, con Influenza tipo B (regalo del campamento escolar en la sierra de Puebla). Fiebre, dolor de cabeza y, sobre todo, ganas de apapacho materno son los síntomas palpables. Por Fortuna detectada a tiempo y tratada ídem, la doctora dice que no tengo de qué preocuparme. Arranca nuestro tercer día encerradas en casa. Es increíble pero hace meses (o, más bien, años) no faltaba a la oficina por un tema de salud. No está mal que el cuerpo de pronto marque sus tiempos y obligue a bajar el ritmo, aunque estaría mucho mejor aminorar el ritmo sin virus de por medio. Es de esas cosas que debería aprender de una vez por todas.
El lunes no pinta del todo mal haciéndole piojito a la adolescenta, supervisando correos y leyendo La parte inventada de Fresán: «El infinito como una hoja en blanco que no produce pánico sino que desafía a que la abarques y la llenes de letras y de nombres, como si bautizaras planetas y galaxias y estrellas que se hacen las muertas».
Fui al cine a ver Birdman, comedia negra del director mexicano Alejandro González Inárritu. Es una verdadera joya en todos los planos, en fondo y forma inteligente, divertida, crítica, genial. Trata sobre Riggan Thomson (Michael Keaton), un actor maduro que vio años de gloria gracias a las cintas sobre el superhéroe Birdman, y busca volver a colocarse al montar en Broadway una obra basada en un cuento de Raymond Carver. La actuación de Keaton se vuela todas las bardas, lo mismo que la de Edward Norton. El resto del elenco está muy bien, pero estos dos no tienen nombre. Destaco dos de los muchos aciertos de la cinta:
1. La música, a cargo del también mexicano Antonio Sánchez, es una enloquecida pieza de batería que de veras vale la pena y pone el acento donde tiene que ponerlo (el tipo tocó con Pat Metheny, por si el dato le añade a alguien las ganas de oírlo).
2. La fotografía corre a cargo de Emmanuel Lubezki, Oscareado maestro (por Gravity) del tema, dupla creativa de González Inárritu y quien sabe cómo hacer volar la pantalla. Toda la película, de dos horas de duración, está tomada en planos secuencia (tomas sin cortes en las que la cámara «sigue» a los actores), lo que significa un desafío tremendo. Además, la cinta fue filmada en menos de un mes. «Estaba aterrado, pero pensé que si después de tantos años no hacía algo que me aterrara, significaría que estaba muerto», dijo Iñárritu en Venecia.
Y de aquí se desprende lo que más me gustó a nivel de contenido: la exploración del miedo vital como fuerza (o no), como decisivo empuje para plantarse de cara a la vida o para huir de ella. En uno de los diálogos de la cinta, la joven Sam (Emma Stone, excelente en su papel) le pregunta al guapo Mike (Norton): «¿Qué me harías si no tuvieras miedo?». Aunque la respuesta es fantástica, no la cito por evitar un spoiler, pero con la pregunta dejo sentado el punto. Y en otro momento la deslumbrante Sam le dice al protagonista: «Haces todo esto porque te mueres de miedo, tanto como todos nosotros, de no ser importante. ¿Y sabes qué? Tienes razón, no lo eres». Encima de todo, Birdman deja esa inquietud colgando de los dedos: uno cree que escribe, actúa o hace arte por razones estéticas, pero el verdadero motivo es el miedo, las ganas de sentirse relevante, aunque en el fondo uno sabe que no lo es. Vaya desnudamiento del alma. Me quedo pensando: ¿qué haría si no tuviera ese miedo?
Autor de seis novelas y fenómeno de ventas, el escritor chileno Pablo Simonetti presentó recientemente La soberbia juventud, novela con toques autobiográficos sobre un joven de clase alta que tiene problemas para vivir su homosexualidad. En SoHo platicamos con él.
Ante la imposibilidad de vernos en México, acordamos encontrarnos por Skype para hablar de su nueva novela, publicada por Alfaguara. Pantalla de por medio, la comunicación no prometía ser la más fluida, pero platicamos a gusto. Así me entero de que el también activista por los derechos de las minorías sexuales no viene del mundo de la literatura: estudió ingeniería pero cuando se topó con los libros, dejó todo y se dedicó a escribir. Lo encuentro un tipo sensible, de ideas claras y que asume de frente su condición gay, tema central del libro. Aquí, fragmentos de lo que conversamos.
Sanar la relación familiar. Felipe, el protagonista de la novela, es guapo, tiene carisma, clase y educación. Goza de muchos privilegios, pero como viene de una familia muy conservadora le cuesta vivir como gay. Tiene que enfrentar su necesidad de ver al otro, de abrazarlo, además de sanar la relación con su familia, porque los problemas no resueltos con los padres se transfieren a tus relaciones de pareja. Cuando uno sale de un sistema controlado, como le pasa a él y como me pasó a mí, duda mucho y busca figuras de autoridad, pero resulta dañino porque te impide hacerte su propia idea de las cosas.
Las mujeres del siglo XIX y el gay actual. La novela parte de un amor desesperado, en el que todo se somete a los dictámenes de la pasión. Para construir a Felipe me basé en dos personajes que adoro: Isabel Archer, de Retrato de una dama, de Henry James, y Lily Bart, de La casa de la alegría, de Edith Wharton. Ambas son mujeres del siglo XIX, tienen el mundo a sus pies y todo el mundo las adora, pero no ven que tienen enfrente un amor de verdad. Igual le pasa a Felipe. Aunque los tres personajes creen poder demorarse, la oportunidad puede pasar de largo. El tema de fondo es que ellas, mujeres del siglo XIX, y él, un gay de hoy, pueden aspirar a la plena ciudadanía, sin subyugarse ante otros poderes.
Perder todo por asumir la preferencia sexual. La situación actual es muy distinta a la que yo viví cuando salí del clóset, en 1987. Entonces ser homosexual era un crimen, un pecado y hasta una enfermedad mental. Mientras estudiaba en Stanford, Estados Unidos, me reconocí a mí mismo gay y empecé a vivir como tal. Cuando volví a Chile, en 1989, hablé con mi familia y fue muy doloroso. Chile venía saliendo de la dictadura, la sociedad era muy machista, estaba muy normada. Yo tenía 25 años y al asumir mi preferencia de alguna forma los perdí a ellos, las posibilidades de trabajo, las comodidades. Tuve que ganar todo de vuelta. En cambio, hoy todo es distinto, como se refleja en la novela. Estos últimos 30 años han hecho una diferencia tremenda en la vida de un homosexual.
La soberbia juventud. Los jóvenes son soberbios desde siempre, se jactan de entender el mundo, de dominarlo. Lo veo en los talleres de literatura que doy, pero al mismo tiempo los admiro por bellos e intensos. Así también es Felipe, el protagonista. Sin embargo, con los años he aprendido que conviene ser humilde con el propio juicio e incluso con las cosas que uno cree haber logrado bien, como las propias novelas. Quizá la humildad es mi mayor aprendizaje de vida, he tenido que asimilarla a fuego lento.
¿Hay una literatura gay? Si la obra es buena, lo es independientemente de la preferencia sexual del autor. La historia literaria ha estado dominada por hombres heterosexuales, blancos, y de ahí parte la discriminación tanto hacia las mujeres como hacia los gays. Ahora la literatura se ha abierto a espacios que no estaban siendo narrados. Me parece fantástico que se plasme en libros la diversidad de la vida, y eso incluye a autores gays y escritoras lesbianas.
Dibujo: José Miguel Rojas, tomado de alejandrapizarnik.blogspot.mx
Otro #MiércolesDePoesía está aquí. Ahora pasa de visita la argentina Alejandra Pizarnik, con un poema (como todos los suyos) que crea un universo tembloroso. Si lo deseas, puedes verlo en video en el enlace de abajo. Si no, aquí está el texto.
no hacen el amor
hacen la ausencia
si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?
en esta noche en este mundo
extraordinario silencio el de esta noche
lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se ve
¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?
ninguna palabra es visible»
-Alejandra Pizarnik, «En esta noche, en este mundo», Textos de sombra y últimos poemas
Platiqué con el escritor argentino en su paso por México para presentar su nuevo libro, El hambre (Editorial Planeta), una mezcla de crónica y análisis sobre la situación actual de más de 800 millones de personas desnutridas o malnutridas. Aquí lo que dijo.
“Vaya, qué bien, muy bien”. Sonríe con el bigote, mientras alza la mano para chocar la mía. No entiendo a qué viene el entusiasmo. Acabamos de terminar la entrevista y antes de despedirnos lancé la última pregunta, para no quedarme con la duda. La solapa de su libro dice: “Tradujo a Voltaire, a Shakespeare y a Quevedo”. Entonces dije: «¿A Quevedo? ¿A qué lengua?»(Fue entonces que se puso feliz). “Hace cinco años puse eso en las solapas de mis libros pensando que alguien tendría curiosidad, pero eres la primera que lo pregunta. En los años 80 traduje al francés una parte de los Sueños de Quevedo, para una película argentina. Fue un trabajo duro pero me gustó mucho”.El tema nos da excusa para despedirnos más ligeros, luego de escarbar en casos de gente que a diario ve el rostro de la miseria y un día cierra los ojos para siempre.“Ninguna enfermedad, ninguna guerra ha matado más gente. Ninguna plaga es tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable como el hambre. Yo no sabía”, dice en el libro publicado por Planeta. Lleno de información, sobre todo me sacuden las historias cotidianas que Caparrós captó en nueve países y que permiten palpar la pobreza auténtica. Le propongo plantearle preguntas a partir de esas historias. Acepta.
En Níger, una madre cuyo hijo está hospitalizado lleva meses manteniéndolo un poco por debajo del peso mínimo para que le sigan dando suplementos alimentarios para él, más algo de comida para la familia. ¿Cómo haces para seguir viviendo conociendo casos así? No tengo una respuesta, más bien tengo respuestitas que no terminan de satisfacerme. Supongo que la más fácil es decirme que por lo menos trabajé en el libro, intento hacer algo, pero no termino de creérmela…
En Sudán del Sur conversas con una madre cuya hija está en riesgo de muerte. Le preguntas si piensa que va a sobrevivir: “Si no vuelve a quedar desnutrida, creo que sí. Pero si vuelve a quedar desnutrida no sé”. Insistes: ¿qué puedes hacer para que no se desnutra? Con calma dice: “Nada.” ¿Qué te pasa con historias como ésta? No pensaba encontrar esa pobreza de horizontes. Aun así, lo que le pasa a ella no es tan distinto de lo que nos pasa a la mayoría, que no conseguimos imaginar sociedades donde ocurren esas cosas. Estamos tan limitados en nuestra realidad como ella en la suya, aunque se supone que tenemos más armas y posibilidades para imaginar. Otro chico se enojó al preguntarle qué disfrutaba más comer: “A mí no me gusta comer esto o lo otro; a mí lo que me gusta es comer”. Yo prefiero por mucho esa furia al “nada, nada”, que se cabreara fue un gusto, me resultó menos duro que aquella resignación absoluta.
En Bangladesh, una mujer te confiesa: “Cuando no como no puedo encontrar paz. Es como si tuviera cien mil mosquitos zumbándome en la oreja”. ¿Qué metáfora define mejor el hambre? Más que metáfora pienso en una imagen, la de esa madre que cuando no tiene qué darles de comer a sus hijos, a escondidas pone una piedra en el caldero y les dice que está cocinando algo pero va a tardar, que se duerman un poco. Eso me impresiona muchísimo, pensar la vida como un engaño sin futuro.
Luis, de Médicos Sin Fronteras y con varios años de trabajo humanitario en India, se sincera contigo: “Estoy aquí porque no puedo no hacerlo. Si quieres ponerlo así, al fin y al cabo resulta que lo hago por puro egoísmo, para no sentirme mal”. ¿La culpa es un tema de fondo en todo esto? Todos tenemos culpa de las cosas, pero hay algunos que tienen más que el resto y la reparten, para disolverla. Es decir, yo tengo la culpa por no matarte y hacer que desaparezca tu fondo de inversión que eleva la comida hasta que millones no pueden pagarla, pero tú organizas el fondo de inversión. Por otro lado, aunque quisiera pensar que con el libro cambiará algo, es un libro, nada más. Con todo, creo que es mejor hacerlo que no hacerlo, porque si se sumaran miles de gestos chicos podrían dar un salto cualitativo. Al final, escribí el libro porque no pude no hacerlo.
En India, una joven te habla de su bebita, muerta por falta de alimento, y señala: “Iba a ser mi hija por mucho tiempo y de pronto no estaba más”. ¿Qué sentiste como papá? Me impresionó mucho, porque prejuiciosamente no esperas que esas situaciones te hablen de ti. Se supone que estás preparado para oír cosas muy emocionales sobre personas que crees distintas, pero te das cuenta de que esa idea es una tontería: yo suscribiría totalmente lo que ella dijo. Entonces ocurre ese cortocircuito en el que uno ya no está de un lado o del otro, estamos todos hablando de lo mismo.
Una abuela en Níger, cuyo nieto acaba de morir, apunta: “Dios me mandó este destino, así que seguro lo merezco”. ¿Cómo recibes eso? Me sorprendió que el hambre y los dioses estén tan ligados. Entrevisté a cientos de personas y no encontré prácticamente a nadie que no mencionara a Dios para justificar lo que ocurría. Yo pensaba que los creyentes que sufren tendrían algún rencor contra Dios, pero no. La religión es tan fuerte que les enseña a dirigir su rencor contra sí mismos: en algo fallaron para que Él, siempre justo, les haga eso.
“Cuando estamos saciados nos convencemos de que es imposible que matemos, robemos, violemos, engañemos, defraudemos, nos prostituyamos. Cuando tenemos hambre podemos hacerlo”, dice el autor Pitirim Sorokin. ¿Es cierto eso tan brutal? Él plantea que no tener comida puede volver atrás el proceso supuestamente evolutivo. Nosotros somos gente codificada, actuamos bajo la premisa de códigos, pero en momentos extremos de hambre los dejamos de lado y reaccionamos de forma instintiva, “animal”. Es decir, llevamos dentro las dos posibilidades… A mí me intriga mucho ese azar decisivo según el cual uno nace aquí y ahora, en un determinado país y familia con comida segura, no allí y entonces. El azar de ser uno es algo en lo que no se piensa demasiado, pero al enfrentarte a otros “muy otros” le das vueltas.
«Iba yo recorrer calle Florida, cuando vi pájaro gorrión. Pájaro gorrión casi universal y chilla en universal. Y las palomas allá arriba en cable de calle, muchas ellas, una de lado de otra, quietas como soldados». Así arranca «Stephan en Buenos Aires», cuento de la autora argentina Hebe Uhart incluido en su libro Turistas (Adriana Hidalgo Editora). Es magistral tanto en forma como en fondo (¿son distintos?): se hunde en la dificultad que enfrenta un extranjero en la ciudad porteña.
El protagonista empieza narrando desde su español masticado y ya es divertido, pero el nudo es mejor todavía. Stephan conoce a Malena y crece el desencuentro: «Ella miró para mí atenciosamente, ojos muy marrón, la mirada con su filo […] Ellos dicen. Dicen: ‘Vamos a ver’. Primera vez que yo escuché ‘Vamos a ver’ me vino la esperanza para ver alguna cosa, mas no: ellos dicen ‘Vamos a ver’ y no existe cosa para ver […] Ella ha dicho: —Hoy estoy con pocas pulgas, ¿sabés? —Eso mucho bueno— he dicho para ella. ¿Ella puede nombrar pulgas, yo no?». El pasmo de Stephan va en aumento y llega a su clímax-sin-clímax: «He reñido por siempre con Malena. Yo ahorita nomás, mañana parto. Yo me sé aguantar risas de ella, perro, ventana sin abrir, mas ella… ella no desea ser fecundada». Me fascina la experimentación lingüística, el riesgo que implica y lo bien resuelto que está en su personaje «enojado a gran escala».
Uhart publicó este libro a los honrosos 72 años y hoy, a los 78, su pluma sigue activa. Vaya genes que se carga.