Tenía tiempo de no pasar por la espléndida revista de fotografía online mambomag.com. Siempre que lo hago encuentro algo hermoso que traer a casa, para abrazarlo y hacerlo mío. Esta vez es el trabajo de la española Anacleta Palmer, artista residente en Chile. Fotógrafa en la mano derecha y diseñadora en la izquierda, combina ambas para crear la serie De cuerpo ausente. Se trata de imágenes descontextualizadas en torno al tema de la ausencia, del no-cuerpo, trabajadas con luz natural y sí, manipuladas para proponer «[…] un tesoro de lagunas y ausencias,/ un muestrario completo de páginas en blanco» (versos que tomo prestados del poema «Cosas que no tendremos» de la española Josefa Parra). Me encanta.
Hace poco, mi querido amigo Alberto Diéguez (autor del espléndido blog www.desafectos.wordpress. com) me habló de Forges, humorista gráfico español que publica en el periódico El País. Lo busqué y me encontré este cartón suyo, que tomo prestado para este #LunesDeMonos de la semana en la que se celebra el Día Internacional del Libro. Y acudo al dibujo de Forges porque deja abierta la pregunta de por qué leer, misma que se me antoja contestar ahora y para ello me remito a tres citas que dan en el clavo de las razones por las que los libros son mi vicio:
Por los placeres que regala. «El mayor argumento a favor de la lectura es el placer. No se lee de verdad para instruirse o por deber cultural: eso es otra cosa que no es leer. Se lee y se ama leer porque en la lectura se encuentra una fuente de goces infinitos». -Pascal Bruckner
Por lo que me revela sobre mí misma. «Cada lector es, cuando lee, lector de sí mismo. La obra del escritor no es más que una especie de instrumento óptico ofrecido al lector para permitirle discernir lo que, sin ese libro, no hubiera podido ver en sí mismo». -Marcel Proust
Por la posibilidad de vivir otras vidas. «Al leer nos metemos por un instante en el incendio que ocurre dentro de la piel de otra persona». -José Gordon
(Del libro 101 aventuras en la lectura, Artes de México/ IBBY México/ Zimat).
Para abrir el sábado como gente decente ahí va esta canción del argentino Cacho Castaña. La semana pasada platiqué que intentaría en este espacio los #SábadosDeMúsica colectivos, es decir, con la participación de quienes quieran sumar sus temas preferidos, que yo añadiré a la entrada. La idea es hacer una especie de playlist enriquecido por todos. Hoy propongo el tema: «la canción que más me ha pegado recientemente». Aquí, la mía: de voz y letra desgarradas, me encanta. Debo ser masoquista.
Por esa puta costumbre
de andar haciéndome el vivo,
el que se las sabe todas
y todas las ha vivido.
El que tuvo mil amores
llorando sobre su almohada.
¡Por esa puta costumbre
al final no tengo nada!
Por esa puta costumbre
de regalar carcajadas,
para mostrarle a la gente
que nunca lloro por nada.
Inventando mil historias
para deslumbrar amigos.
¡Por esa puta costumbre
cuántas cosas he perdido!
Soy Cacho de Buenos Aires
y no hay farol que me alumbre.
¡Mi gran amor lo perdí
por esa puta costumbre!
Soy cacho de Buenos Aires
y tengo un sueño escondido,
cantar igual que Gardel
«¡Mi Buenos Aires querido!».
Hoy, 17 de abril, hace exactamente un año que Gabriel García Márquez decidió salir volando detrás de sus mariposas amarillas. Que se murió, pues. Y en SoHo México quisimos hacer algo especial en torno al colombiano casi mexicano: invitamos a 25 personas a leer un fragmento de ese portento que se llama Cien años de soledad. Está la señora del mercado, el cerrajero, una modelo y el policía, pero también escritores, rockeros, gente del medio cultural y los tres periodistas que conducen el programa de radio El Weso. Así, leyendo, rendimos un mínimo homenaje a Gabo. Porque no se nos olvida.
Dice que le “puede” tener que hablar en público de escenas y fantasías sexuales que dibujó solo, en su cuarto, pero como acaba de publicar Sexo, a eso sabe la reina (Sexto Piso) no tiene opción. Aunque en sus monos hay pasajes lunares y espacios fantásticos, Jis dice ser lo menos aventurero que hay: “Soy un tipo rutinario, un licenciado que no sabe si es exhibicionista o un pudoroso total que dibuja sobre esa cosa rarísima que es el sexo”. Aquí, lo que platiqué con él.
¿Cómo nació la idea de este libro?
Llevo desde los 80 dibujando sobre el tema, tengo material como para unos cuatro volúmenes. Cuando hablé con la editorial sobre la idea de juntar todo, les mandé los cartones que encontré y al regresarme la primera versión diseñada del libro vi que faltaban muchos. Se les traspapelaron, no sé si fue intencional pero al final resultó bien porque no hubiera podido entrar todo. Y es que el sexo es un manantial de temas. Incluye emoción, miedo a defraudar y a que te defrauden, juegos de poder, rollos de género, placer, destrucción. Como tiene tanta carga emocional es fácil caer en clichés, en lugares comunes, pero intento ser consciente de esa dificultad, entender algo más del asunto.
¿Por qué un día dibujas algo y no otra cosa? ¿Cómo eliges los temas que vas a tocar?
En realidad mis monos son un diario, un tarot personal en el que me burlo de mí mismo. Cuando estoy dibujando trato de ser lo más libre posible con mi imaginería, mi trabajo es como una obra masturbatoria, por eso de pronto me da vergüenza pero acabo diciendo: “Éste me tocó ser, ahí disculpen”.
Tus monos son bien pachecos, siempre están en el viaje…
Sí, yo mismo tuve una época de desmadre, de fiestas y hongos, de éxtasis y tachas con música electrónica, pero está cabrón. Ahora me he hecho muy tranquilo, ya soy un señor. Llevo como ocho años de practicar yoga Iyengar, voy tres días a la semana y me cae poca madre porque tengo problemas de espalda, estoy operado. Aunque es un rollo casi militar, como en el fondo soy muy sistemático he podido hacer una disciplina bien padre.
Hablas de sexo pero nunca de política, Jis no hace cartones del escándalo político de moda. ¿Por qué?
La lucha de la que yo hablo es micropolítica, mis monos son de denuncia conyugal, no la política de los partidos o del Estado. En uno de mis cartones hay una pareja en la que uno dice: «Debí ser mártir de un movimiento social» y el otro contesta: «Los dos somos mártires del movimiento conyugal”. ¡Es que yo también lo soy! Llevo tres matrimonios, así que además de mártir soy héroe, apóstol, promotor. He estudiado el tema a fondo.
Más allá de los dibujos, ¿has llevado tu humor a otros espacios?
Claro, Trino y yo hemos hecho durante varios años el programa de radio La Chora Interminable, nos reímos mucho. Soy bien tímido, así nunca me hubiera podido imaginar que iba a estar como merolico en el radio, pero me gusta. Y luego también hicimos algo en tele para el Mundial y, claro, los Jams de moneros. Seguimos tratando de abrir posibilidades fructíferas en varios lados para seguir trabajando la imaginación y el humor.
Cuando empezabas tuviste apoyo de Monsiváis. ¿Cómo lo recuerdas?
Yo lo leía mucho, admiraba su ironía. Luego me prologó mi primer libro Los manuscritos del Fongus y hasta dedicó una sección de La cultura en México para dar la bienvenida a los de mi generación, a los que estábamos haciendo la revista Galimatías. Me quedó muy buena onda con respecto a él, tuvo la paciencia y la sensibilidad de darle entrada a unos mocosillos. Ahora, a mí no se me dificulta admirar el trabajo de otros, paso mucho tiempo en eso, pero como soy medio acomplejado, a veces lo uso como pretexto para latiguearme por la excelencia ajena.
Rosario Castellanos, la poeta mexicana que habla con el mismo aliento fresco que cuando escribió sus textos, visita este #MiércolesDePoesía con un poema sobre lo indispensable que resultan los amigos. Aprovecho para agradecer con él a los cuatro mil seguidores que hoy alcanza este blog, es decir, a las cuatro mil personas que conforman conmigo esta comunidad en la que se conversa, se comparten lecturas, ideas y experiencias, abrazos que borran la distancia pero, sobre todo, palabras que vibran. Miles de gracias a todos. En serio.
«Es necesario, a veces, encontrar compañía.
Amigo, no es posible ni nacer ni morir
sino con otro. Es bueno
que la amistad le quite
al trabajo esa cara de castigo
y a la alegría ese aire ilícito de robo.
¿Cómo podrías estar solo a la hora
completa, en que las cosas y tú hablan y hablan
hasta el amanecer?»
Entre los motivos por los que alguien escribe está la catarsis. Lionel Shriver, autora de la desgarradora We Need to Talk About Kevin, lo sabe muy bien(da click aquí para leer mi reseña de esa novela). En 2013 publicó su nuevo libro, Big Brother (Harper Perennial y, en español, publicado por Anagrama): se trata de un grito catártico de culpa. Me lo regaló mi querida amiga Arantza y recién lo terminé. En él vuelve a abordar las familias disfuncionales, pero esta vez el tema de fondo es tanto la obsesión social por el peso como la condena hacia la obesidad mórbida pero, más todavía, la insatisfacción profunda de muchos, que no se sacia comiendo. Y digo que el libro es producto de la culpa porque está basado en la propia historia de la autora: su hermano murió en 2009, por complicaciones derivadas de la obesidad. Así, en la novela Shriver imagina qué hubiera pasado si ella lo hubiera ayudado a reducir sus dimensiones.
La historia aborda la vida de Pandora y Fletcher, un matrimonio estadounidense convencional que recibe de visita a Edison, hermano de Pandora. Él es un jazzista fracasado y gordo descomunal que pone sobre la mesa (además de donas, mantequilla y una torre de hotcakes como desayuno) el tema del rechazo visceral hacia los obesos, nuevos criminales contemporáneos. Edison lo apunta:»Dices ‘gordo’ no como una descripción sino como un veredicto, como si fuera una abominación, la fuente de todo el mal y la corrupción del universo. Como mucho, pero no he matado a nadie. No soy pedófilo. Ni siquiera te robé la cartera» (traducción mía, p. 129). Si bien la novela se cae estrepitosamente al final, me deja una idea interesante entre las manos: como sociedad hemos dejado de lado el interés por el sexo como tabú porque ya resulta demasiado accesible, pero a cambio hemos vuelto la vista hacia la comida. El asunto es que estar satisfechos no nos satisface, lo que realmente queremos es el deseo. Estamos hechos para tener hambre, para buscar la satisfacción: «Comes sin medida no porque disfrutes tanto la comida que no puedes parar, sino porque no la disfrutas. Y ya que comes para saciar un apetito que no puedes satisfacer, la cantidad de comida que ingieres es potencialmente infinita» (traducción mía, p. 200). Vaya, revelador y crudo concepto sociológico que una vez más lleva a pensar que no comemos con la boca sino con las expectativas sociales, con las frustraciones, con los miedos, con las historias personales.
En cualquier caso, no puedo criticar la novela sin caer en un spoiler, así que me limito a desear que Big Brother haya cumplido con la catarsis que Shriver buscaba, pero como lectora me quedó a deber.
Foto: Eduardo Galeano, escritor uruguayo muerto hoy a los 74 años de edad
Son las 8:00 am del lunes y me entero de la muerte del escritor uruguayo Eduardo Galeano, a los 74 años, además de la del Nobel alemán, Günter Grass. Carajo, qué manera de arrancar un lunes, como si al mundo le sobraran buenas plumas. En especial me duele la de Galeano, pluma deliciosa y humana que describía la vida como un viaje entre dos aleteos que buscan un abrazo, que dejó Las venas abiertas de AméricaLatina (fundamental para entender nuestro continente) y también El libro de los abrazos, capaz de lograr esta joya en pocas líneas:
“La Iglesia dice: El cuerpo es una culpa.
La ciencia dice: El cuerpo es una máquina.
La publicidad dice: El cuerpo es un negocio.
El cuerpo dice: Yo soy una fiesta”.
Que descanse en paz pero que sus letras necesarias nos sigan incendiando.
Llega el lunes y el ánimo se siente herido, apaleado, en especial si uno disfrutó de vacaciones y ahora debe reincorporarse a la vida productiva (ese invento jodido). Por eso el #LunesDeMonos es la opción necesaria para aligerar lo que de otra manera sólo puede verse negro. Aquí va un cartón del mexicano Jis, que describe de manera puntual mi estado de ánimo en esta mañana.
Nota para quienes leen este blog fuera de México: «hueva», en perfecto idioma azteca, significa pereza, falta de ánimo, flojera, fiaca, pesadez.
Ayer, por razones de urgencia narrativa, usurpé el #ViernesDeMúsica. Ya varios miembros de esta comunidad me hicieron notar que extrañaron la recomendación semanal, así que por esta vez va un #SábadoDeMusiquita, así, en diminutivo, muy a la mexicana para demostrar cariño. Y como ando muy de buenas porque mi madre está bien, aquí conmigo y sintiéndose mejor, me parece natural poner una canción de esas que levantan el ánimo. De modo que aquí va «Yo no sé mañana», del nicaragüense Luis Enrique, una salsa que en automático me pone a bailar y despreocuparme, y que además tiene una letra con sustancia, originalmente planteada para dos que recién se conocen, pero que también aplica para esa trivialidad que se llama seguir vivos y que es incierta por más que uno quiera garantizarla. Aquí un fragmento de la letra:
«Yo no se si tú, no sé si yo seguiremos siendo como hoy.
No sé si después de amanecer
vamos a sentir la misma sed.
Para qué pensar y suponer,
no preguntes cosas que no sé.
Yo no sé.
No sé dónde vamos a parar,
eso ya la piel nos lo dirá,
para qué jurar y prometer
algo que no está en nuestro poder.
Yo no sé lo que es eterno
no me pidas algo que es del tiempo.
Yo no sé mañana
yo no sé mañana
si estaremos juntos
si se acaba el mundo […]
Esta vida es igual a un libro,
cada página es un día vivido.
No tratemos de correr antes de andar.
Esta noche estamos vivos
sólo este momento es realidad».
Y un regalo adicional: ayer pregunté en Twitter «¿qué canción te pone de buen humor?» y tuve varias respuestas, eclécticas como corresponde. Aquí las comparto con todo y enlaces a YouTube, por quien quiera curiosear. Gracias a todos:
Nunca me había subido a una. Esta vez acompaño a mi mamá al hospital, junto con sus 84 orgullosos años. Creemos que puede ser un infarto porque tiene muy fuerte dolor de pecho y abdomen, debilidad extrema. Voy sentada a su lado, le acaricio la mano mientras le toman signos vitales. No habla. Ella tiene dolor y yo tengo mucho miedo, pero trato de controlarme. También mi hermana, que viene al lado y mi hermano, que nos sigue en el auto. Cuando todo parece normal me relajo un poco cruzando palabras con Iván, el doctor en turno. Éste es su trabajo pero los fines de semana es voluntario de la Cruz Roja. «Me encanta, es como un vicio». Yo estoy a años luz del disfrute adrenalínico.
Llegamos al hospital, la revisan, estudios y más estudios. El olor de un hospital enferma a cualquiera, pero qué bueno que existan. Por fin, de madrugada la dan de alta. El diagnóstico es una úlcera severa. Por Fortuna no voy a recordar este primer viaje en ambulancia como espantoso. Lo que es un hecho es que espero que sea el último.
«Sabemos que en un rincón secreto de la biblioteca nos espera el libro verdadero, escrito sólo para cada uno de nosotros», dice Alberto Manguel en Para cada tiempo hay un libro, el espléndido título que recientemente publicó Sexto Piso. Subrayé el pasaje porque como adicta a la lectura tengo más de un libro que es MÍO, no sólo en el sentido de que lleva mi nombre sino que fue escrito para mí nada más. Así de necio es el sentido de pertenencia que generan algunas líneas. Supongo que quien no es lector desaforado pensará que es una estupidez, me da igual.
Nacido en Buenos Aires, Manguel ha escrito varios volúmenes sobre el placer de leer, lo emocionante de meterse en otra piel, lo único de sentirse uno mismo personaje de ficción. Este título va en la misma línea: es una compilación de 12 textos breves sobre la lectura. Incluye experiencias, reflexiones, anécdotas de escritores y lectores, como ésta: «En el siglo V a.C., el joven Alcibíades, visitando un lejano pueblo durante sus periplos en las colonias griegas, dio un puñetazo en la nariz a un maestro en cuya escuela no encontró ni un solo ejemplar de Homero, porque juzgó que el hombre había faltado a su deber intelectual». Qué joya. Y luego están las preciosas fotografías del mexicano Álvaro Alejandro, que dialogan con los textos. En ellas, el libro es cerradura por la cual asomarse, la casa que el caracol lleva a cuestas, el cebo de una ratonera, la sopa que se lleva uno a la boca. Las fotos son creativas pero no sólo: también dicen cosas, construyen realidades en torno a la experiencia lectora.
Total, que Para cada tiempo hay un libro se saborea. Ahí va otro subrayado: «Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta. No hay una unánime historia de la lectura, sino tantas historias como lectores. Compartimos ciertos rasgos, ciertas costumbres y formalidades, pero la lectura es un acto singular. No soñamos todos de la misma manera, no hacemos el amor de la misma manera, tampoco leemos de la misma manera». Y sí, pocos actos tan netamente individuales y con tan clara huella digital como hacer el amor y leer.
Octavio Paz dijo de ella: «[su escritura es] un continuo volar de imágenes». Esta semana murió en México la poeta y traductora Isabel Freire, nacida en 1934. Yo no la había leído pero ante la noticia busqué textos suyos y encontré un Material de lectura publicado por la UNAM (en el enlace no dice el año de publicación). Así que el #MiércolesDePoesía se atuenda con estos versos de Freire, que se escapan por la ventana.
«no te deseo
te veo
tu imagen sigue
ocupando el silencio junto a mí
no tengo otra manera de moverme
que envuelta en tu mirada
tu recuerdo me viste
el aire que ocupaban tus palabras
resuena en mis oídos
como un tropel de ángeles
mis dedos sonámbulos
se tropiezan contigo
en cada objeto»
San Jerónimo escribiendo, de Caravaggio, una de las piezas exhibidas en el Cenart
Porque le traía ganas y además porque me la recomendó mi amigo Carlos Herrera, fui a ver la exposición Leonardo, Rafael y Caravaggio, una muestra imposible. Las obras de arte en la era de la reproducción digital, en el Centro Nacional de las Artes (Cenart) de la capital mexicana. La idea es, de por sí, interesantísima: reunir en un mismo punto del espacio y el tiempo obra de esos tres monstruos del arte italiano, de manera que puedes apreciar una junta a la otra La Mona Lisa de Leonardo (que está originalmente en París), La Escuela de Atenas de Rafael (en El Vaticano) y La cabeza de Medusa de Caravaggio (en Florencia).
Me acuerdo cuando fui a ver La última cena de Leonardo, en Milán. Primero, claro, tuve que viajar a esa ciudad del norte de Italia, luego conseguir la cita (se necesitan semanas de antelación), llegar exactamente a la hora. Una vez ahí sólo te dejan estar unos 10 minutos, a distancia considerable y, por supuesto, sin tomar fotos. Luego vas para afuera, que detrás vienen otros. Y lo mismo asomarse a La Mona Lisa en el Louvre de París: verla a la distancia, entre un tumulto de cabezas. Claro, es muy emocionante pero ¿por qué una obra debe ser sólo disfrutable para unos y no para muchos, para los más posibles? ¿Es posible quitarle al arte ese halo de inaccesibilidad sin poner en riesgo piezas irremplazables?
La premisa base de esta exposición de 57 piezas en el Cenart va, justo, en esa línea: si la reproducción digital garantiza no perder nada de una obra en términos de calidad, ¿por qué quedarnos con una sola Mona Lisa? ¿Por qué no hacer diez o 50, idénticas y fieles, y que gente en varios puntos del mundo pueda disfrutarla? Y no sólo de la Gioconda, de todas las obras posibles. Así, lo que hoy está desperdigado por Madrid, Roma, Florencia, Bolonia, Milán, Viena, París, Munich y Washington, aquí se aprecia todo junto, a tamaño natural, igualito al original, además de que te puedes tardar el tiempo que quieras frente a un cuadro y si llegas temprano (fue mi caso) encuentras poca gente. En esos sentidos es mejor disfrutar estas reproducciones perfectas. Además, en la mayor parte de los casos las piezas originales ya no están en su contexto primero sino fueron compradas, donadas o robadas y hoy se exhiben muy lejos de donde fueron creadas. Así, ¿por qué el prurito de que ver las meras originales? ¿No será esnobismo?
La idea de democratizar el arte se planteó de manera más formal a principios del siglo XX, la elaboraron Walter Benjamin y Theodor Adorno, entre otros, y se volvió una realidad imparable con el perfeccionamiento de los métodos de reproducción: se pueden sacar innumerables e intachables copias de una fotografía o una pintura. Me parece que esta muestra es un paso más en esa misma dirección, como sentar a la mesa a esos tres grandes y oírlos hablar (ojalá se replique con otros artistas, incluidos latinoamericanos). En resumen, además de disfrutar las obras me dio gusto que esta idea italiana, de Renato Parascandolo, permita que muchas personas de todos los estratos socioeconómicos puedan acercarse a estas 29 piezas de Caravaggio (incluyendo el soberbio San Jerónimo escribiendo que ilustra esta entrada), 20 de Rafael y 8 de Leonardo (incluyendo La última cena), que las paladeen, se pierdan en ellas, las hagan «suyas» a partir de tomarles una foto. Y también me llevó a releer el excelente ensayo Contra la originalidad, de Jonathan Lethem, publicado por Tumbona Ediciones, que defiende la idea de que todo artista plagia y reformula a otros. Me parece que vale la pena pensar y revisar la excesiva carga social que se le da al concepto original en un mundo que lo es cada vez menos, tanto por la posibilidad de reproducir idéntico un original, como porque se alzan voces que reividican la idea que toda obra de arte abreva de otros. Y qué bueno.
Para abrir esta semana infausta en la que hay que regresar al trabajo después de vacaciones, aquí va un cartón «literario». Es de Inodoro Pereyra, personaje del genial argentino Fontanarrosa. Me parece la mejor opción para aceitar este #LunesDeMonos, en el que cómo cuesta salir de la cama para ser productivos y hacer dinero. Yo suscribo el exabrupto de Inodoro.
Nota importante: Por si alguien está de veras hundido en la barbarie y no entiende el chiste: Domingo Faustino Sarmiento, político y pensador argentino del siglo XIX, escribió Facundo o Civilización o barbarie, en el que plantea el conflicto entre la «civilización» y la «barbarie», representadas por los medios urbano y rural respectivamente, y se inclina por la primera.
Anoche fui al teatro a ver De príncipes, princesas y otros bichos, escrita y protagonizada por Paola Izquierdo, en el Teatro Virginia Fábregas de la Ciudad de México. Es una sátira en dos tiempos, con dos personajes: una princesa bióloga que persigue un sapo para convertirlo en su propio príncipe azul, y un principito-niño de la calle que cuenta cuentos. Inteligente, bien hecha y mejor actuada, a partir de hacer reír toca cuestiones de género, de injusticia social y derechos humanos, de doble moral y de los estereotipos que tanto nos joden.
En un punto de la obra, la princesa está enfocada en la búsqueda del príncipe que la cuide y le resuelva la vida, como quiere su padre y como le enseñaron a desear los cuentos de hadas, sobre todo porque ya tiene 30. «¿Qué son esas manías de estudiar tanto? Si tú no eres fea, mi hijita», le dice su tía, preocupada porque ya quiere un principito en la familia. Y añade el consejo de que para encontrar pareja mejor no hable mucho, reforzado por una canción con melodía que-remite-a-Disney: «Los hombres no te buscan si les hablas. No creo que los quieras aburrir […] Verás que no logras nada conversando, a menos que los pienses ahuyentar. Sujeta bien tu lengua y triunfarás».
Fui con mi adolescenta a ver la obra y al salir me dijo: «Me hizo reír, está buena pero exageradísima. Hoy ninguna mujer piensa eso, que mejor te calles o que si llegas a los 30 y no te has casado eres un fracaso». Por un lado me llenó de orgullo su certeza, pero por otro me dio ternura. Fantástica inocencia que no conoce esa parte oscura del mundo.
Algunos lugares cargan las baterías internas. Quizá sea el aire más transparente de lo normal, la luz ligera, el paisaje perfecto, quien uno es ahí, las buenas vibras del ambiente. No sé, pero Tepoztlán es para mí ese sitio. Lo descubrí hace apenas un par de años, cuando atravesaba la etapa de mayor dolor emocional de mi vida adulta. Como por azar (aunque nada es estrictamente azaroso) se me ofreció una pequeña casa de fin de semana, con vista a la montaña de piedra. La renté, sin pensarlo mucho: por varios meses desde ahí me aferré a la seguridad inmutable del cerro del Tepozteco, a la certeza de que todo termina bien. Convertí la casita, sencilla a morir, en mi espacio de soledad, de escribir y leer. Fue la cueva austera donde pude lamerme las heridas para seguir avanzando.
Ahora empiezo una nueva etapa del camino a solas y estoy de nuevo aquí, conectando con quien soy, rodeada de libros, de cuadernos de escritura. Me pesa causar dolor a quien tanto amé. Siento nostalgia. Agradezco mucho lo vivido, lo que di y más todavía lo que recibí, pero sé que los ciclos se terminan, que vale más aceptarlo. Y en un libro comprado ayer en estas calles empedradas encuentro versos de Segovia, que sin decir mi nombre hablan de mí: «Cae la tarde flotando en la tibieza/ Como un gran trapo en unas aguas quietas». (Tomás Segovia, «Fin de jornada», Lo inmortal y otros poemas, Ediciones Sin Nombre/ UNAM/ Conaculta).
Las nubes, el sabio Tepozteco, mi cuaderno de poesía sobre las piernas, mi hija dormida con cara de paz y la certeza de que necesito ser congruente conmigo misma me dan fuerza para recomenzar. Aunque no se vea fácil.
Fernando del Paso, el espléndido escritor mexicano, está cumpliendo 80 años el día de hoy. No quiero esperar a que se muera para entonces celebrar su obra, tan necesaria para la literatura en lengua española. Más conocido como novelista (Palinuro de México, José Trigo y Noticias del Imperio son las más notables), también ha ensayado su mano con versos. Así que este #MiércolesDePoesía se viste de gala y lo invita a leer de viva voz uno de sus «Sonetos con lugares comunes».
Es tan blanca, tu piel, como la nieve.
La nieve quiere al sol por lo brillante.
Y el sol, que se enamora en un instante,
se acuesta con la nieve y se la bebe.
El sol, aunque es muy grande, no se atreve
a hacerse olvidadizo y arrogante:
se acuerda de su novia fulgurante
y se pone a llorar, y entonces llueve.
Y llueve y llueve y llueve y de repente
la lluvia se hace nieve: esta mañana
que nieva tanto en Londres, y ha nevado
luminosa y nupcial y blancamente
en jirones, tu piel, por mi ventana,
ningún sol, como yo, tan desolado.
Desde que supe de que el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince tenía un nuevo libro quise leerlo. Disfruto mucho sus crónicas en SoHo Colombia y hace un par de años leí El olvido que seremos, recuento íntimo sobre el «amor animal» que sentía por su padre, además de terrible crónica del asesinato que se lo arrebató (en su momento escribí esto al respecto). Pues mi queridísimo Andrés Grillo, colombiano a quien me une una amistad entrañable, me regaló La Oculta (Alfaguara), la reciente novela de Abad Faciolince. Acabo de terminarla, qué rica pluma la suya. Narrada a tres voces, las de tres hermanos, cuenta la historia de una familia y su vinculación de generaciones con una finca. Los personajes están entretejidos con la tierra, con su raigambre, su sangre y sus ecos. Y mientras cuentan sus vidas y hablan de La Oculta dejan caer reflexiones que se saborean por largo tiempo, como un caramelo de menta. Aquí van algunas que hago mías porque sí, creo que la vida está colgada de un hilito. Con ellas espero despertar tu apetito de leerla:
«Si estoy solo y camino y no entiendo nada, de mi cabeza brotan versos, como para combatir la soledad verbal». (p. 138)
«Mientras uno espera a que los sueños se cumplan, llega la enfermedad, o un accidente, y uno se muere. La vida está colgada de un hilito, y en el aire hay tijeras que vuelan con el viento». (p. 141)
«Sentí lo que muchas mujeres han sentido: la atracción por el abismo, por el hombre malévolo y violento pero poderoso, oscuro en sus maldades, inescrupuloso en sus costumbres, implacable, que te protegerá con su poder infinito siempre y cuando seas sumisa como una perra mansa». (p. 251)
«La gloria y la tragedia del amor son tan sencillas. Yo no me explico por qué les dan tantas vueltas los poetas, los psicólogos y los tratadistas, siendo un asunto tan simple, que para mí es así: dos se aman, y sin dejar de amarse (sin dejar de amarse, lo subrayo), poco a poco, casi sin darse cuenta, se desaman, hasta llegar a odiarse. El motivo es tan simple, tan animal y humano al mismo tiempo, tan bajo, tan alto, tan normal, tan triste: el cansancio del sexo, el cansancio, es decir, del sexo con la misma, con el mismo». (p. 301)
Hace unas semanas les pedí a los seguidores de este blog que me recomendaran a sus humoristas gráficos preferidos, para compartirlos con la comunidad en los lunes «de monos». Tenía tiempo de no revisar el trabajo del mexicano Trino, pero gracias a que Josdamet lo puso sobre la mesa me asomé al blog del ilustrador de Guadalajara y me divertí mucho. Para arrancar la semana aquí va un cartón suyo, a propósito de estos días en los que la religiosidad de unos se desborda y la de otros, que no tenemos, se sienta en la banca a mirar. Según Trino, uno igual puede irse al cielo.
Natalia Lafourcade, la cantante mexicana de apellido netamente azteca, acaba de lanzar disco: Hasta la raíz. No podía dejar de invitarla a brindar por este fin de semana que ya se asoma, así que aquí va el pegajoso sencillo con el que promociona el nuevo álbum. Sorprendentemente se llama «Hasta la raíz» y tiene esas frases imperdibles que robo para el título de este post: «Pienso que cada instante sobrevivido al caminar/ Y cada segundo de incertidumbre/ Cada momento de no saber/ Son la clave exacta de este tejido/ Que ando cargando bajo la piel». Ay, las incertidumbres y las raíces a las que todos cantamos.
Sigo cruzando ríos
Andando selvas
Amando el sol.
Cada día sigo sacando espinas
De lo profundo del corazón.
En la noche sigo encendiendo sueños
Para limpiar con el humo sagrado cada recuerdo.
Cuando escriba tu nombre
En la arena blanca con fondo azul.
Cuando mire el cielo en la forma cruel de una nube gris
Aparezcas tú.
Una tarde suba una alta loma
Mire el pasado
Sabrás que no te he olvidado.
Yo te llevo dentro, hasta la raíz
Y por más que crezca, vas a estar aquí.
Aunque yo me oculte tras la montaña
Y encuentre un campo lleno de caña
No habrá manera, mi rayo de luna,
Que tú te vayas.
Pienso que cada instante sobrevivido al caminar
Y cada segundo de incertidumbre
Cada momento de no saber
Son la clave exacta de este tejido
Que ando cargando bajo la piel.
Así te protejo.
Aquí sigues dentro.
Hace una semana presenté mi libro Rabia de vida/ Rabia debida en la librería Rosario Castellanos de la Ciudad de México (da click aquí para ir a la entrada sobre la presentación). Algunas personas que me acompañaron me pidieron las dos cuartillas que leí, una suerte de declaración de principios sobre por qué escribo, por qué invierto horas ensayando poemas si es un trabajo ocioso, en el que «nada pasa». Aquí están, por si alguien ocupa.
PD El texto que leyó Eduardo Casar, poeta cirujano (por lo preciso, no pos sangriento) y malabarista de palabras, fue realmente espléndido y es el que realmente merecería ser compartido, ni duda cabe. No lo hago porque se publicará próximamente.
PRESENTACIÓN RABIA DE VIDA 19 MARZO 2015
«Al presentar un libro de poesía que lleva mi nombre, la primera tentación es narrar cómo nacieron estos poemas, de qué manera surgió cada idea nebulosa que busqué traducir al papel. E inmediatamente aparece una segunda tentación, que es la de ponerme pedante y usar palabras grandes y hablar de la Poesía con mayúscula. Para evitar la solemnidad pero aún así abordar el proceso de escritura de Rabia de vida acudo a este ejemplo que dio la poeta polaca Wyslawa Szymborska y aplica bien: “[En estos días] continuamente se filman películas sobre la vida de grandes inventores o pintores, pero el peor de los casos es el de los poetas. Su trabajo resulta muy poco fotogénico. El poeta permanece sentado a la mesa o acostado en un sofá, con la vista inmóvil, fija en un punto del techo. De vez en cuando escribe siete versos, de los cuales, tras un cuarto de hora, va a quitar uno. Luego pasa una hora en la que no ocurre nada”.
Tal cual. Estos poemas son resultado de un ocio lleno de dudas, inseguridades y también, a veces, un poco de autohumor. Y eso viene bien cuando uno es un irresponsable que pasa los días borroneando versos que no generan ganancia alguna, llenando cuadernos como si no hubiera tantos y tan buenos poemas de las plumas imprescindibles. Entonces, ¿para qué uno más? La respuesta es ordinaria: escribo porque cada día me asomo al mundo, paso unas horas en él y cuando regreso siento la necesidad de plasmar lo que vi, lo que pasó por el filtro de mis emociones y fantasías, ante qué me rebelé (o no me atreví). Es decir, cuando estoy de nuevo sola necesito volcarme en líneas en las que me reconozca. Intento trazar una posible biografía con el alfabeto, crear un idioma propio no porque sea mejor ni más interesante, sino sólo porque refleja el jardín real en el que amanezco a diario y el imaginado en el que me gustaría despertar, la aproximación a las cosas desde mi historia, desde este estómago del que hablo aunque sea feo, pero es mío. Escribo para plasmar las cosas que no sabía que sabía, la experiencia de vida que me es única, y, en consecuencia, que me hace cercana a todos, porque no somos tan distintos. Pero ese intento no es seguro, entraña dificultades. Mientras salgo a buscar mi voz, camino a la orilla del precipicio, un pie a la vez: me enfrento al riesgo del poema fallido, que dice lo que no quiero decir o no dice nada, que roza el lugar común. Así, entre tropezones y vergüenzas, a veces tengo suerte: llego a la otra punta del acantilado con un texto que me satisface.
Y entonces surge el otro deseo necio: que esos versos sean dinámicos, alcen el vuelo, que dialoguen con él o ella para coincidir o cuestionar, para sentir lo mismo que yo o lo contrario. Decía C.S. Lewis que leemos para saber que no estamos solos. Escribo por la misma razón, conectar con otros. Y aquí aparece otra enorme paradoja: éste que parece un ejercicio noble es en realidad una especie de virus tenaz, incurable. Porque hacer poesía no es una profesión en el sentido convencional, pero sí en el de su etimología, como se profesa un credo o una idea: tengo una desesperada devoción por la palabra y por los silencios que la acompañan, por la imagen, el ritmo, la sonoridad. Esa profesión de fe es parte integral de mi vida, quizá aquella con la que soy más consecuente porque aunque no me da de comer (los poetas no viven de sus libros), me alimenta a diario.
Por eso celebrar hoy esta Rabia de vida es querer conectar contigo, lector, a partir de palabras, de poemas fermentados al calor del erotismo que, por inasible, me empuja a escribir. Y, como digo, habiendo publicado estos versos lo que me resta es esperar que alguno de ellos sea espejo en el que de pronto te reflejes, que te revele algo que sabías sin saberlo, que lo hagas tuyo y lo hables con tu voz. Entonces se cerrará el círculo de este oficio que, como decía Szymborska, es tan poco fotogénico, tan ocioso».
El novelista, poeta y editor de Artes de México, Alberto Ruy Sánchez, es figura central del universo cultural mexicano. Además, es un hombre encantador y me da el privilegio de considerarlo mi amigo. Pues hace cosa de un mes, conversando con él de poesía en su casa, tuvo la amabilidad de «presentarme» a la poeta Ana Belén López: me regaló Del barandal, libro delicioso que López publicó en 2001. Dentro venía este pequeño mar, frágil y poderoso al mismo tiempo, que llena de ecos el #MiércolesDePoesía.
«Dibuja una letra
la borra el mar
dibuja otra letra
la vuelve a borrar el mar
borra el mar
aparecen las letras
borra las letras
sólo se queda solo el mar».
-Ana Belén López, Del barandal (Ediciones Sin Nombre)